Las guías turísticas extranjeras siguen describiendo el país con lugares comunes.
Es el lugar donde se leen menos periódicos de Europa. Donde el periódico más leído sólo da noticias deportivas. Donde el jamón se considera parte de la dieta vegetariana. Donde no todo es sol pero el sol lo condiciona todo. Donde se desayuna copa de licor con el café. Donde el chocolate es dulce y espeso. Donde el vello corporal en axilas y piernas es tabú para las mujeres. Donde todo, o casi todo, se para a cierta hora del día. Donde antes de cenar se procesiona de bar en bar para comer pequeñas raciones. Donde el servicio ferroviario es limpio y eficiente. Donde los conductores urbanos tienen a los peatones en un puño en cada cruce. Donde el robo con estrangulamiento es la modalidad de atraco más frecuente. Donde la vida comienza cuando en el resto de Europa las luces se apagan. Donde por cinco euros sirven una botella de vino en un restaurante. Donde sacan a pasear a Dios con cualquier pretexto. Donde es Europa sin que se sientan europeos. Donde los baños están limpios pero sin papel. Donde hay que tener cuidado con los simpáticos que quieren cháchara. Donde se critica a todo el mundo menos al Rey. Donde el hambre ha marcado su historia. Donde no hay verdadera cocina nacional. ¿Dónde no hay cocina? ¿Dónde? En España, claro.
Todo lo anterior es España, según los autores de guías turísticas escritas en Francia, Italia, Alemania, Reino Unido, Japón y Rusia. Mientras que los españoles llevan siglos guerreando por la idea de España -la cosa ha mejorado y últimamente sólo se discute-, los extranjeros lo tienen claro. Acierten o no, éste es un lugar con señas propias que se repiten en cada guía: siesta, vitalidad y marcha. No se depriman por la simpleza, por favor. En general, los extranjeros tienen mejor opinión de España que los españoles. Y ellos son muchos más: 59 millones de turistas nos visitaron en 2007. España sigue gustando -es el segundo destino más visitado en el mundo después de Francia- a pesar de que algunos mitos se encuentran en franco declive (¿cuántos españoles se echan la siesta cuando no están de vacaciones?). Pues eso, topicazo. Pero vayamos por partes.
- Tiempo 'is not time'. Una cosa es el tiempo real; otra, el tiempo español. Basta leer a los británicos, que son los turistas más fieles (16 millones al año): "En teoría, España va una hora por delante de Reino Unido, pero conceptualmente debe de estar en otro planeta". Y siguen en otro párrafo: "En España, el sentido del tiempo es algo elástico: excepto si se trata de una cita de negocios, no se ofenda si tiene que esperar entre 10 y 20 minutos".
- Omnipresente siesta. La seña de identidad por antonomasia, haya o no haya. Todas las guías se recrean en ella. Los italianos dicen que merece la pena "seguir la costumbre española de la siesta a la hora de comer". Está claro que los autores de guías eligen los mismos lugares. "Las tiendas están todas cerradas y en las horas más calientes del día se para todo, o casi" (Touring club italiano). "Es frecuente que tiendas y pueblos paren durante la comida y la siesta" (The rough guide).
- Hedonismo y humo. Todos fuman: los que fuman y los que no. A los extranjeros les sorprende aún los pocos espacios libres de humo que encuentran durante su estancia. Y también el entusiasmo vital, aunque los italianos consideren que nuestra europeización esté haciendo estragos: "El pueblo español despreocupado y fiestero del imaginario popular es una especie en vías de extinción". Vayas donde vayas, discrepa la guía alemana (Baedeker), "no puedes dejar de darte cuenta del contagioso entusiasmo por la vida de los españoles".
- Crisantemos, mejor no. Los alemanes consideran que la cortesía es "importantísima", aunque "en ocasiones los españoles entienden por cortesía algo distinto a nosotros". Dicen que no sabemos decir que no. "Si te invitan a casa de alguien a cenar", dicen The rough guide, "debes llevar un pequeño regalo para los niños, además de chocolate, vino o flores". Ojo. Avisan de que se excluyan los crisantemos y ornamentos propios de funerales.
- Tópicos autonómicos. Los franceses nos tienen muy estudiados. Tanto, que hay numerosas guías regionalizadas. En el texto editado por Gallimard en su Bibliotheque du voyageur tienen claro qué se encontrará en cada autonomía: "Los andaluces son, de lejos, el pueblo de España más exuberante"; "los gallegos son todo lo contrario"; "los vascos son trabajadores y les gusta vivir bien", y, añaden los rusos de la editorial Vokrug Sveta, "extremadamente religiosos". Según la visión francesa, "los catalanes comparten con los vascos el ardiente deseo de romper con los vínculos que les atan al resto del país". ¿Y qué dicen de los castellanos? Pues que "consideran que el país les pertenece por derecho divino". Touché.
- Señas de identidad. ¿Qué vertebra a España? Para los franceses, el tapeo: "El ritmo de la vida está marcado por la necesidad de encontrarse, al atardecer, todas las generaciones confundidas, en los paseos y bares de tapas. Eso confiere unidad al país". Dice la citada guía francesa, escrita por británicos, que, como ocurre en el Reino Unido, "los españoles tienden a menudo a considerar Europa como un territorio al que no pertenecen". Otra variable común que destacan los italianos es la crítica: "En un país donde generalmente no se ahorran críticas a los hombres de poder, es raro escuchar hablar mal del Rey". Al que siempre tienen los españoles en boca es a Dios, según los franceses. "La parte concedida a Dios en la vida cotidiana es testimonio de esas reminiscencias morunas fuertemente enraizadas en el comportamiento español, algo evidente en la costumbre de santiguarse o de evocar a Dios por cualquier pretexto".
- Ser español en una semana. Los alemanes sugieren un método "sencillo y agradable" para participar en el estilo de vida local: "Vaya a las cinco a una plaza. Al principio se encontrará solo, porque la siesta está acabando, pero poco a poco la gente irá llegando a la plaza. Es el momento de la movida, de indolentes paseos hasta altas horas de la noche. Únase sencillamente, vaya de bar en bar, tomándose aquí un jerez, allí un vinito tinto o una sidra, pero pruebe las maravillosas tapas y olvídese de la cena planeada y del programa de visitas del día siguiente. Le felicitamos. Si lo consigue habrá secundado una parte pequeña, pero de ninguna manera irrelevante, del estilo de vida español".
- Ni velludas ni desastrados. Los italianos aconsejan vestir de "manera decorosa" y mostrar "respeto" cuando se visitan catedrales e iglesias, "en particular en las zonas más lejanas, donde la gente del lugar, sobre todo los ancianos, son muy tradicionalistas y poco tolerantes". Los alemanes consideran que se atribuye muchísima importancia al buen aspecto: "Por eso, sean hombres o mujeres, salen de casa como un pincel incluso en los días más calurosos". Y lo más chocante para los germanos: "El vello corporal de cualquier tipo, en axilas o piernas, es un absoluto tabú para las mujeres".
- Cuidado con los simpáticos. La guía japonesa (Diamond) es la que más se extiende en este apartado. Alerta principalmente sobre los robos en Madrid y da una clasificación de delitos más frecuentes: el primero es el "robo con estrangulamiento"; le siguen el tirón del bolso y "los que cometen ladrones camuflados de policías". Recomienda cautela con quienes se acercan y "se expresan de manera simpática" y "con los grupos de dos o tres personas, que intentan acosar, a veces con la excusa de vender flores". La guía británica clasifica a las fuerzas de seguridad. La Guardia Civil es la más celosa y "la que se debe evitar". "Si tiene que informar de un delito serio como una violación, vaya siempre a la más comprensiva policía local". Y avisa de que no se espere mucha preocupación si se denuncia el robo de un artículo pequeño.
- Vino tirado, cocina fantasma. ¿Cuántas veces ha pagado cinco euros por una botella de vino en un restaurante? Los autores de The rough guide omiten los lugares secretos donde han pimplado tan barato. Como depende de con quién se nos compare, los británicos creen que somos unos bebedores moderados y recomiendan igual continencia a sus compatriotas: "Beber demasiado no es frecuente, a pesar de que parece haber un bar en cada esquina, es más para tomar café y socializar que para una monumental cogorza". Es una opinión. Y atención a la siguiente: ¿quién pone en duda que España, donde trabaja Ferran Adrià, considerado mejor cocinero del mundo según The New York Times, tenga una cocina verdadera (en lo de nacional es mejor no meterse)? Los italianos: "Además de paella, tortilla y gazpacho, el país no posee una verdadera cocina nacional, pero cada región tiene sus propios platos y tradiciones culinarias locales".
- ¿Qué llevarse de 'Spain'? Ahí va la extravagante lista propuesta por los japoneses: aceite de oliva, aceitunas, vinagre de jerez, tinta de calamar, salsa alioli, corazones de alcachofa en vinagre, figuras de Lladró... y chupa-chups.
Con información de Gloria Torrijos (Tokio), Rodrigo Fernández (Moscú), Laura Lucchini (Milán), Octavi Martí (París), Bertran Cazorla y Alberto Barbieri (Barcelona), y Juan Diego Quesada (Málaga).
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Arturo Pérez-Reverte revive de manera impresionante en Un día de cólera, su nuevo libro, la feroz jornada del Dos de Mayo de 1808 en Madrid, devolviéndola a la calle con toda su sangre y salvajismo y con tono documental.
Cañones, cañones, cañones. "Colocaron las piezas ahí, dos de a ocho libras y dos de a cuatro, para cubrir la transversal de San José en las dos direcciones, hacia San Bernardo por la derecha y hacia Fuencarral por la izquierda, y enfilando también la calle de San Pedro, al frente. Desde aquí les tiraban a los franceses, vinieran por donde vinieran". Arturo Pérez-Reverte hace una mueca lobuna y señala con la mano como si orientara a los artilleros del parque de Monteleón y estuviéramos metidos de lleno en aquel fregado de humo, pólvora y espanto, el Dos de Mayo de 1808, nada menos. Hasta parece prudente agacharse.
Nos encontramos en uno de los escenarios principales (la madrileña plaza del Dos de Mayo) de aquella histórica, violenta y controvertida jornada de la que pronto se cumplirán 200 años y a la que el escritor ha dedicado su nuevo libro, Un día de cólera (Alfaguara), una reconstrucción apasionante y minuciosa hasta la obsesión de los sucesos que tuvieron lugar en la fecha. "Por ahí entró la columna Lagrange-Lefranc", está diciendo el autor, "dos mil hombres, encabezados por un destacamento de gastadores y granaderos de la Guardia Imperial; imagina los chacós negros, las relucientes bayonetas, los toques de corneta, el crepitar de la fusilería". El lugar está tranquilo como una balsa de aceite en esta tarde radiante. Un grupo de jóvenes con monopatines, varios paseantes con perros y un tipo que, sentado, da cuenta de un gran bocadillo, miran de reojo, con cierta aprensión, a Pérez-Reverte, que luce un radical corte de pelo a lo paracaidista de la 82ª Airborne en Sainte-Mère-Eglise, y sigue indicando con rasgo feroz ángulos de tiro, líneas de ataque, movimientos de tropas.
"Éste fue nuestro Álamo", afirma contundente. Y agrega, con tono compungido, señalando al suelo, junto a la puerta monumental conservada en medio de la plaza que es lo único que queda del viejo edificio del parque de artillería: "Exactamente aquí cayó Daoíz, y allá Velarde". Las ajadas estatuas de los dos héroes "les faltan las espadas originales y el pedestal está atravesado de grafitos" parecen inclinarse para observar por encima del hombro del novelista.
Pasear por los escenarios del Dos de Mayo con Arturo Pérez-Reverte de scout es "igual que leer su libro" como ver resucitar la historia bajo tus ojos. Tras callejear tropezando con grupos de paisanos armados, esquivando balazos, cuerpos tirados de cualquier manera y charcos de sangre -"mira, la calle del Barquillo, aquí murió el hijo del general Legrand, oficial de caballería, de un macetazo"-, llegamos por la calle Mayor hasta cerca de la Puerta del Sol, donde vemos pasar a la caballería francesa del Chef d'escadron Daumesil, dragones, cazadores y granaderos montados, con los mamelucos en vanguardia, preparada para cargar. El escritor se detiene y aprovecha para evocar el ataque de los coraceros de Rigaud en la Puerta de Toledo. El suelo parece temblar con la evocación de la masa compacta de esa caballería pesada. Esa vibración de la tierra que notan los personajes del libro antes de ver llegar a los 926 coraceros... "Es real. Pude sentirla durante el rodaje de Alatriste, durante el ataque contra el cuadro español, con todos aquellos caballos", explica Pérez-Reverte. La escena de Un día de cólera recuerda la de Salvar al soldado Ryan en la que llegan los pánzer y los precede una trepidación de los cristales, las paredes, la tierra -no en balde, al cabo, los regimientos de coraceros se convirtieron en unidades de blindados-. "Yo eso lo viví en Vukovar", añade el novelista, "con Márquez, el cámara; la sensación de desasosiego cuando se acercan los carros de combate...".
El largo paseo por "la batalla de Madrid" del Dos de Mayo es el postre de la conversación con Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) en el café Gijón, donde el novelista recibe con un humor excelente y sorprendentemente sosegado. , incluso con un punto de dulzura tan discordante en él como crema sobre una guindilla.Es posible que Un día de cólera, paradójicamente, le haya calmado. Ante la primera pregunta, no obstante, se revuelve como si lo hubieran azotado con un knut.
PREGUNTA. Un día de cólera tiene un aire periodístico.
RESPUESTA. Para nada. No es periodismo.
P. Bueno, no es ficción, ni libro de historia, dice usted, se parece a aquellos libros de Dominique Lapierre y Larry Collins, como ¿Arde París? Aquí es un poco ¿Arde Madrid? El amplísimo reparto, esos personajes -todos reales, subraya usted- a los que seguimos de un lado a otro, las vidas y perspectivas que se entrecruzan, la minuciosidad en situar a cada uno en el momento exacto y en el lugar preciso en que se encontraba? Marbot se corta afeitándose, Moratín se quema con el chocolate, una manola le canta una copla a Daoíz, Murat imparte órdenes de tirar sin compasión en su cuartel general en el palacio Grimaldi...
R. Eso sí, es un libro documento, basado en los datos, los informes militares, las memorias de los que vivieron aquellos hechos, los documentos oficiales, las listas de muertos y heridos. Pienso más que en Lapierre y Collins en Cornelius Ryan.
P. El autor de El día más largo, Un puente lejano...
R. Y La caída de Berlín, sí.
P. Ese afán de objetividad, ese puntillismo, los nombres, dónde mata y muere cada uno...
R. El Dos de Mayo es algo muy contaminado y manipulado por todo el mundo durante 200 años. He querido despojarlo de todo eso, mostrarlo como fue, con información de primera mano -he consultado una cantidad ingente de documentación-, y hacer que el lector lo viva, por primera vez, en la calle. Que entienda cómo fue, y que se sienta un participante, que pase miedo, que corra, que sude. Un día de cólera es un libro basado en los testimonios, absolutamente riguroso. Es novela sólo en la medida en que he llenado los agujeros que deja la documentación usando técnicas de narrador, poniendo la argamasa que une los datos. Pero empleo un lenguaje directo, objetivo, frío, sin adjetivos. Un tono documental. Aquí no hay héroes, ni heroísmo, ni épica. No he ido a juzgar el aspecto ético. Es un libro descriptivo, distante. Me separo del sujeto para dejarle el sitio al lector, es él el que se mete en la acción, se codea con los personajes.
P. Dice que el Dos de Mayo ha sido muy manipulado.
R. Desde el día siguiente. Por los patriotas, por el absolutismo de Fernando VII, los liberales, la I República, la monarquía, la II República -que puso el énfasis en el protagonismo del pueblo en aquella jornada-, el franquismo -para Franco los héroes eran Daoíz y Velarde, claro, los militares a la cabeza del pueblo-... De nada como del Dos de Mayo se han hecho tantas lecturas.
P. Entonces, su propuesta...
R. La historia ya ha sido contada, no voy a reescribir a Galdós -como hacen otros-, sería ridículo. Ni voy a dar una interpretación. Que sea el propio lector el que interprete. Quien quiera ver en esto un arrebato patriotero va de culo.
P. Eso de frío, distante, objetivo... se lo salta a veces con algunos trucos.
R. Claro, es una narración, y uso la libertad que me da ser novelista. El historiador, en cambio, no puede narrar ciertas situaciones, no está autorizado a rellenar los huecos, las lagunas de la historia.
P. Aquello, como lo muestra, fue una ordalía de sangre y violencia.
R. Una lucha sucia, callejera. Cada uno hizo su guerra. Mucho combate individual.La reina fue la navaja. Los franceses hablan de ella con acojone. No navajitas de las de ahora, sino trastos de dos palmos.
P. De hecho, la única onomatopeya que se permite en Un día de cólera es la de la multitud enfurecida en Puerta del Sol abriendo al unísono sus navajas: clac-clac-clac.
R. Centenares de cachicuernas albaceteñas de siete muelles..., he imaginado ese ruido.
P. Aquel día los madrileños inventan un arma nueva letal: la maceta.
R. Sí, una auténtica innovación bélica española. Matan a varios franceses lanzándoselas desde balcones. Les tiran de todo, tejas, ladrillos, botellas, muebles, agua y aceite hirviendo. Unos tipos saquean la armería real y combaten con armas antiguas, cascos, escudos, viejas espadas, alabardas de tiempos de Carlos V... El cerrajero Molina mata a un imperial a garrotazos. Otros usan hachas, hoces, agujas, lo que sea?
P. Su descripción de la célebre carga de los mamelucos, al frente de la caballería de la Guardia Imperial, es estremecedora.
R. Un choque brutal. A los mamelucos que caen los degüellan como a gorrinos, "moros", les llaman. Claro que, para un madrileño de entonces, un mameluco egipcio, con el atavío oriental, turbante, cahouk, sarouaibombachos escarlata, le parecería el no va más de lo musulmán...
P. Pero en realidad había mucho mameluco francés, ¿no?, eran un poco como los zuavos, una indumentaria exótica.
R. Eso, la incorporación de franceses, fue más tarde, los mamelucos que cargaron en Madrid eran originales, egipcios, como el pobre Mustafá del que hablo y al que, sujetándole entre tres, le rebanan el cuello.
P. En todo caso, cargarse a un mameluco -a los que Napoleón concedió un águila por su valor en Austerlitz- o a un coracero, ya que estamos, requería valor.
R. Sí, recuerda que eran soldados de élite. Para ser coracero, les gros frères, les hommes de fer, debías medir un mínimo de 1,73, que era una buena altura entonces. -Daoíz y Velarde, por ejemplo, son muy bajitos-. Eran tropas que impresionaban, con enormes caballos.
P. Sí, cantaban aquello tan simpático C'est la charge, c'est la foudre,/ c'est l'assaut dans la sang et dans la poudre. ¿Cómo caen ante simples civiles?
R. Imagínate que eres un coracero, digamos que te llamas Dupont, muy marcial, muy bravo, muy duelista, que te has paseado por todos los campos de batalla de Europa, por Eylau, con Hautpoul, por Friedland. Y llegas a la Puerta de Toledo y en vez de los enemigos acostumbrados, todo orden y banderas, se te tiran encima cuatrocientos tíos con navajas, puñales, macetas, lo que sea? Una manola le mete un espetón de asar a tu montura por los belfos, otra se deja atropellar para detenerte; un cura te pega un escopetazo. Te acojonas. Te dices: ¡Mon Dieu, yo no soy un gendarme, yo soy un soldado! Goya muestra muy bien lo que fue aquello: la gente estaba enloquecida, rabiosa, no se precavían físicamente, se tiraban a los pies de los caballos para hacerlos caer. Eso tú y yo no lo hacemos.
P. Yo, desde luego que no.
R. El que hace eso es el mismo español que despotrica de Zapatero, de Rajoy, de Bono, aunque más primitivo, más fanatizado, trabajado a fondo por la Iglesia. Coge y suelta a ese tío bien cabreado ante los franceses y tienes el Dos de Mayo. Primero es cólera pura; luego, cuando las cosas comienzan a ir mal, siguen peleando por vergüenza, vergüenza torera, y venganza.
P. Hubo muchas mujeres en la lucha.
R. Sí. Es muy sorprendente que, por ejemplo, entre los que se enfrentan a la caballería francesa hay una gran cantidad de mujeres. También las hay en Monteleón, con los artilleros, arrastrando cañones si es necesario, como Ramona García Sánchez. Casi la mitad de las bajas que recoge la documentación son mujeres.
P. Se las cargan los franceses sin miramientos.
R. Hombre, tú mismo, si se te tira encima una pescadera con tijeras herrumbrosas de limpiar pescado en la mano buscándote la yugular, no sé, yo no dejo que se me acerque.
P. ¿Sumergirse como lo ha hecho en el Dos de Mayo le ha llevado a alguna conclusión sobre el significado de esa fecha?
R. Mi conclusión es que ¡maldito día! El Dos de Mayo es una losa que aún nos pesa. Es el día en que el instinto, el coraje, el fanatismo, el valor, el patriotismo, el ansia de rapiña, el deseo de venganza, lo noble y lo innoble produjeron un proceso que trajo consecuencias terribles para España. Los madrileños luchan en el bando equivocado ese día. Para restituir el viejo orden, casposo, ruin. Esa épica callejera nos metió en una pesadilla que arrastramos hasta hoy, ahí nacen las dos Españas. Insisto: ¡maldito sea el día! El drama del Dos de Mayo no es sólo el de los 400 muertos españoles censados. Es el de la inteligencia, el drama de los lúcidos. De la gente que sabe que la razón, el progreso, está del lado de los franceses, que el futuro es ése. Y que combatir a los franceses es defender a unos reyes incapaces y a unos curas fanáticos. La familia real, española, esos Borbones, eran lo más abyecto, despreciable y vil de Europa. Por eso mucha gente se quedó en sus casas. , por eso luchó quien luchó y no luchó quien no luchó. Moratín, Goya, Blanco White... Qué día más terrible cuando el bando del honor se contrapone abiertamente a todo lo que quieres y en lo que crees.
P. Usted parece identificarse con los afrancesados, por la cabeza, y también por el corazón, con la gente del pueblo llano que se echa a la calle, la gente a la que finalmente dejan en la estacada, el "pueblo huérfano", como ese valiente chispero, Juan Gómez, escéptico y descreído, que es un trasunto suyo.
R. ¡No, no te equivoques! Aquí no hay trasuntos míos, no me invento nada ni a nadie. Todos los personajes son reales, construidos a partir de testimonios. Mi libertad ha sido, sabiendo que cinco mueren en la misma esquina, hacer que se conozcan, que hablen entre ellos, lo cual no es muy osado suponer.
P. ¿Cuántos personajes maneja? en total...
R. Unos trescientos.
P. ¿Quién lucha ese día?
R. El mito de siempre es que ese día lucha el pueblo todo, la nación. Eso es mentira. La mayoría de la gente está en sus casas. Es la chusma, el pueblo bajo, ignorante, el que sale a la calle. Las putas de Lavapiés, los matarifes del Rastro, los chisperos (herreros) de Barquillo, los delincuentes, los mendigos. Muchos salen por barullo, por chulería, por robarle al francés los dineros de la bolsa y arrancarle los dientes de oro. Por venganza: esos franchutes le han tocado las tetas a mi novia, son unos cabrones, chuloputas, no pagan el vino.
P. ¿Y el patriotismo?
R. A veces lo confundimos con el cabreo, que es lo que hay en abundancia el Dos de Mayo. Por eso mi libro se titula Un día de cólera y no Un día de gloria. Lo del patriotismo en el Dos de Mayo es en buena parte manipulación. Al acabar la jornada la gente cree que todo ha terminado ahí, un motín y nada más. Ni independencia ni leches. No sabían lo que estaban haciendo, lo que vendría después. Yo he visto mucha insurrección. , he estado en Rumanía cuando la caída de Ceaucescu. A la calle siempre salen los mismos. Aquel día, combatiendo en Madrid, había algunos patriotas, sí, y militares, incluso un aristócrata. Pero hay que comprender que la algarada es popular y viene del cabreo. Era cólera, no patria. El del Dos de Mayo es el mismo español que pega al ministro, que se cabrea en Barajas. Sale a cargarse franceses como sale a cargarse curas durante la República. Ese español tan peligroso. "¡Con razón o sin ella!", ese terrible motivo del español para pelear. El Dos de Mayo no hay propósito definido, no hay plan, no hay cabeza rectora. Por eso resulta tan difícil a los franceses pararlo. Lo de la nación y la patria viene después. La guinda de la macedonia. Luego todo el mundo se apropia de aquello. Volverán a hacerlo el próximo 2 de mayo de 2008. Yo quiero devolver el 2 de mayo a la calle, insisto. Que el lector corra ante los caballos, escuche las balas golpeando a su lado, se agobie, participe en el combate callejero, se encuentre con gente que no volverá a ver, se meta en el caos, el humo, los gritos, la sangre...
P. Ahí su experiencia de corresponsal de guerra es un punto.
R. Cuando hablo de saltar tapias delante de tipos armados que te persiguen no me lo explican, lo he vivido, y eso se nota. Puedo reconstruirlo con soltura. Yo he estado allí, sé lo que se siente. Eso lo hace muy real.
P. Hay cosas que hacen pensar en El pintor de batallas. Lo cual es lógico porque en ambos aparecen Goya y sus cuadros.
R. Un día de cólera se me ocurrió cuando escribía El pintor de batallas. Aquí también estoy explicando un cuadro. Nos hemos nutrido mucho de un imaginario gráfico con el 2 de mayo. También en eso he tratado de despojar a los cuadros de las adherencias, dar una lectura limpia, sin interposición, sin intermediarios.
P. El parque de artillería de Monteleón es uno de los centros de Un día de cólera.
R. La que llamo la batalla de Madrid tiene sus escenarios ahí, en Monteleón, y en el eje Palacio Real-Puerta del Sol-Buen Retiro y en la Puerta de Toledo, más los lugares de los fusilamientos. El parque de Monteleón es nuestro Álamo. De hecho en ese lugar mueren más que en la misión tejana. ¡Mira que hemos comido con patatas leyenda del Álamo!, tanto Travis, Bowie y Crockett.
P. Remember the Alamo, Remember Monteleón. Es verdad, los franceses incluso tocan a degüello como los lanceros de Santa Ana. Aquí también son tres los líderes de la resistencia: Daoíz, Velarde y Ruiz, Jacinto Ruiz, teniente.
R. Si te acercas ves que eran unos matados. Dos oficiales, simples capitanes, uno por exaltación -Velarde, el típico militar de "¡viva España!", el que asalta la trinchera en Rusia a pecho descubierto-, el otro por decencia -Daoíz, callado y frío, pero que se suma al asunto por vergüenza torera y asume su destino trágico-. El tercero, un tenientillo asmático. Y les hacen bajas, y muchas, al mejor ejército del mundo. ¿Por qué he de admirar a los del Álamo, que ni me va ni me viene? Monteleón marca más mi vida, esos valientes? Montan un chocho de la hostia.
P. Daoíz cae bajo las bayonetas francesas, a lo David Crockett, atravesando con su espada antes al general Lagrange, ¡vaya escena!
R. Así fue, hay testimonios.
P. Parece que admira usted ese valor.
R. Pero todo eso fue para mal. No lo olvidemos. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que se echa a la calle porque está cabreado? Eso no puede llevar a nada bueno. Pero, claro, es una jornada fascinante.
P. Los militares de Monteleón, confiando en que con su gesto van a arrastrar al ejército entero tienen un no se qué del 23-F.
R. Algo de eso hay. Todas las fuerzas políticas y militares se inhiben, unos por sinceridad -les horroriza mezclarse con la chusma revoltosa, turbulenta: en el fondo mejor que se los carguen los franceses-, otros por no liarse. Pero el 23-F es algo tan sucio que cualquier comparación mancha. No me gusta esa comparación.
P. Un día de cólera se puede leer como un parte de bajas. Esa obsesiva y recurrente enumeración de las víctimas, todos esos nombres de los participantes, párrafos enteros. ¿No teme que puedan hacer engorrosa la lectura?
R. Era fundamental lo de los nombres. Estoy hablando de personas, del albañil, la pescadera, el picador, gente concreta, gente de verdad, seres humanos. Eso no puede hacerse de forma anónima. El lector tiene que reconocerlos. Además, es un recurso clásico, a la manera homérica. La Ilíada, salvando las distancias, está llena de nombres y genealogías. No escatimo esa reiteración. Los personajes del Dos de Mayo no son abstracciones patrióticas. Tengo las listas y las uso.
P. Y si al lector le corta...
R. Que se fastidie. El libro lo requería. Creo que ese uso de los nombres aporta más de lo que pueda entorpecer. Tras la lectura, no te queda un concepto abstracto como el pueblo de Madrid, sino nombres, personas. De todas formas, ojo, eso de los nombres es algo que dosifico y sitúo estratégicamente en la narración.
P. Hace constar las profesiones de los que cita, y las edades, que sirven para ver que en la calle había hasta niños y ancianos.
R. Sin esos datos no se entiende el Dos de Mayo, sin ellos nos manipulan, te llevan al huerto los políticos y los hijos de la gran puta, ponlo así, por favor.
P. También aparecen dos maestros de esgrima, a uno le hace morir dándose de sablazos con los dragones franceses.
R. Yo no le hago, yo no hago nada, bueno, casi nada.
P. Parecía un guiño a El maestro de esgrima.
R. No, no. Son personajes reales. No hay ningún guiño en esta novela, ni siquiera a El húsar, que me hubiera resultado fácil, por la cercanía temporal.
P. Da la impresión de que se lo ha pasado muy bien escribiendo.
R. Ha sido un trabajo enorme. ¡Pero lo que he disfrutado! Con las lecturas y mapas, y paseando por Madrid, por los escenarios, imaginando la carga de caballería en la Puerta de Toledo, entendiendo por qué caen tantos madrileños en un lugar: ¡porque huían de los coraceros cuesta arriba!
P. Una topografía del terror.
R. Vas encontrando fantasmas, y los ves luchar y morir, y entiendes por qué mueren así y ahí. Es algo muy conmovedor. De nuevo, por supuesto, está mi experiencia personal en combates callejeros, que me permite leer la batalla sobre el terreno. Enfiladas, ángulos de tiro, descubiertas. Lo que en los documentos eran simples listas de bajas cobra sentido.
P. Me da la sensación de que, pese a la objetividad y tal, a lo largo de la narración usted se va calentando.
R. No yo, es la historia la que se calienta en esas horas, ese día.
P. Pero se percibe que la odisea de esas partidas y esos individuos, esa gente desesperada, le conmueve.
R. Me conmueve su terrible orfandad, que nadie los apoye. Nadie los orienta, nadie se moja, nadie media por ellos al final al final, cuando van al matadero.
P. Los fusilamientos son estremecedores. De un realismo que espanta. Los de la Montaña del Príncipe Pío. Parece que descongelara el cuadro de Goya y le diera animación.
R. Así han sido siempre, con fusiles de avancarga o armas automáticas, no son escenas imaginadas, las he visto en Angola, Nicaragua, Sarajevo. Ésa es mi ventaja. Pones experiencia, historia y Goya y sale lo que hay en el libro.
P. La forma en que los franceses van casa por casa, vacían las cárceles, seleccionan a los presos, los ejecutan. Esa matanza sistemática hace pensar en las Fosas Ardeatinas o en los Einsatzkommandos.
R. Fue un comportamiento similar al de los nazis. Los franceses están furiosos por sus bajas. Odian y desprecian a esa gente baja, sucia, fanática, esa hidra que les ataca y desaparece para volver a juntarse. Hay un componente de racismo, sin duda. Aunque más racista era nuestro aliado, el inglés.
P. Hay disparos en la nuca, y a los que van a fusilar les hacen quitarse la ropa.
R. Es lo habitual.
P. Nada de elegancia napoleónica.
R. No me hagas reír, mírate los grabados de Goya.
P. El punto de vista, la simultaneidad, de los acontecimientos,le habrá dado problemas.
R. Tenía las paredes de casa llenas de anotaciones, de personajes. Sabía dónde estaba cada cual en cada momento. Manejar todo eso, respetando los horarios, respetando los horarios, fue todo un desafío. Hay una parte en él muy técnica.
P. Una dramaturgia.
R. Una coreografía.
P. También utiliza el punto de vista de los franceses.
R. No hay buenos ni malos. el Dos de Mayo. Hay que entender a los franceses: ven delantea una chusma.
P. Y tienen muchas bajas: 2.500, según algunas fuentes.
R. Yo creo que hubo menos, pero es cierto que al inicio del Dos de Mayo tuvo lugar una auténtica caza del francés, y les pillaron en pelotas, aislados, desprevenidos. , solos por ahí. Goya pinta muchos franceses muriendo luego en la famosa carga -aunque es cierto que no la vio personalmente, estaba en otra zona-. Murat le escribe a Napoleón que han tenido cantidad de muertos y que lo diga alguien como él, una bestia parda acostumbrada a las batallas más sangrientas, significa que de verdad los hubo. Por otro lado, no fusilas tanto si no ha habido mucho mal rollo. Estaban muy cabreados los franceses.
P. Les hace hablar alguna vez con acento -Marbot dice cobagdes, Murat a un sacerdote: "Te vamos a fusilag, cuga"-, pero estamos lejos de Trafalgar y no digamos de la hilaridad de La sombra del águila.
R. Los franceses hablan como lo hacen. Toques de humor hay pocos, sólo los que da la propiahistoria, la vida, la desmesura de la jornada.
P. ¿Y Arturo Pérez-Reverte qué hubiera hecho ese colérico 2-M?
R .Yo no sé qué hubiera hecho. De joven, como todos, pensaba que hubiera salido a luchar. Ahora, con la lucidez de los años, no soy capaz de decirlo. Depende de cómo hubiera ido todo, de las circunstancias que me hubiera tocado vivir. En principio, salir a la calle para qué, ¿para defender a esos curas, a esa nobleza inculta, a esos Borbones corruptos? Que salga su puta madre. Pero si veo a ese francés matando a mis vecinos, fusilando, ejecutando. O si una bala perdida alcanza a un familiar en casa? Mucha gente sale por venganza, por rabia, por rencor o por el qué dirán. Qué tragedia, insisto, ese día para los lúcidos, para la razón, para Moratín, para Goya, para la gente culta.
La conversación se alargará para entrar en terrenos tan concretos como la forma de doblar el codo los coraceros al cargar con sus espadas o el tipo de unidad francesa (¡marinos de la Guardia!) que Goya representó en sus fusilamientos del 3 de mayo. Pérez-Reverte referirá cosas tan espeluznantes como las consecuencias de una herida de metralla o bayonetaen el vientre. y en las que el paquete intestinal se desparrama sin remedio. El novelista explicará que presenció una herida asíen Bosnia, para espanto de una joven que escucha disimuladamente la conversación en la mesa de al lado. La chica empalidece cuando el escritor detalla cómo las vísceras del desgraciado, rajado por una esquirla, se desparraman con un ruido líquido "-son azules y huelen"- y suspira aliviada cuando nos marchamos hacia las calles, que no saben lo que se les viene encima, para seguir reviviendo el Dos de Mayo. Cañones, cañones, cañones.
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ENTREVISTA: JOSÉ SARAMAGO
El premio Nobel cuenta sus sensaciones después de la enfermedad que le puso al borde de la muerte y habla de su contradictoria relación con Portugal ahora que Lisboa acoge una exposición sobre su persona.
Pocos de los que entonces, en diciembre último, le pudieron ver hospitalizado en Lanzarote hubieran pensado que el hombre que anoche asistía a la inauguración de una exposición sobre su vida era el mismo. En aquel momento, José Saramago, 85 años, premio Nobel de Literatura, se despedía de la vida; su mujer, Pilar del Río, su compañera desde 1986, la que le llevó a vivir a Lanzarote, se juramentó: "Ganaremos, ganaremos la primavera". Y en primavera, saludable ya aquel hombre entonces final, vuelve a Lisboa como si hubiera protagonizado una resurrección. No fue una resurrección, dice él, "más bien fue un regreso". Ayer, en la inauguración de la muestra (ya exhibida en Lanzarote) en el Palacio de Ajuda de Lisboa, a la que asistió el primer ministro portugués José Sócrates y el ministro de Cultura español, que llevó una carta de Zapatero al escritor, Saramago subrayó el emblema de su vida, que es una frase de Pessoa: "Para ser grande hay que ser entero". Antes, en su casa tranquila y chiquita de la capital portuguesa, contó la experiencia a la que ha sobrevivido.
Pregunta. ¿Cómo se siente?
Respuesta. En términos relativos, y teniendo en cuenta lo que he sufrido en los últimos meses, extraordinariamente bien. Hay un término de comparación: me veo ahora y recuerdo cómo estaba antes, incluso encuentro una cierta dificultad en comparar estas dos personas, la que yo he sido y ésta que está aquí y ahora. La diferencia es de tal magnitud que llego a pensar que todo aquello fue un sueño. Más bien una pesadilla. Estoy muy bien. Sigo con mi recuperación y estoy trabajando, estoy escribiendo.
P. Creímos que no lo iba a contar.
R. No llegué a pensar eso; pensé que estaba realmente malo, en un estado deplorable, pero tenía mucha confianza en mis médicos, en los que me cuidaron. Pero, en fin, en mis horas de soledad, que en el fondo eran casi todas, aunque Pilar siempre estaba a mi lado, admití como algo bastante natural que no saliera de aquello. O, peor, que saliera para irme al otro lado... Ahora bien, lo que para mí ha sido sorprendente ha sido la serenidad, la tranquilidad con que acepté sin miedo y sin angustias la hipótesis de no sobrevivir a la enfermedad. Y esa serenidad y esa tranquilidad no es que me haya reconciliado con la idea de la muerte, porque uno no ha de reconciliarse con la idea de la muerte, pero me ha ayudado a contemplar ese hecho como algo natural. Y además, ineluctable, no podía hacer nada contra ella. Puedes armarte de la fuerza que encuentras en ti para no ceder al pánico, al miedo, a la angustia de un posible final, y que además lo estés viviendo... Todo eso lo he vivido, pero como estoy bien ahora, no lo recuerdo como una situación que he pasado sino como una pesadilla. Y lo único que tenía que hacer era despertar de esa pesadilla. Me desperté.
P. ¿Qué vio al despertar?
R. No era como estar en la pesadilla de la que despiertas y luego recuerdas. Durante todo ese tiempo yo no era uno sino dos. Uno, que padecía una enfermedad, y otro que asistía a todo lo que le sucedía a ese enfermo. Yo estaba a la vez viviendo una pesadilla y asistiendo a ella.
P. Eso habrá creado una emoción muy fuerte dentro.
R. No lo sé. Yo me sentí en un estado de casi anestesia total. Es decir, lo vivía no con indiferencia, en absoluto, al contrario, pero podría incluso decirte que lo he vivido sin emociones. No recuerdo haber cedido al peso de cualquier sentimiento, de miedo, o de pena. No. Yo me examinaba a mí mismo con una frialdad casi científica. Desarrollé, eso sí, un sentido del humor muy activo, en las conversaciones con los médicos y con las enfermeras. Nunca he sido chistoso, pero ahí me mostré chistoso, hice bromas sobre lo que iba ocurriendo, desmitifiqué el drama. ¡Y yo nunca cuento chistes! Creo que eso me ha protegido de un sentimentalismo fácil, un poco llorón; nunca he sentido ese riesgo, pero en esta ocasión no lo padecí en absoluto. Jamás.
P. ¿Se siente rabia?
R. ¿Rabia por qué?
P. Por estar perdiendo la vida.
R. Pero la rabia es inútil si no se tiene un blanco. ¿Qué rabia sería? ¿Contra mí mismo? ¿Contra un poder superior que hubiera decidido que mi vida se acabara allí? Y aunque ese poder superior existiera, ¿cómo le llegarían los efectos de mi rabia? No, ninguna rabia. Morir, acabar, y sentir rabia, ¿para qué? ¿Quién se cree esa persona para sentir rabia? ¿Creía que tenía derecho a seguir viviendo? Yo creo que sí. Lo admito. Pero lo que me impresiona es la inutilidad de la rabia en circunstancias como ésas.
P. ¿Resignación tampoco?
R. No es resignación, es sencillamente una aceptación. Son dos movimientos distintos. Lo aceptas porque no tienes otra salida. La resignación es aceptación pero a la vez es renuncia. Y puede no haber renuncia en la aceptación.
P. Ahora esto es como una resurrección.
R. En cierta forma. Porque uno es testigo del despertar de un cuerpo dormido y ese cuerpo es tuyo. Los médicos están haciendo su trabajo, y el tuyo es el de ayudar a tu cuerpo, en ese proceso que se puede llamar de resurrección. Pero a mí me gusta más llamarlo proceso de regreso, es menos dramático y más claro. Estás regresando a ti mismo.
Me quedé reducido a alguien que estaba allí y no tenía ánimo, fuerza ni ganas para la escritura. La única parte del cuerpo que no ha sufrido esa pérdida de tono creo que ha sido el cerebro, que demostró una actividad extraordinaria, que no puedo explicar. Nunca caí en esa soñolencia..., siempre estuve muy despierto, con capacidad de observación y de comentario. ¡Hasta de chistes!
P. Eso le salvaría.
R. Quizá sí... Y el estado excelente de mi corazón. Cuando el cuerpo parecía inclinado a renunciar, el corazón siguió peleando y ha ganado la batalla.
P. ¿Y la novela?
R. Era algo que podía terminar o no. O consigues salir y regresas a casa, o lo que estabas haciendo se queda inacabado. El viaje del elefante. Va marchando.
P. Muchos temimos que esta exposición que ahora se inaugura en Lisboa sería una exposición póstuma. ¿Cómo se siente en su propio pueblo asistiendo a ella?
P. Muy contento, muy feliz. No es que este viaje sea una especie de reconciliación con mi pueblo, no he estado nunca de espaldas al país donde nací. Siempre he vuelto; después de la enfermedad y de todo eso se dice que hay un reencuentro... Para un reencuentro se necesitan por lo menos dos, la patria y la persona, pero la patria es una abstracción, no se me presentó, ni ahora ni nunca, vestida no me imagino cómo, diciendo "yo soy la patria", pero uno pertenece a un lugar, a una historia, a un idioma, y yo creo que eso es la patria. Yo soy muy crítico con la situación social y política en Portugal, pienso que el ánimo de la gente está decaído, parece haber renunciado al futuro... Estamos muy aborregados, pero este es mi país, y punto. No es el más hermoso ni el más inteligente ni el más inventivo, pero es mi país. Hace años, me preguntaron por las relaciones con mi tierra. Y yo contesté: Me gusta lo que este país ha hecho de mí. Porque tú puedes protestar contra esto y aquello, pero lo que no puedes negar es que lo bueno y lo malo es lo que te ha hecho a ti, y luego decides si te gusta o no. Pero si te gusta confiésalo. En el fondo, la cosa es muy sencilla: yo puedo criticar a Portugal, pero hay una pregunta: ¿Y quién sería si no hubiera nacido en este lugar del mundo?
P. ¿Y la respuesta es...?
R. ¿Sería más inteligente, habría escrito una obra más importante, sería reconocido por la gente en la calle, pondrían mi nombre a calles o a institutos? No lo sé. Se es lo que se es y punto.
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