Categoría: Historia
16 Noviembre 2008
Le atacaron los vencedores y también los vencidos. Le llamaron desde el Churchill español a vendido a la URSS. Medio siglo después de su muerte, Juan Negrín habla desde el archivo de quien fue el último jefe de Gobierno de la II República.
Hace 52 años murió en París un hombre tan deprimido que pidió que en su lápida no escribieran su nombre. Se llamaba Juan Negrín López y había sido el último jefe de Gobierno de la II República española. Sólo su hijo Rómulo y dos amigos íntimos asistieron al entierro. Nadie más acudió porque aquel hombre derrotado que quiso pasar eternamente desapercibido también había dado instrucciones a su familia para que esperara 48 horas antes de comunicar su fallecimiento. En su casa, el dirigente republicano más controvertido había dejado a medias unas memorias iniciadas muchos años atrás, y decenas de documentos que desmontaban muchas de las leyendas negras que vencedores y vencidos habían vertido sobre él y que provocaron su expulsión del partido socialista. Su nieta, Carmen Negrín, ha enseñado a EL PAÍS ese archivo con dos condiciones: que no se revele la ciudad donde está -"Por razones de seguridad. Podrían venir a robarlo, o a quemarlo, quién sabe"- y que la referencia sea Archivo J. N. L. "Sólo J. N. L.", insistió. Son las tres únicas letras que se leen en la lápida de Juan Negrín López.
En el sótano de una casa de varios pisos, bajando unas escaleras y al final de unas galerías abovedadas que recuerdan a los refugios de guerra de las películas, cerrado con llave, está el Archivo J. N. L. Hay múltiples paquetes de documentos. Uno atado con un lazo de los colores de la República en el que se lee "Reservado". Otros muchos envueltos en papel de periódico de 1939. Dentro, documentación oficial, correspondencia personal, textos y fotografías que Juan Negrín (Las Palmas, 1892-París, 1956) quiso conservar durante toda su vida. Y cientos de libros: en idiomas muy diferentes -"El abuelo hablaba diez", presume Carmen Negrín. "Cuando murió, en 1956, estaba aprendiendo chino y árabe porque decía que eran los idiomas del porvenir", añade-. Los libros no son novelas. Hay decenas de tomos sobre Política exterior en la prensa franquista, espionaje y manuales para traducir mensajes cifrados -"De pequeños, a mi hermano y a mí nos fascinaban las historias de tinta invisible que nos contaba"-.
Y entre todo eso, documentos que prueban que el envío del oro de la República a Moscú no fue un capricho de Negrín para complacer a los rusos, como le acusó un sector del partido socialista, sino una decisión del Consejo de Ministros del 6 de octubre de 1936. O que aquel esfuerzo titánico, nunca comprendido por su ministro de Defensa, Indalecio Prieto, de resistir hasta el final de la guerra, obedecía a la información que le transmitían desde Alemania antiguos compañeros de estudios sobre la inminencia de una Segunda Guerra Mundial y su convencimiento de que, en esa lucha de las democracias contra el fascismo, las potencias que no habían querido ayudarle a luchar contra Franco, convertidas en aliadas, les harían vencedores.
Su nieta, Carmen Negrín, se jubiló prematuramente sólo para entrar en ese archivo, empezar a leer y descubrir al hombre de Estado que había sido "el abuelo" -"De pequeña, oía que la gente que venía a casa le decía 'señor presidente', y yo pensaba, ¿presidente de qué?"-. Está decidida a rehabilitar la figura de su abuelo -"Era una persona tan diferente de lo que se ha dicho de él..."- , y concluir la tarea que dejó a medias; recordar, sin elipsis malintencionadas, cada paso que dio como último jefe de Gobierno de la República, y publicar, sin interferencias, de su puño y letra, las memorias en las que Juan Negrín explica los motivos que le llevaron a tomar unas decisiones y descartar otras.
Carmen confiesa que aún no ha sido capaz de ver todos los documentos. No sólo por el volumen del archivo. "Es difícil leer a posteriori, sabiendo el final. Sabiendo que termina mal. Inevitablemente, te pones en el lugar de las personas que le escribían y de él mismo. Y es duro. Hay unas cartas dramáticas del presidente del Gobierno vasco diciéndole que se han quedado aislados y que necesitan gente, armas, dinero, comida... en un momento en que ya era imposible satisfacerle. Hay expedientes a desertores, para los que sólo había un castigo, plagados de notas al margen del abuelo, intentando, estoy segura, salvarles la vida, porque para entonces ya sabría que la guerra iba a terminar y no tenía sentido matar a más gente. Probablemente haya personas que piensen que sus familiares murieron heroicamente en el frente, cuando fueron juzgados como traidores por haber intentado huir. Tendrán que afrontar eso. El abuelo debió de sufrir mucho. Él era médico. Un hombre de vida, no de muerte".
Antes de ingresar en el PSOE, en 1929, y ser diputado durante tres legislaturas, Juan Negrín había sido un brillante científico, maestro del Premio Nobel Severo Ochoa. Le esperaba una prometedora carrera como investigador, una vida cómoda. Pero eligió otra. Nunca tendría tiempo de disfrutar de esa vocación política. Llegó muy lejos en muy poco tiempo: fue ministro de Hacienda, de Defensa y jefe del Gobierno, pero lo fue al principio, durante y al final de la Guerra Civil, lo que convirtió para siempre al doctor Negrín en el retrato del gran perdedor de la contienda.
Su archivo personal es la historia de esa derrota. Contiene los mapas de la guerra que recibía cada día desde los frentes de batalla. Hechos en papel cebolla, a color y con la aplicación de un estudiante de matrícula de honor, son estéticamente tan hermosos como dramáticos, porque en ellos el jefe del Gobierno republicano sólo pudo leer el avance de las tropas franquistas, la evolución de una lenta agonía. En ese archivo, figuran también los telegramas que jamás sirvieron para dar una buena noticia. Como éste: "Resultado de los bombardeos hasta las 17.30. Sitios donde han caído bombas: calle Nueva de la Rambla 98. Paseo de San Juan frente al 104. Hotel Colón. Banco Comercial. Paseo de Gracia. Calle de Talleres. Calle de la Provenza 365 y 380. Plaza de Tetuán. Paseo de Gracia frente al Socorro Rojo, Balmes entre Diputación y Cortes. Cortes entre Rambla de Cataluña y Balmes. Calle de Bárbara Chaflán. San Ramón. Teatro Novedades. Los muertos y heridos, sin contar los del último bombardeo, son 270 muertos y 350 heridos. Posteriormente dicen hasta la hora presente hay 400 muertos. 17 de marzo 1938".
Recibía varias veces al día telegramas con la relación de víctimas. Concretamente, éste venía acompañado por fotografías de los cadáveres de un grupo de niños que murieron en un bombardeo antes de que les terminaran de salir los dientes; una de esas fotos se reproduce en estas páginas.
Hay informes a diario de los bombardeos. En ellos se ve la desproporción de fuerzas entre los dos ejércitos y sus apoyos. "Por eso es tan difícil de leer", explica Carmen Negrín. "Se ve la esperanza que había al principio, la voluntad de resistir... y documento a documento, cómo ese espacio para la resistencia se va achicando y achicando...".
Prieto atribuyó el empecinamiento de Negrín en resistir a toda costa los ataques de un ejército abismalmente superior a una mano negra que le manejaba desde la URSS, y dedicó los años que siguieron a extender esa tesis hasta provocar la expulsión de Negrín del partido socialista en 1946. Hace apenas cuatro meses el PSOE lo reintegró simbólicamente en sus filas en su 37º congreso.
"Prieto promovió la división entre socialistas", asegura Carmen Negrín. "Expulsarle del partido fue una pequeña mezquindad por su parte. [Negrín] nunca habló mal de él, pero sí con dolor. Le hizo muchísimo daño y lo comprendí muchos años después, cuando leí las cartas que intercambiaron, en las que el abuelo intenta explicarle, hacer que entendiera por qué lo destituyó como ministro. No fue posible. Prieto rehuyó siempre el diálogo". "Algunas de esas cartas llegaron a los campos de refugiados y debieron desmoralizar mucho a la gente".
En sus memorias, Juan Negrín dedica varios capítulos a Prieto, su mentor, y a la mentira de la que éste se había convencido. Algunos no llegó a escribirlos, pero los dejó enunciados, en una especie de cuestionario elaborado en tercera persona que él mismo debía ir contestando: "Como presidente del Consejo y ministro de Defensa, cuáles fueron sus relaciones con los rusos", se titula uno. "Relevo de Prieto en el Gobierno", dice otro. "Esfuerzos para intentar evitar la ruptura con Prieto". "Relación con los comunistas bajo la presidencia...".
En aquellas memorias que no terminó, Juan Negrín quería explicar, ante todo, que sus decisiones, equivocadas o no, habían sido autónomas. Que los rusos fueron, en aquel momento, los únicos dispuestos a ayudar. Que envió a su hombre de confianza, el prestigioso médico Rafael Méndez, a comprar armas a EE UU, sin éxito. Que pidió ayuda a Inglaterra y tampoco se la dieron. Que sólo Francia prestó un poco de ayuda al principio. "Ninguno fue muy valiente", explica su nieta. "Inglaterra pensaba que satisfaciendo a Alemania tendrían tranquilidad, cuando Alemania, como sabemos, era insaciable. Inglaterra sacrificó a España con ese temor. Fue una cobardía que luego les saldría muy cara. México estaba dispuesto a aceptar el oro de la República pero estaba muy lejos y era peligroso. Rusia era la única opción". Hacían falta armas y comida. Se gastó todo. De hecho, el último envío de ayuda de Rusia es ya un préstamo. No fue a cambio de oro. "Y a los rusos también hay mucho que reprocharles porque marcaban un precio muy por encima del mercado a cambio de aviones viejos. El abuelo lo sabía".
Lo sabía y empezó a escribirlo en sus memorias, aunque nunca terminara un capítulo que él mismo había titulado "La famosa cuestión del envío del oro. Destruir la leyenda de que todavía hay en Rusia un tesoro de la República". Y otro que prometía: "Caso Nin, que es el que más se ha explotado para decir que la justicia comunista tenía cheque en blanco del Gobierno". Según su nieta, en él Negrín relata cómo le habían hecho creer que a Nin "ya lo habían liberado cuando ya lo habían asesinado, en contra de su voluntad y de sus órdenes".
En ese índice de temas que Negrín pretendía abordar también se incluye "Viajes, en lo que quepa ser revelado a Moscú, París", "Posibilidades de una política de resistencia en la zona centro después de la pérdida de Cataluña" o "Cómo reconstruir la democracia en España". Negrín tenía ya el visto bueno de una editorial americana para publicarlas, pero quería hacerlo después de su muerte. Será su nieta quien lo haga "próximamente".
De momento, el Archivo J. N. L. ya ha iniciado el viaje de regreso a España, como parte del proceso de rehabilitación de la figura de Negrín. El cabildo de Las Palmas ha cedido un antiguo cuartel militar para convertirlo en un museo dedicado a su memoria. "Hemos empezado a digitalizar todo el material para enviarlo allí y que pueda ser consultado", explica Carmen Negrín. "Me gustaría que el centro tuviera un par de habitaciones para que los investigadores puedan quedarse a dormir mientras trabajan. Son miles de documentos. Necesitarán tiempo". Hasta ahora, sólo historiadores como Gabriel Jackson o Ángel Viñas han podido acceder a algunas partes de ese archivo antes de escribir sus libros sobre la Guerra Civil o la Segunda República.
El archivo revela que la gran preocupación de Juan Negrín era preservar el Estado para que, pasara lo que pasase en el frente, la República no se diluyera. Un Estado se basa en leyes, normas, su historia, y todo eso son papeles. Juan Negrín era muy consciente de ello. Y muy meticuloso. Todo quedó registrado. Hasta el último gasto. En la documentación hay facturas de municiones y de cenas... Tiene muchísimo mérito haber puesto a salvo toda esta documentación, y con ese orden, teniendo en cuenta que perteneció a un Estado cuya capital se desplazaba según avanzaban las tropas franquistas.
La nieta de Negrín explica que a los historiadores suele interesarles la parte del archivo que menos le interesa a ella, y viceversa. Lo dice justo antes de sacar de una maleta vieja que acaricia antes de abrir fotografías inéditas de mutilados acogidos durante la contienda en los castillos que la República había comprando en Francia. En ellas hombres ciegos por la guerra aprenden braille. Un joven sin piernas mira de frente a la cámara. Theodore Fried, el autor de la instantánea, escribe al pie de la fotografía: "García Suárez nos descubre su caja de Pandora: magníficos artilugios de marcha dignos de un ministro. García Suárez, cuando los amigos le ponderan las excelencias de las piernas ortopédicas, en el paroxismo de los elogios asegura que están fabricadas con un material antirreumático que quita las penas". Y es verdad, García Suárez mira de frente al fotógrafo y le sonríe.
En los castillos, que la República compró en Francia o que sus dueños cedieron temporalmente, los mutilados aprendían un oficio, a manejarse de nuevo en la vida. El régimen de Franco se quedó con aquellos castillos.
De la maleta, que Carmen Negrín no posa en el suelo en ningún momento, sale también una colección de dibujos infantiles y listados con nombres de algunos de sus autores. Son relaciones de los niños que acabaron en las colonias republicanas, una especie de orfanatos. "Es un documento terrible", dice Carmen. Y lee: "Teresa y Feli Lorenzo Varel, 8 y 12 años, sin familia. Carmen García Jiménez, 4 años, con madre. Juan Martín Barcena, 12 años, ignórase paradero de la familia. Hay hasta cinco niños de una misma familia, sin padres. Me pregunto muchas veces qué habrá sido de ellos".
Junto a la carta de un padre que se pregunta si Juan Negrín tiene hijos antes de rogarle que entienda su dolor "al sacrificar a mis seres queridos por la Patria, pudiendo quizás rescatarlos de sus garras", hay también en el Archivo J. N. L. un espacio, aunque minúsculo, para otras que provocan casi una sonrisa. Como la de un campesino que en plena guerra le escribe para quejarse de que su vecino le ha robado unas patatas.Negrín la conservó. Quizá porque aquella queja se parecía un poco más a las que reciben los gobernantes en un país en paz; justo lo que él querría haber sido.
En su vida personal también huboalgún error divertido e intrascendente, aunque saliera bastante caro. "Picasso quería regalarle un cuadro y dijo que no porque le parecía muy moderno", confiesa Carmen Negrín entre carcajadas. El mismo hombre que supo ver que el árabe y el chino eran "los idiomas del porvenir", se equivocó de plano con aquel moderno.
Después de haber mostrado el archivo, Carmen Negrín confiesa que su abuelo, en realidad, se resume en una frase de Albert Camus: "Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón y aun así sufrir la derrota. Que la fuerza puede vencer al espíritu y que hay momentos en que el coraje no tiene recompensa. Esto es sin duda lo que explica por qué tantos hombres en el mundo consideran el drama español como su drama personal".

El médico keynesiano
Para el historiador Gabriel Jackson, Juan Negrín fue "el más capacitado de los jefes republicanos socialistas. Sabía de economía. Era keynesiano, no marxista, y creo que fue el primer suscriptor que la revista
The Economist tuvo en España. En los años 20 era ya un médico fisiólogo de fama internacional", explica. Con un pero: "No era buen orador".
Jackson asegura que indagar en la figura del último jefe de Gobierno de la República ha sido "la mayor aventura de su vida" y por eso su último libro, publicado esta semana, se titula Juan Negrín, médico, socialista y jefe del Gobierno de la II República española. "Me ha costado seis años terminarlo porque en el medio he sufrido varias enfermedades. Es mi último libro. ¡Los ojos no dan para más!", aclara el historiador, de 87 años, quien considera que el 90% de lo que se ha dicho sobre Negrín "es leyenda". "Creo que en sus últimos años tenía la sensación de haber fallado, de ser el jefe de Gobierno que había perdido la guerra y al que habían denostado incluso en su propio partido. Por eso no quiso estatuas ni que escribieran su nombre en su tumba", añadió.
Negrín también pidió que no le llevaran flores, una petición que su nieta desobedece cada año. "Cuando llego, siempre hay un ramo artificial con los colores de la bandera republicana sobre su lápida. Yo lo quito todos los años para poner las mías y al año siguiente, el ramo republicano vuelve a estar allí. No sé quién las pone, pero nunca falla. Es muy curioso porque encontrar la tumba es muy difícil". Su nombre no está en ella.
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8 Agosto 2008
Los argumentos del movimiento deportivo y de las potencias ante Pekín recuerdan los utilizados con Hitler en 1936.
"No se puede mezclar el deporte y la política", claman estos días las autoridades olímpicas que, asustadas por la posible reacción del Gobierno chino, han acabado con la libertad de expresión de los deportistas prohibiéndoles hablar de asuntos como la represión en el Tíbet -Cadel Evans, por ejemplo, llevó una camiseta con el lema Free Tibet durante el Tour; no la llevará en Pekín-, la intervención china en la guerra de Darfur o los derechos humanos. No es una voz nueva.
Al olimpismo le gusta celebrar estos días el 40º aniversario de los Juegos de México, el puño en alto del black power, Tommie Smith y John Carlos en el podio del 200, símbolo del poder del deporte para cambiar la sociedad, pero la realidad, más terca que los deseos, le obliga más bien a recordar los Juegos de 1936, los Juegos del Berlín nazi adornado hasta la náusea de esvásticas. Y no solamente para hablar de la hermosa parábola de las victorias del negro Jesse Owens en el altar de exaltación de lo ario, y de su admirable amistad con el rubio Lutz Long, atletas que sólo se movían por altos ideales y no por dinero, como los de ahora, los cuentos que han pasado a la historia y que sirven para que muchos recuerden los Juegos del 36 como un oasis de pureza, tolerancia y buen rollo en medio de los 12 años de pesadilla nazi, y que han alimentado el mito del espíritu olímpico.
O podrían celebrar el primer centenario de los de Londres 1908, los primeros en los que los Juegos comenzaron a servir de vara de medir la vitalidad nacional: una guerra sin armas, los primeros en los que los participantes desfilaron agrupados por países detrás de su bandera. Aquel año, los norteamericanos se negaron a inclinar su bandera al pasar ante el rey Eduardo VII y consorte, los representantes de la metrópolis.
"La política y el deporte no se pueden mezclar. La única oportunidad de supervivencia del movimiento olímpico es mantenerse ajeno a la política", ya proclamaba en 1934 el presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos, Avery Brundage, uno que se había hecho millonario con el negocio de la construcción en el Chicago de los años 20, un paraíso de corrupción y sobornos. Y el belga Henry Baillet-Latour, presidente del COI por entonces, también creía en lo mismo: el olimpismo nunca debía entrar en política, pero con una excepción: el caso de una infiltración comunista en los Juegos, que debía evitarse a toda costa. Ambos dirigentes deportivos se esforzaron en imponer su mensaje en los años previos a los Juegos de Berlín para frenar lo que consideraban una catástrofe: la posibilidad de un boicot.
Era la primera vez que un movimiento de protesta internacional pro boicot, nacido entre la comunidad judía estadounidense, amenazaba a una ciudad elegida para celebrar unos Juegos. No triunfó, pero por poco, y, principalmente, por el silencio de los gobiernos de las grandes potencias, el silencio de Frank Delano Roosevelt, temeroso de alimentar el voto de la derecha reaccionaria de Estados Unidos; el silencio del Gobierno británico, partidario de no molestar a Hitler, antes apaciguar que enfadar; el silencio de Francia, donde una protesta pro boicot en el parlamento sólo contó con los votos de la izquierda. Los mismos argumentos de los Bush, Sarkozy, Merkel, del siglo XXI, que siguen prefiriendo, como entonces, la política de gestos.
Los Juegos se concedieron a Berlín en 1931 cuando Alemania era aún una democracia formal -los nazis ganaron las elecciones en 1932 y Hitler accedió al poder un año después- y porque el congreso del COI que debía elegir la sede se celebró en Barcelona una semana después de la proclamación de la República. El caos en la capital catalana impidió el quórum necesario. La votación se efectuó por teléfono. Ganó Berlín. En Barcelona, las fuerzas revolucionarias convocaron unos Juegos populares paralelos. Desgraciadamente debían comenzar el 19 de julio de 1936. Muchos deportistas huyeron de la guerra civil. Otros tantos, comprometidos, se quedaron a combatir con las tropas de la República.
Mientras, en Berlín se desarrolló la farsa de la tregua olímpica. Temporalmente, las SA dejaron de hostigar a los judíos. Un judío, por otra parte, formó parte, simbólica, del equipo alemán. Jesse Owens, un negro, ganó cuatro medallas. Hitler le negó el saludo. La prensa alemana lo describió como un animal: la ventaja genética de los habitantes de la selva. Y 72 años después, siempre que gana un negro aún se recuerdan sus ventajas genéticas.
Aparte de Owens, en los Juegos del 36 compitió Werner Seelenbinder, un luchador miembro del partido comunista y de un club de trabajadores. Obligado a inscribirse en un club burgués, se proclamó campeón de Alemania en 1933, y en el podio, se negó a hacer el obligatorio saludo nazi. Le detuvieron, pero el oficial de la Gestapo que le interrogó era un fan de la lucha libre por lo que le dejó en libertad. Ganó su selección para los Juegos y prometió, de acuerdo con sus camaradas, que si ganaba haría un discurso antinazi y pro libertad en la conferencia de prensa posterior a la victoria, pero terminó cuarto. En la guerra le detuvieron por proteger a un fugitivo comunista. Le colgaron en Brandeburgo en octubre de 1944.
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19 Mayo 2008
Durante años, el NKVD soviético interrogó a dos personajes clave del entorno de Adolf Hitler, capturados tras la caída de Berlín: Otto Günsche, su ayudante personal, y Heinz Linge, su ayuda de cámara. El resultado -una minuciosa reconstrucción del entorno más privado del Führer- se pasó a Iósif Stalin. Ahora, ese texto secreto, 'El informe Hitler', editado por Henrik Eberle y Matthias Uhl, se publica en España por Tusquets.
Sanguinario, eufórico, megalómano.

Otoño de 1942. El coche del piloto de Himmler, el comandante de las SS Schnäbele, cayó en una emboscada tendida por la resistencia. En el coche viajaban Schnäbele, otro oficial de las SS y dos mujeres rusas, a las que querían llevar a su cuartel. El piloto de Himmler y el oficial de las SS murieron a manos de los partisanos (...).
Himmler informó a Hitler y éste ordenó masacrar a los habitantes de las aldeas vecinas al lugar de los hechos, todos inocentes. Una unidad de Himmler se encargó de llevar a cabo las ejecuciones de los civiles rusos. En el curso de éstas se desarrollaron escenas dramáticas. A las mujeres que pedían clemencia las golpeaban con las culatas de los rifles y luego las mataban de un balazo. A los niños que se aferraban a sus madres los separaron por la fuerza y los asesinaron delante de ellas. Los cadáveres de aquellos hombres, mujeres y niños fueron arrojados a fosas previamente excavadas. Los soldados de las SS de la guardia personal de Hitler se desplazaron expresamente desde Vinnitsa para presenciar esta orgía de venganza.
Al día siguiente de su llegada al cuartel general de Vinnitsa, Hitler recuperó su triunfalismo. A Linge le ordenó traer un juego de escritorio, un estuche de dibujo, un atlas, una lupa y un mapa de los recursos naturales de Rusia.
Estaba muy excitado. Señaló la ciudad de Rostov y se dirigió a Schmundt, su ayudante personal:
-En efecto, Schmundt, una vez que hayamos hecho nuestras estas tierras, ya no tendremos que preocuparnos más acerca del destino de la guerra.
El dedo de Hitler se desplazó hasta indicar el Cáucaso:
-Y de aquí nos llevaremos el petróleo que tanto necesitamos.
Con el mismo dedo dibujó un círculo alrededor de la ciudad de Astrakán, situada a orillas del mar Caspio:
-Aquí cortaré el nervio vital de Rusia, eso será el final -dijo Hitler recalcando de manera especial la palabra final (...).
Depresión por Stalingrado.
Febrero-verano de 1943. La aniquilación del 6º Ejército en Stalingrado tuvo sobre Hitler unos efectos terribles. Ya no podía subsistir sin las inyecciones estimulantes que le proporcionaba Morell, su médico personal, que se las inyectaba cada dos días después del desayuno. Ello le provocó espasmos estomacales de origen nervioso. Hitler tuvo que guardar cama durante varias jornadas a causa de los fuertes dolores que sufría. Linge, que le suministraba el opio recetado por Morell, tenía que presenciar cómo Hitler se retorcía de dolor.
Los ataques de irritación nerviosa se hicieron más frecuentes. Hitler a veces creía que el cuello de su camisa era demasiado estrecho y que le obstaculizaba la circulación de la sangre. Otras veces pensaba que los pantalones le iban demasiado largos. Se quejaba de picores. En todas partes (en el agua del excusado, en el jabón, en la crema de afeitar o en el dentífrico) sospechaba la presencia de veneno y ordenaba hacer análisis detallados. También había que examinar el agua con la que se cocinaban sus alimentos. Hitler se mordía las uñas y se rascaba las orejas y la nuca hasta hacerse sangre.
Para remediar su insomnio tomaba toda clase de somníferos. Le calentaban la cama con mantas y almohadillas eléctricas. A Hitler le costaba respirar. Por esta razón exigió instalar en su dormitorio una bombona de oxígeno, de la que inhalaba con frecuencia.
También ordenó mantener la temperatura de sus habitaciones a doce grados. Creía que las temperaturas bajas tenían sobre él un efecto refrescante. Los asistentes a las conferencias informativas solían abandonar la habitación a causa del frío e iban a calentarse a otros lugares del búnker.
Hitler ya casi no abandonó su refugio. Sólo por las mañanas, antes de tomar el desayuno, sacaba a pasear durante diez minutos a Blondi, su perra pastor alemán, que no se apartaba nunca de su lado. El animal, enorme y adiestrado, sólo le obedecía a él, mientras que gruñía a todos los demás. Blondi vigilaba a Hitler día y noche, e incluso en las reuniones permanecía tumbada a sus pies.
Tras el almuerzo del mediodía, Hitler se estiraba vestido en la cama y permanecía allí hasta la llegada de la noche. Entonces acudía a la sesión informativa nocturna que se celebraba diariamente a las nueve de la noche. Después de la sesión solía quedarse otro rato en la estancia jugando con Blondi y una pelota. Le divertía que el animal se sentara sobre sus patas traseras y, como un conejo, devolviera la pelota con las patas delanteras estiradas. Hitler le ordenaba:
-¡Venga, Blondi, haz el conejo!
A medianoche, Hitler pedía a Linge que le pusiera discos con música relajante, como ya había hecho en su cuartel generalcuando comenzó a distanciarse de sus generales.
Göring no tenía escrúpulos para aprovecharse del estado de ánimo de Hitler en beneficio propio. Con esta táctica quería lograr un lugar destacado entre los que rodeaban al Führer. Éste, por su parte, que detestaba a los generales, buscó la cercanía de Göring.
A la hora del desayuno, Hitler comentó a Linge:
-Hoy voy a almorzar con el mariscal del Reich. Habría que cocinar algo especial para él. Por ejemplo, su plato favorito, pollo asado, y de postre, bizcocho de manzana. (...)
Al servicio de las damas.
Eva Braun acostumbraba ver junto a sus amigas películas en color americanas en la bolera. Cuando retornaban al salón, junto a la gran sala en la que se hallaba Hitler, llamaban su atención con sus risas y conversaciones en voz alta. Con ello querían darle a entender que "ya estaba bien de guerras", que ya era hora de que les dedicara su atención. Junto a ellas llegaban también Negus y Stasi, los cachorros de Eva Braun, y se revolcaban por el suelo.
Hitler se presentaba ante las damas. Su faz tenebrosa se aclaraba por momentos. En la vecina gran sala, los ordenanzas encendían el fuego de la chimenea. El dictador, Eva Braun, la hermana de ésta, Gretl, la dama de compañía de Eva, la señorita Kastrup, las amigas de Eva, Morell, Hoffmann, Dietrich, Brandt, Bormann, los ayudantes y las secretarias volvían a reunirse allí. Hitler se sentaba junto a la chimenea, al lado de Eva Braun. Las mujeres formaban grupos, sentadas o recostadas en los sofás y los pesados sillones de felpa que formaban un semicírculo en torno al fuego.
De esta manera discurrían lo que se conocía como las tardes del té. Los ordenanzas servían champán, licor, té, café y un refrigerio. Eva Braun estaba sentada con las piernas encogidas y tocada con una gorra de piel. En presencia de Hitler guardaba silencio y prefería escuchar mientras sus amigas charlaban sobre la película que acababan de ver. Hitler pidió a Günsche que le alcanzara el catálogo de los discos.
En el gran armario de la pared había miles de discos. En el Obersalzberg, Hitler prefería música ligera. Siempre escuchaba las mismas operetas de Lehár y Suppé. La conclusión de la velada era invariablemente la obertura de La viuda alegre. Hitler podía escuchar discos hasta las dos o las dos y media de la madrugada. Sólo entonces se retiraba a sus habitaciones privadas. Eva Braun, por lo general, se acostaba más temprano.
Bormann se tornaba irreconocible cuando Hitler abandonaba la estancia. En su presencia, Bormann aparentaba estar sobrecargado de trabajo. Pero en cuanto Hitler se retiraba, el otro se quitaba la máscara y se llevaba a todo el grupo a celebrar un festín en su mansión. (...)
La mujer le ha dado 11 hijos a Bormann y le es servilmente sumisa. Él la ha obligado a aceptar el hecho de convivir con la amante de su esposo bajo el mismo techo. (...)
En cama tras el atentado de julio.
Agosto de 1944. A comienzos de agosto de 1944, el estado de salud de Hitler empeoró. Los mareos se agravaron. Se le recomendó guardar cama durante dos semanas. (...)
Hitler recibía los partes de guerra postrado en su lecho. Pasaba las tardes en compañía de sus secretarias, que se reunían en torno a la cama del enfermo. En aquellos días se desató una lucha por el poder entre los facultativos del Führer. Brandt y Hasselbach, los médicos y cirujanos que lo estaban tratando, rechazaban los métodos empleados por Morell. Le reprochaban haber saturado de estricnina el organismo de Hitler, lo que, en su opinión, había propiciado el creciente deterioro del paciente.
El doctor Giesing, otorrinolaringólogo de Gizyckp que había tratado los tímpanos de Hitler a raíz de la explosión, se puso abiertamente del lado de Brandt y Hasselbach. La disputa llegó a oídos de Hitler. Morell, evidentemente, se impuso, porque con sus estimulantes y sus sedantes se había hecho imprescindible para el Führer. Hitler despidió a Giesing. Brandt y Hasselbach fueron sustituidos. En su lugar, Himmler le envió a su propio médico personal, el teniente coronel de las SS Stumpfegger.
Hitler, por entonces, necesitaba con urgencia un tratamiento dental. Su dentista, Hugo Blaschke, que lo había visitado durante años, fue requerido en el cuartel general. Blaschke tenía una consulta privada en la Kurfürstendamm de Berlín y militaba en el Partido Nacionalsocialista. Antes de 1939, Hitler lo había convertido en catedrático. Durante la guerra había sido ascendido a general de brigada de las SS. De manera regular acudió a la cancillería del Reich, al palacete del Berghof [en los Alpes alemanes] y a la Guarida del Lobo [base militar del Este, en Rastenburg, Prusia del Este, actualmente Polonia] para ocuparse de las dentaduras de Hitler, Eva Braun y los colaboradores del estado mayor personal. El oro que Blaschke usaba para los empastes lo obtenía de las existencias de la dirección nacional de las SS. La Gestapo lo había extraído de los prisioneros. Ese mismo organismo, además, recibía coronas y dientes de oro y puentes extraídos a los prisioneros de guerra rusos en los campos de concentración. Esta práctica había comenzado en 1944, siguiendo una instrucción secreta de Himmler, que cumplía de esta manera con una petición urgente de Hitler.
A mediados de agosto, después de dos semanas de guardar cama, los médicos habían logrado recuperar a Hitler hasta el punto de que éste estaba en condiciones de participar otra vez en las conferencias diarias. Sin embargo, todavía estaba muy pálido y le costaba esfuerzo mantenerse de pie. Bajo los ojos se le dibujaban sombras oscuras. La mano izquierda le temblaba con fuerza. Aún llevaba vendado el brazo contusionado a raíz de la explosión. Además caminaba más encorvado que nunca. (...)
'Blondi' se aparea.
Hitler había invitado a la señora Trost al Berghof porque quería aparear a su perra Blondi con el perro de ella. El apareamiento se produjo mientras Hitler estaba en la reunión informativa en la que Guderian había informado sobre la situación en el frente oriental y donde se había deliberado acerca de la evacuación de las mujeres y de los niños de Prusia oriental.
Cuando la reunión llegó a su término, Hitler, acompañado de Linge, volvió al búnker y le preguntó a éste si se había producido el apareamiento.
-Sí, mi Führer, se ha cumplido con el acto de Estado -respondió Linge con buen humor.
-¿Qué tal se ha portado Blondi?
-Ambos se han comportado como novatos.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Los dos han acabado por los suelos.
Hitler se echó a reír. El apareamiento de Blondi con el perro de la señora Troost fue todo un acontecimiento en el estado mayor de Hitler. Blondi era para Hitler algo especial. Nadie se atrevía a tocarla. Nadie estaba autorizado a darle de comer. Blondi sólo comía en compañía de Hitler. Cuando en 1943 el animal contrajo una enfermedad contagiosa, fue llevada a la clínica veterinaria privada del doctor Dopfer en Múnich, Rottmannstrasse, 1. Hitler hizo enviar a la clínica huevos, carne y manteca para la perra.
De Múnich llegaba cada mañana por vía telefónica un boletín médico con el estado de salud del animal, que Linge tenía que leer a Hitler en primer lugar. El Führer se mostraba muy preocupado cuando el boletín no era muy halagüeño. Le resultaba más fácil confirmar una sentencia de muerte para un oficial del frente condenado por derrotista que recibir malas noticias sobre el estado de salud de su Blondi.
La hora final.
30 de abril de 1945. Los ojos de Hitler, que antaño habían despedido fuego, estaban ahora apagados. Su cara tenía un color terroso. Bajo los ojos tenía oscuras ojeras. El temblor de su mano izquierda parecía haberse extendido a la cabeza y a todo el cuerpo. Las palabras salían casi sin voz de su boca:
-He ordenado que se me queme después de mi muerte. Encárguense ustedes de que mis instrucciones se cumplan con exactitud. No quiero que mi cadáver sea llevado a Moscú y exhibido en un gabinete de curiosidades.
Con gran esfuerzo, intentó algo parecido a un gesto de despedida y dio media vuelta. Baur y Rattenhuber lanzaron un grito. Rattenhuber quiso agarrar la mano de Hitler, pero éste lo esquivó y desapareció detrás de la puerta de su despacho.
Con gestos mecánicos, pero a toda prisa, Günsche se dedicó a la tarea de ejecutar la orden impartida por Hitler y Bormann en cuanto a la quema de los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Llamó por teléfono al chófer de Hitler, Kempka. Éste estaba instalado en el búnker situado al lado de la cochera de la cancillería del Reich, junto a la Hermann-Göring-Strasse. Günsche le ordenó a Kempka que trajera de inmediato diez bidones con gasolina al búnker del Führer y que los dejara preparados junto a la salida de emergencia que daba a los jardines. (...)
Eva Braun dejó pasar dos o tres minutos antes de abandonar la habitación de Goebbels. Con paso lento se dirigió al despacho de Hitler. Pocos minutos más tarde salió Goebbels y se dirigió al salón de reuniones, donde entretanto se habían reunido Bormann, Krebs, Burgdorf, Naumann, Rattenhuber y Axmann.
Sólo habían transcurrido unos cuantos minutos cuando Linge volvió a presentarse en el refugio de Hitler. Delante de la puerta acorazada abierta que daba a la antesala del salón de reuniones estaban de pie Günsche y el teniente de las SS de servicio, Frick. Faltaban unos pocos minutos para que dieran las cuatro de la tarde. Cuando Linge pasó por delante de Günsche comentó:
-Creo que ahora ya ha acabado todo -y entró apresuradamente en el vestíbulo.
Una vez en el interior pudo oler un tufo de pólvora, como suele haber cuando se efectúa un disparo. Linge volvió a dirigirse a la antesala del salón de reuniones, donde se encontró inesperadamente con Bormann. Éste, con la cabeza gacha, estaba de pie junto a la puerta que daba a la estancia y se apoyaba con el brazo en la mesa. Linge informó a Bormann de que en el vestíbulo de Hitler olía a pólvora. Bormann se incorporó y, junto a Linge, acudió deprisa al despacho de Hitler. Linge empujó la puerta y entró junto a Bormann. A los dos se les ofreció el panorama siguiente: a la izquierda del sofá aparecía Hitler, sentado. Muerto. A su lado se veía, también muerta, a Eva Braun. En la sien derecha de Hitler se podía observar una herida del tamaño de una pequeña moneda, y sobre su mejilla corrían dos hilos de sangre. En la alfombra, junto al sofá, se había formado un charco del tamaño de un plato. La pared y el sofá también estaban salpicados con chorros de sangre. La mano derecha de Hitler descansaba sobre la rodilla, con la palma mirando hacia arriba. La mano izquierda colgaba inerte. Junto al pie derecho de Hitler había una pistola del tipo Walther, calibre 7,65 mm. Al lado del pie izquierdo, otra del mismo modelo, pero del calibre 6,35 mm. Hitler vestía su uniforme militar gris y llevaba puestas la insignia de oro del partido, la Cruz de Hierro de primera clase y la insignia de los heridos de la Primera Guerra Mundial (condecoraciones que había llevado habitualmente en los últimos días). Además llevaba puesta una camisa blanca con una corbata negra, un pantalón de color negro, calcetines y zapatos negros de cuero.
Eva Braun estaba sentada en el sofá con las piernas encogidas. Sus zapatos claros con tacones altos estaban en el suelo. Sus labios estaban apretados. Se había envenenado con cianuro.
Bormann salió a la antesala para llamar a los soldados de las SS que debían llevar los dos cuerpos sin vida al jardín. Linge trajo de la antesala las mantas que allí había dispuesto para envolver a Hitler. Una de éstas la extendió en el suelo del despacho. Con la ayuda de Bormann, que ya había vuelto, Linge colocó el cuerpo aún caliente de Hitler en el suelo y lo envolvió con la manta.
Günsche corrió a la sala de juntas. Abrió la puerta de manera tan abrupta que hizo estremecerse a Goebbels, Krebs, Burgdorf, Axmann, Naumann y Rattenhuber, que se hallaban de pie alrededor de la mesa. Günsche exclamó:
-¡El Führer ha muerto!
Todos se abalanzaron hacia la antesala.
Linge salía del despacho en ese preciso momento, cargando el cadáver de Hitler. Le seguían los soldados de las SS Lindloff y Reisser. Por debajo de la manta asomaban los pies de Hitler con sus calcetines negros y sus zapatos. El cadáver fue trasladado, pasando por la antesala del salón de reuniones, hacia la salida de emergencia y los jardines. Goebbels, Burgdorf, Krebs, Axmann, Naumann, Günsche y Rattenhuber, que aún continuaban de pie en la antesala, levantaron el brazo para el saludo.
A continuación salieron del despacho de Hitler Bormann y, detrás de él, Kempka, llevando en sus brazos el cuerpo de Eva Braun. Goebbels, Axmann, Naumann, Rattenhuber, Krebs y Burgdorf siguieron el cadáver de Hitler hacia la salida de emergencia. Günsche se acercó a Kempka, recogió el cadáver de Eva Braun, que seguía sin haber sido envuelto en ninguna manta, y lo llevó hacia la salida de emergencia. Eva Braun desprendía un penetrante olor a cianuro. -
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26 Abril 2008
TRIBUNA: ARTURO PÉREZ-REVERTE
En este año se cumple el 200 aniversario del 2 de Mayo en Madrid, una fecha políticamente incómoda, manipulada históricamente y usufructuada por los distintos regímenes, partidos e ideologías desde entonces.
Pocas fechas han sido tan interpretadas y manipuladas como el 2 de Mayo de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid tuvo consecuencias extraordinarias que hoy marcan todavía la vida de los españoles. Esa es la razón de que, durante 200 años, esa jornada haya venido siendo caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia apropiable por unos y otros, instrumento ideológico para las diversas fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción, consolidación y definición del Estado nacional.
El 2 de Mayo es una fecha políticamente incómoda. Lo fue ya desde el primer momento, aquel mismo día. Los madrileños, que como el resto de España habían sido incapaces de reaccionar ante la invasión napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas. Lo único claro para ellos era que las tropas francesas actuaban como enemigas, y que la paciencia ante tanto desafuero y arrogancia desbordaba el límite de lo sufrible por aquel pueblo inculto, sujeto a la tradición monárquica y religiosa. Su ira era más visceral que ideológica.
Como han señalado historiadores lúcidos que vieron más allá del lugar común de la nación en armas, sólo dos minorías perspicaces, la profrancesa y la fernandista -unos mirando hacia el futuro y otros hacia el pasado-, advirtieron lo que estaba ese día en juego; del mismo modo que más tarde, en Cádiz, sólo otras dos minorías inteligentes, la liberal y la servil, comprenderían la oportunidad histórica de aquella guerra y de aquella Constitución. La gran masa de españoles, el pueblo ignorante que peleó en Madrid y luego en toda España durante seis años más, intervenía sólo como actor, voluntario o forzoso, en la cuestión de fondo: no se trataba de la lucha de una dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta.
La épica jornada de Madrid ha sido trastornada por su propio mito. La gente que salió a combatir lo hizo por su cuenta y riesgo. Fue el pueblo humilde quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una soberanía nacional de la que se desentendían los gobernantes. La relación de víctimas prueba quiénes se batieron realmente: chisperos, manolas, rufianes, mozos de mesón, albañiles, presidiarios, carpinteros, mendigos, modestos comerciantes. El 2 de Mayo fue menos un día de gloria que un día de cólera popular que apenas duró cinco horas. Eso limita el ámbito inicial del mito, pero engrandece la gesta. Además, hizo posible lo que vino después: una epopeya nacional extraordinaria. Aquella jornada callejera, con sus consecuencias, dio lugar al 3 de mayo. Y a partir de ahí, de modo espontáneo y solidario, una nación entera se confirmó a sí misma sublevándose contra la invasión extranjera, y arrastró a los tibios, a los indecisos y a muchos de los que, por sus ideas avanzadas, estaban más cerca de los invasores que de los invadidos.
Un hecho singular es que, en estos 200 años, el 2 de Mayo no ha sido patrimonio exclusivo de ninguna fuerza política española; todas procuraron hacerlo suyo en algún momento. En los primeros tiempos, no sin cierta prudencia, la monarquía absolutista y la Iglesia católica lo reclamaron como propio. Luego tomaron el relevo los liberales. La España fiel a la Constitución de Cádiz volvió a hacer suya la insurrección, planteándola de nuevo como hazaña cívica de un pueblo soberano que habría peleado, heroico, para labrar su destino: una nación moderna, responsable, hecha por ciudadanos libres de cadenas.
También resulta esclarecedor el modo en que se han considerado las figuras de los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Ya desde el primer momento, el absolutismo halló en ellos un argumento que oponer al del pueblo de Madrid como protagonista único de la jornada. Lo paradójico es que, del mismo modo, los militares liberales que durante el siglo XIX se pronunciaron por las nuevas ideas y el progreso también se justificaron mediante Daoiz y Velarde: modelos de oficiales que, poniendo a la nación de ciudadanos por encima de reyes y jerarquías, abrazaron la causa de la libertad y dieron la vida por ella, junto a un pueblo fraterno, protagonista de su destino. Lo mismo harían luego, con opuesto enfoque, Primo de Rivera y el general Franco.
Con el tiempo, la fecha del 2 de Mayo quedó, a menudo, englobada en el marco general de la guerra de la Independencia, como simple primer acto de ésta. Eso era más fácil de asumir por todos, y ahorraba debates. Frente a la realidad de unos pocos madrileños ignorantes, fanáticos del trono y la religión, saliendo a pelear ese día contra los franceses mientras el ejército permanecía en sus cuarteles y la gente de orden se quedaba en casa, el marco general de la guerra, la espontánea solidaridad épica y el esfuerzo común contra los invasores proporcionaban, en cambio, un espacio sólido; una indiscutible certeza de nación en armas y consciente, o intuitiva, de sí misma. De ese modo, hasta los carlistas hicieron suya la fecha. Tranquilizaba recurrir a palabras como abnegación, sacrificio y lealtad al Estado, al trono, a la tradición. Para los conservadores era más conveniente hablar de libertad de la patria que de libertad a secas. Hasta los mismos liberales, una vez alcanzado el poder, procuraron diluir el protagonismo del pueblo, distanciándose a favor de la burguesía en la que ahora se apoyaban. Todo esto habría de plantearse, desde diversos puntos de vista, en la agitada vida política española del reinado de Isabel II, la primera República y la Restauración, en términos de interés partidario. Ni siquiera el primer centenario, en 1908, hizo posible una auténtica conmemoración nacional, más allá de los actos puntuales y la retórica de unos y otros. Sólo los republicanos siguieron confiando en la fuerza del mito popular como ruptura revolucionaria. Y esa interpretación se mantendría, con altibajos y matices diversos, hasta la Guerra Civil.
En el primer tercio del siglo XX, el 2 de Mayo siguió sujeto a interpretaciones varias, tanto de la izquierda revolucionaria como de la derecha defensora de la religión y las tradiciones nacionales. En el País Vasco, donde el discurso reaccionario sabiniano aún no había cuajado en los extremos que alcanzó más tarde, el primer centenario se planteó como parte de un esfuerzo patriótico, incuestionablemente español, con las batallas locales de Vitoria y San Marcial. En Cataluña fue diferente. Allí, carlistas y católicos se ocuparon de los combates del Bruc y de los sitios de Gerona, con una lectura distinta: el somatén luchando en su tierra y por su tierra. Y es significativo que el catalanismo político prefiriera centrarse en la celebración del séptimo centenario de Jaime I el Conquistador.
La Dictadura, la Segunda República, la Guerra Civil y el régimen franquista hicieron también sus interpretaciones particulares del 2 de Mayo. La izquierda radical asumió esa fecha para aplicarla al concepto del pueblo como protagonista de su propia historia -en la defensa de Madrid, un cartel republicano recurrió a la imagen del parque de Monteleón-, mientras el bando nacional también hacía suyo el símbolo, identificándolo con una España tradicional y católica, basada en el tópico de la indomable y valerosa raza.
Los últimos años del franquismo, la democracia y la Constitución de 1978 situaron otros asuntos en primer plano. Contaminado por la fanfarria patriotera del régimen, el 2 de Mayo fue víctima del nuevo discurso político. La insurrección madrileña y la guerra de la Independencia fueron arrinconadas por quienes, olvidando -y más a menudo, ignorando- la tradición liberal y democrática de esos acontecimientos, simplificaron peligrosamente el asunto al identificar patriotismo y memoria con nacionalcatolicismo; atribuyendo además, en arriesgada pirueta histórica, una ideología de izquierda a los ejércitos napoleónicos.
Ahora, al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele, también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular, mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno.
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23 Abril 2008
Varios especialistas desmontan los mitos sobre la supuesta relación entre los dos genios


El Día Internacional del Libro se conmemora hoy porque ese día, de 1616, fallecieron los dos más grandes escritores de la literatura universal: Cervantes y Shakespeare. Pero tan errónea es esa coincidencia como la mayoría de las teorías sobre los paralelismos en su vida y obra.
Muchos expertos a lo largo de la historia han comparado y encontrado similitudes entre Don Quijote y Hamlet o el rey Lear, entre Sancho y Falstaff, en la novedosa mezcla de géneros que utilizaron los dos genios o, simplemente en su contemporaneidad de vida y de muerte. Pero, en realidad, las semejanzas entre ambos genios son escasas.
La fecha de nacimiento
El error más difundido es el de la fecha de su muerte. Siempre se ha sostenido que ambos murieron el 23 de abril de 1616, pero ninguno lo hizo en tal fecha.
Cervantes falleció el 22 y fue enterrado el 23, mientras que la diferencia de fechas es aún mayor con Shakespeare, ya que en aquella época Inglaterra se regía por el calendario juliano, por lo que en realidad su muerte se produjo un 3 de mayo.
Nunca se encontraron
Cervantes nunca oyó hablar del genio de Stratford-upon-Avon; Shakespeare puede que ni siquiera leyera El Quijote entero; sus vidas son totalmente opuestas; uno es novelista y el otro dramaturgo; drama frente a comedia; parece difícil hallar influencias directas del uno en el otro.
Más diferencias que semejanzas
"Las coincidencias son mínimas. El único dato seguro es que Shakespeare leyó la primera parte del Quijote y que hay una obra perdida de la que se conserva un resumen" en la que el inglés -junto a un colaborador- retoma el personaje de Cardenio, que aparece en un episodio de la principal obra de Cervantes.
"Todo lo demás son conjeturas", afirma el director del Departamento de Filología Española y sus didácticas de la Universidad de Huelva, Luis Gómez Canseco, autor, junto a Zenón Luis-Martínez, de Entre Cervantes y Shakespeare: Sendas del Renacimiento.
Incluso más escéptico se mostró el profesor Michael Bell, del departamento de Literatura inglesa y comparada de la Universidad de Warwick (centro de Inglaterra), que aseguró que "sería muy complicado" probar que el genio inglés leyera la obra del español.
Pero la realidad no ha desalentado la imaginación de otros escritores que en los tiempos actuales han tratado de buscar o inventar relaciones, encuentros o influencias entre los dos genios. Carlos Fuentes, por ejemplo, recogió en un libro de ensayos publicado en 1988 una teoría bastante extendida que afirma que "quizás ambos fueran la misma persona".
El británico Anthony Burgess da en su cuento Encuentro de Valladolid su visión de una hipotética reunión entre los dos escritores. O Tom Stoppard, el dramaturgo británico, que recreó la conversación que podrían haber sostenido Shakespeare y Cervantes si el español hubiera formado parte de la delegación de su país que acudió a Sommerset House de mayo a agosto de 1604 para negociar la paz entre los dos países.
Y la película española Miguel y William, que fantasea, en tono de comedia, con un encuentro de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, en la España de finales del siglo XVI.
1590: sin noticias de William
Estas fantasías tienen una base, para algunos excesiva, y es el hecho de que en la biografía de Shakespeare existe un periodo, en la década de 1590, en el que no se sabe qué hacía ni dónde se encontraba.
Frente a estos datos que forman parte de la fantasía, el profesor Bell considera que lo verdaderamente importante es la coincidencia en los estilos y contenidos de las obras de ambos escritores.
"Ambos produjeron figuras que en cierta manera sentaron las bases fundacionales de los iconos", como es el caso de Hamlet o Don Quijote, y además lo hicieron "con apenas unos años de diferecia". Y los dos utilizaron una estructura de tramas y subtramas, en las que siempre incluían partes de comedia.
"Influencias culturales parecidas"
Pero esas similitudes de estilo se debieron probablemente al simple motivo de que los dos escritores coincidieron en una época y tuvieron "influencias culturales parecidas", además de las mismas "lecturas", lo que les llevó a ofrecer "soluciones literarias paralelas", según Gómez Canseco.
A su juicio eso es lo importante y no el hecho de que Shakespeare pudiera haber leído el Quijote, lo que "no es especialmente signifiativo".
Tampoco es especialmente significativo que el Día del Libro se fijara sobre una premisa errónea porque, aunque el 23 de abril de 1616 no murieron ni Cervantes ni Shakespeare, sí lo hizo el Inca Garcilaso de la Vega y también en esa fecha nacieron Vladímir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo.
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21 Abril 2008
Reconstrucción del viaje que el tesoro artístico emprendió en la Guerra Civil.
16 de noviembre de 1936. Los Junkers alemanes de la Legión Cóndor se ceban con Madrid. Las bombas alcanzan al Museo del Prado. El presidente de la República, Manuel Azaña, decide que ha llegado el momento de completar la evacuación de las obras iniciada tímidamente bajo la dirección de Rafael Alberti. Puede haber más repúblicas o incluso regresar la Monarquía, pero un tesoro como éste sólo hay uno. A los pocos días comienza el largo viaje que acabaría con la llegada a Ginebra en febrero de 1939 de más de 20.000 obras maestras.
Esta formidable aventura, que contó con involuntarios protagonistas de la talla de Rembrandt, Velázquez, Goya, Tiziano o Rubens, podría haber sido escrita por el mejor guionista del más insuperable thriller.
'La Sagrada Familia', de El Greco, camino al exilio.
Pese a haber transcurrido casi setenta años de aquello, lo ocurrido con los fondos del Prado durante la guerra ha sido poco tratado por los historiadores. Como en un extraño pacto de silencio de todas las partes implicadas. Hasta ahora. El historiador Arturo Colorado Castellary (Huelva, 1950) reconstruye el relato en Éxodo y exilio del arte. La odisea del Museo del Prado durante la Guerra Civil (Cátedra), al tiempo que un documental, Salvemos el Prado, realizado por Alfonso Arteseros, añade luz sobre el periodo con declaraciones de testigos y protagonistas de la aventura.
La historia, desde luego, cuenta con todos los ingredientes. Un total de 71 camiones trasladaron a Valencia las joyas del Prado (a las que se sumaron otras de El Escorial, la Academia de San Fernando, el Palacio Real o el palacio de Liria). De ahí, a Barcelona. Y Figueras. Al fin, el tesoro quedó a salvo al otro lado de la frontera junto con los miles de españoles ateridos por el frío y confundidos por el hambre en 1939, en aquel despiadado invierno del exilio.
El destino de los cuadros corrió paralelo al del Gobierno de la II República. Y siempre estuvo bajo control directo del presidente. "Debajo de nuestro comedor estaban los Velázquez", escribe Azaña en el castillo de Peralada ya en los días finales de la caída de la Cataluña republicana. "Cada vez que bombardeaban en las cercanías me desesperaba. Temí que mi destino me hubiera traído a ver el museo hecho una hoguera. Era más de cuanto podía soportarse".
Todo había empezado en realidad en agosto de 1936, cuando el Museo del Prado hubo de cerrar sus puertas al público. Las obras más importantes fueron descolgadas. Cubiertas con mantas y plásticos, ocuparon la parte baja del edificio, junto a otras requisadas por la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, que presidía Timoteo Pérez Rubio, protagonista también inesperado de la operación de salvamento del museo.
Alfonso Pérez Sánchez, que fue director del Prado durante ocho años, se pregunta en el prólogo del libro sobre la necesidad de la operación vista con la perspectiva del tiempo. Su respuesta es contundente. Los bombazos caídos sobre el palacio de Villanueva en los primeros días de la guerra ya justificarían la decisión. Aunque ésta tuviese que tomarse en medio de unas condiciones que la desaconsejaban. Y contra la propaganda fascista, que extendió la idea de que si los cuadros salían sería para ser cambiados por armamento. Pérez Sánchez concluye que el viaje no sólo fue imprescindible, sino que todos los españoles tienen una deuda moral pendiente con los responsables de la operación.
La precaria salida de las primeras obras, organizada por Alberti, prosiguió con las máximas garantías posibles entre abril y mayo de 1937. Las bombas que alcanzaron el Prado en noviembre de 1936 habían sonado a estruendoso ultimátum. El transportista Macarrón se encargó del embalaje de miles de piezas, recubiertas con cartón impermeable y empaquetadas a bordo de camiones que viajaban a 15 kilómetros por hora.
En Valencia, las obras se instalan en las Torres de Serrano, una auténtica fortaleza. A finales de 1937, el avance de las tropas nacionales fuerza a un nuevo traslado. El Gobierno se muda a Barcelona y Azaña decide que la caravana artística le acompañe a Cataluña. El castillo de Peralada, a 10 kilómetros de la frontera, y la mina de talco de La Vajol son los últimos escondrijos para el tesoro.
Febrero de 1939. Cataluña está a punto de caer ante el empuje de la Legión Cóndor. Hay que organizar la salida bajo la protección de los países democráticos. El pintor catalán José María Sert se pone a ello. El 2 de febrero se firma el Acuerdo de Figueras. En Francia, las obras son trasladadas en tren. Cuando, tras su entrada en Ginebra el 13 de febrero de 1939, los operarios que abrieron las 572 cajas del tesoro, custodiadas en el palacio de la Sociedad de las Naciones, respiraron aliviados. Los 45 velázquez, 138 goyas, 43 grecos seguían allí con el resto del tesoro.
Embalaje un autorretrato de Durero.
"Timoteo, di que somos hermanos"
Al poco de comenzar la guerra, el Gobierno de la República nombró al pintor y cartelista valenciano Josep Renau director general de Bellas Artes. Al frente del Museo del Prado colocaron a un ya célebre Pablo Picasso. Alberti quedó al cargo del Museo Romántico. Pero el verdadero protagonista de esta historia fue el pintor Timoteo Pérez Rubio, elegido para presidir la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico. De los tres nombramientos, este último fue, en realidad, el más importante. Renau tuvo una actuación relevante durante la etapa en la que las obras estuvieron en Valencia, pero la relación de Picasso con el museo fue inexistente. Desde París animó a Pérez Rubio a usar su nombre como aval para las gestiones internacionales que hubiera que emprender. "Puedes hacer ver que somos amigos desde la infancia. O hermanos. Lo que quieras. Utilízame para lo que consideres necesario".
Pérez Rubio, casado con la escritora Rosa Chacel, se preparaba para partir de veraneo cuando estalló la guerra. Conducía un coche rumbo a la sierra para alquilar unas habitaciones en El Paular. Iba en busca de nuevos paisajes. Les interceptaron el paso. La guerra había estallado. Pérez Rubio, sin adscripción política, se ofreció para lo que fuera. Sin él, el largo viaje del Prado no hubiera sido posible. Como dijo su mujer, Rosa Chacel, "hizo la guerra defendiendo el tesoro artístico español".
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18 Abril 2008
Un documental desvela la historia de dos conocidas hermanas de Santiago
Salían cada día a pasear por las mismas calles de Santiago, siempre a las dos en punto, arregladas con una ropa y un maquillaje tan colorido como extravagante. Todavía hay mucha gente en la ciudad que recuerda a las inseparables hermanas Coralia y Maruxa, más conocidas como Las Marías, dos emblemáticos personajes de Compostela a los que las nuevas generaciones sólo conocen por la estatua que les rinde homenaje en la entrada del parque de la Alameda.
Pero bajo esa fama de locura que les precede hasta hoy, escondían un drama personal que no todos conocen, con la Guerra Civil como telón de fondo. Así lo recoge el documental Coralia e Maruxa, as irmás Fandiño, de Xosé Rivadulla Corcón, para cuya elaboración ha contado con testimonios de personas como Encarna Otero, Xosé Luis Bernal o Dionisio Pereira.

Nacieron en una familia obrera de 11 hermanos, tres de ellos destacados miembros de la CNT. El documental relata cómo tras el estallido de la Guerra Civil, asesinan a uno de ellos mientras que los otros dos consiguen huir. La pesadilla para las hermanas comenzó cuando los falangistas trataron de utilizar a la familia para averiguar su paradero. A horas intempestivas de la noche, llegaban a la casa de los Fandiño, registraban y desbarataban la vivienda, desnudaban en la vía pública a las hermanas para humillarlas y las subían al monte Pedroso de Santiago. "No está demostrado, pero hay gente que afirma que las llegaron a torturar e incluso a violar", explica Rivadulla.
Con poco más 20 años y sin haberse metido con nadie, la vida de Las Marías se convierte en un mal sueño que se prolongará desde el inicio de la guerra hasta mediados de los años 40. Rivadulla señala que esos malos tratos continuados fueron la causa de la locura que ambas sufrieron, porque "antes no eran así". Finalmente los hermanos huidos fueron arrestados y cesó la presión sobre las Fandiño.
Aun así, su situación económica era muy precaria. Las hermanas dejaron de trabajar como costureras, oficio que venían desempeñando junto a su madre, porque los clientes dejaron de llevarles ropa "por ser una familia anarquista, por miedo a significarse". Vivían en parte gracias a la caridad de los vecinos. No les ayudaban de forma directa, porque quienes las conocían sabían que no aceptarían una limosna, sino que les dejaban de forma anónima pequeñas cantidades de dinero en distintos comercios, en los que después ellas compraban.
La solidaridad de los vecinos se puso a prueba a principios de los 60, cuando un temporal tiró abajo el tejado de la casa de las Fandiño. Enseguida se organizó una gran colecta entre los vecinos de Santiago y se llegaron a juntar 250.000 pesetas. "Es espectacular", dice Rivadulla, "porque en la época eso es lo que costaba un piso".
"Manifestaron su locura mostrándose rebeldes contra la sociedad", afirma el autor. Las Marías nunca pasaron desapercibidas, no sólo por su llamativa vestimenta y sus rostros maquillados con polvos de arroz, sino por su actitud. "Ellas piropeaban a los hombres algo que, por supuesto, no se le ocurría a ninguna otra mujer. Siempre manifestaban que todos los hombres se enamoraban de ellas y flirteaban con los estudiantes". En contra de lo que pueda parecer, eran muy diferentes: Coralia, la menor y más alta, era tímida y poco habladora, mientras que Maruxa, más pequeña aunque de más edad, era la que llevaba la voz cantante.
La opinión del autor del documental es que las hermanas desempeñaron, posiblemente sin saberlo, una papel fundamental en esa época de represión. "Mucha gente que se sentía ahogada por el régimen y que no se rebelaba por temor a represalias, veían en Las Marías ese grito de libertad". Cuando en 1980 falleció Maruxa, Coralia se fue a vivir con otra hermana a A Coruña, ciudad a la que nunca se adaptó. Murió tres años más tarde después de preguntar muchas veces cuál era el camino para volver a Santiago.
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21 Febrero 2008
Arqueólogos y científicos de la NASA, con la ayuda de satélites, han descubierto varios sitios escondidos durante siglos bajo la tupida selva de Guatemala.
Los antiguos astrólogos mayas alinearon sus templos con las estrellas y ahora los arqueólogos modernos han encontrado las ruinas de ciudades escondidas en la selva de Guatemala desde el cielo. Los arqueólogos y los científicos de la NASA se unieron hace cinco años en busca de las claves acerca del misterioso colapso de la civilización maya, que floreció en Centroamérica y el sur de México durante 1.000 años, antes de abandonar sus ciudades misteriosamente hacia el año 900 después de Cristo.
Y esa unión está dando frutos, según el arqueólogo William Saturno, quien descubrió recientemente cinco sitios extensos, con centenares de edificios, utilizando un satélite espía que puede ver a través de nubes y bosques para revelar las sutiles diferencias en la vegetación. Saturno informó que las imágenes de satélite facilitaron enormemente el hallazgo de las ruinas, cubiertas por siglos de densas enredaderas y árboles. La idea inicial del arqueólogo era buscar primero las imágenes del satélite para encontrar la fuente del agua cerca de su campamento de excavación en San Bartola, unos 53 kilómetros de la población más cercana.
La NASA le dio una foto de radiación solar reflejada sobre la gran variedad de plantas de la región y la gran sorpresa de Saturno fue ver un patrón de decoloración en la imagen que mostraba el contorno de algunos edificios que su equipo había descubierto. Utilizando un aparato de GPS, marcó en un mapa las ubicaciones de otras decoloraciones cercanas y encontró una zona de arquitectura maya que no había sido descubierta.
Los mayas construían con piedra caliza y estuco. A medida que los edificios abandonados se van desintegrando, los químicos de las piedras se mezclan con el suelo, impidiendo que algunas plantas crezcan alrededor de las estructuras o afectando la química de aquellas que sí pueden crecer. Los satélites pueden detectar las diferencias y el resultado es un mapa de las estructuras enterradas por la vegetación desde una distancia de 640 kilómetros de la Tierra.
El arqueólogo dijo que la foto le facilitó la búsqueda de los edificios que estaban escondidos desde hace siglos.
"Yo estaba como pescando en un barril," dijo Saturno en una entrevista. Con la nueva tecnología, Saturno ha encontrado cinco nuevos sitios cerca de San Bartolo con cientos de edificios.
Y espera más descubrimientos como el que hizo en 2001, cuando encontró un mural que data del año 100 antes de Cristo, describiendo el mito de la creación maya y una ceremonia real, lo que él llama la Capilla Sixtina del mundo maya.

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