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La Coctelera

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Categoría: Opinión

8 Septiembre 2008

Ban Ki-moon, el hombre invisible

El secretario general de la ONU ha permanecido ausente de los grandes conflictos internacionales y ha desdibujado el papel de la organización. Naciones Unidas pierde así la oportunidad que abre el próximo relevo en Washington de renacer de los escombros de Irak

Durante una reunión con líderes palestinos en Jerusalén Este el año pasado, el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, empezó expresando la satisfacción que le proporcionaba "estar en Israel".

Mientras los palestinos presentes se quedaban boquiabiertos, esforzándose por reprimir su indignación, un colaborador de Ban le susurró al oído que llamar al territorio ocupado en el que estaban "Israel" no era precisamente lo más diplomático que podía hacer, dados los asistentes. Ban asintió, prosiguió y terminó sus palabras con una sonrisa y un alegre: "Es un gran placer estar en Israel".

El desconcierto que provocó Ban aquel día entre los palestinos se ha extendido hoy, 20 meses después de que asumiera el cargo de secretario general, a la mayor parte de los Estados miembros de la ONU. En vísperas de la sesión número 63 de la Asamblea General que comenzará en Nueva York el 16 de este mes, ceremonia anual en la que se reúnen jefes de Gobierno de todo el mundo, existe una creciente percepción de que no sería aconsejable que Ban, anteriormente ministro de Exteriores de su país, Corea del Sur, renovara su actual mandato de cinco años cuando concluya. Lo habitual sería que continuara en un puesto que algunos han descrito como "un papado laico", pero aumenta la impresión de que "el vaso está más bien vacío", como dice un antiguo alto funcionario de la ONU; que no es el hombre indicado para preservar la independencia y la legitimidad de Naciones Unidas y para dirigir la organización en un momento en el que sufre una creciente parálisis, pero en el que existe un atisbo de oportunidad -ante el inminente cambio de Gobierno en Estados Unidos- para poder alzarse, desde los escombros de la guerra de Irak y la animosidad del presidente George W. Bush, como la fuerza moral y política por los derechos humanos y la paz que se pretendió que fuera cuando se fundó, a finales de la Segunda Guerra Mundial.

En los últimos 20 meses se han sucedido los conflictos en los que el secretario general podría haber intentado ejercer un liderazgo político y moral -Sudán, Kosovo, Zimbabue, Georgia-, pero Ban se ha limitado a lanzar comunicados o formular declaraciones efímeras. Él mismo, fuera del mundo de la diplomacia, es un personaje que ha pasado casi inadvertido, cuyo nombre pocas personas conocen.

El secretario general de las Naciones Unidas
Este periódico ha entrevistado para este reportaje, en Nueva York, Londres y Madrid, a 20 personas de cuatro continentes. Algunos de ellos han pasado mucho tiempo en su compañía y otros le siguen atentamente, pero desde fuera. Entre las acusaciones específicas que se le hacen, una es que no anima el debate y se enfurece las pocas veces que sus asesores internacionales en la secretaría general se atreven a proponerle opiniones contrarias a las suyas; otra, que toma sus decisiones basándose en un círculo de confianza de colegas coreanos que le rodean y le cobijan.

Según una persona no coreana que asiste a reuniones con él en el piso 38 del edificio de la ONU en Nueva York, el último en llegar suele encontrar que la silla enfrente de Ban (se reúnen alrededor de una larga mesa rectangular, con Ban en el medio) está vacía. Porque cuando al secretario general le entra una rabieta, la concentra sobre la persona sentada en esa silla.

Los entrevistados, en su mayoría, han hablado con la condición del anonimato y han insistido, todos, en hacerlo off the record cada vez que se aventuraban a expresar una opinión sobre Ban, incluso en los casos en que la opinión era positiva. La cultura de la ONU, organización en la que todos trabajan con contratos renovables, les condiciona. Algunos ocupan en la actualidad altos cargos en Naciones Unidas; otros los han ocupado hasta hace poco, y otros trabajan o han trabajado para la ONU en puestos operativos importantes en todo el mundo. Todos dedican su tiempo a ser observadores profesionales de la organización. Algunos piensan que la historia absolverá a Ban; que es un hombre extraordinariamente trabajador, seguro y capaz, de gran integridad. Pero la opinión dominante, expresada incluso por miembros desmoralizados del equipo político de la ONU, podría resumirse en la siguiente frase, que, con escasas variaciones, han pronunciado una y otra vez muchos de los entrevistados: "Es más secretario que general, y no tiene la visión, el intelecto, la atención ni el liderazgo necesarios para reactivar Naciones Unidas".

La decepción es mayor porque podríamos estar ante una buena oportunidad para intentarlo. Un ex diplomático estadounidense entrevistado en Nueva York que ha asesorado a Barack Obama sobre política exterior dice que, gane quien gane las elecciones presidenciales en noviembre, Washington hará un esfuerzo para tratar con la ONU de la misma manera que lo hizo el presidente Bush padre. Sobre todo en el consenso que logró construir alrededor de la primera guerra del Golfo, tras la caída del Muro de Berlín. Colin Keating, que fue el presidente neozelandés del Consejo de Seguridad -donde se concentra el poder de la ONU- a principios de los años noventa, dice que Estados Unidos ha aprendido la lección en Irak y que existen "fuertes motivos para pensar que el próximo Gobierno estadounidense tendrá una estrategia más colaboradora".

Hay más razones para considerar que éste puede ser un buen momento para que el actual secretario general intente imponer su voluntad en Naciones Unidas. La propia organización, como el mundo que refleja, se encuentra en un periodo de flujos, fragmentación y confusión que, a juicio de muchos de los que contemplan asombrados el nuevo desorden posguerra fría, clama por una voz claramente definida, tanto práctica como de principios. Entre las grandes fuerzas que están reconfigurando el mundo hay que contar con el papel ascendente de China, India y Rusia; el terrorismo y la propagación de las armas letales; la crisis energética; la incertidumbre sobre las reservas de alimentos y agua; y los Estados tiránicos y en quiebra como Sudán y Zimbabue. Además del permanente derramamiento de sangre y las tensiones en Irak, Irán y Oriente Próximo en general.

El foco de conflicto más reciente es el que se abrió el mes pasado tras el envío de tropas rusas a Georgia. "Pese a ello, Ban no toma iniciativas", dice un alto diplomático europeo en la ONU. "Es un líder reacio a actuar, espera a obtener el consenso antes de avanzar". No interrumpió sus vacaciones cuando se desató la crisis en Georgia, y sus declaraciones tardías sobre aquel conflicto se han centrado más en "la crisis humanitaria" que se ha desatado que en la política. El protagonismo internacional se lo ha cedido a líderes europeos como Nicolas Sarkozy, Angela Merkel y Gordon Brown.

En cuanto a la catástrofe política y económica en la que Robert Mugabe ha sumido a Zimbabue, Ban Ki-moon puso fin a un largo silencio en el mes de julio cuando declaró "ilegítimas" las elecciones convocadas por Mugabe. Pero sólo después de que quedara patente que ésa era la opinión compartida por todo el Consejo de Seguridad.

El inconveniente del Consejo de Seguridad, con sus 15 miembros, y de la Asamblea General, con 192, es que el consenso es difícil de alcanzar por el efecto paralizador del choque de demasiados intereses. La consecuencia es que, en una situación como la de Darfur, donde los asesinatos generalizados y la hambruna debida a motivos políticos son la norma desde hace cinco años, los intereses comerciales de China -uno de los cinco países representados de manera permanente en el Consejo de Seguridad-, mezclados con los principios africanos de solidaridad y una aversión general de muchos países de dudosa legitimidad a inmiscuirse en los asuntos de otros, han impedido la aplicación de presiones internacionales que correspondan a las aspiraciones humanitarias de quienes fundaron Naciones Unidas.

"El gran factor de división", dice un importante funcionario de la Secretaría General de la ONU, "es la intervención, lo que en el lenguaje de la ONU ha pasado a llamarse la 'responsabilidad de proteger". Como explica más gráficamente un antiguo funcionario de la ONU que colaboró estrechamente con el ex secretario general Kofi Annan, "la verdad es que hay muchos Estados miembros en la ONU, incluidos algunos importantes, que prefieren que haya violaciones de niños a gran escala que defender el principio de la intervención".

En este contexto existe la opinión, muy extendida, de que un instrumento fundamental en el esfuerzo para librar a la ONU de su tendencia a la parálisis es la persuasión y la presión del hombre que tiene más poder que cualquier otro para hablar en nombre de Naciones Unidas en su conjunto, su cabeza sacerdotal, el secretario general; una persona cuyo puesto conlleva en teoría una enorme carga de capital político y prestigio mundial; es decir, una gran capacidad de persuasión.

La medida de lo que es capaz de hacer un secretario general la da todavía Dag Hammarskjöld, el diplomático sueco que ocupó el cargo desde 1953 hasta su muerte en un accidente de avión en 1961. Siempre dispuesto a emprender la acción y a defender por todos los medios los principios de la ONU frente a la política del cinismo. Como un pontífice que estuviera defendiendo a su iglesia, fue el que declaró en una ocasión que los principios de la carta fundacional de la ONU eran "mucho más grandes que la organización en la que se encarnan, y los objetivos que protegen son más sagrados que las políticas de cualquier nación y cualquier pueblo".

La ONU es hoy una organización mucho más vasta de lo que podía haber imaginado Hammarskjöld. En la actualidad acoge todo tipo de organizaciones dedicadas a suministrar alimentos y ayuda humanitaria, atender a los refugiados y los niños pobres, fomentar la salud en todo el mundo y -la mayor tarea de todas- realiza misiones de paz en 20 países, con 100.000 soldados a su disposición. Sin embargo, el comandante en jefe de todo esto, Ban Ki-moon, sólo tenía experiencia internacional -antes de asumir su actual cargo- en las tres cuestiones que definen la política exterior surcoreana: la reunificación de las dos Coreas, mantener unas buenas relaciones con Estados Unidos y el trato con China. Ha preferido, dicen sus defensores, la diplomacia discreta, después de ver cómo el intento de su predecesor, Kofi Annan, de labrarse un papel político independiente hizo que tanto él como sus más estrechos colaboradores acabasen expulsados de la ONU por Estados Unidos.

"La gente de Bush, que quería reducir el papel del secretario general, encontró en Ban Ki-moon al hombre que necesitaba", dice un ex diplomático estadounidense que observa la ONU con lupa. "Era también el hombre que querían rusos y chinos, que estaban hartos de los sermones y la injerencia de Annan". Los europeos afirman que ellos no querían a Ban. "Nuestra opinión", cuenta un embajador europeo, "era que necesitábamos más general, mientras que Estados Unidos, Rusia y China querían más secretario".

Un embajador africano ante la ONU confiesa que personalmente le cae bien. "Pero lo que sucede es que los acuerdos cordiales que uno cree haber alcanzado con él desaparecen cuando penetran en lo que muchos llamamos el círculo íntimo coreano", en alusión al pequeño sector de compatriotas con el que se siente cómodo. "Ban es un trasplante que no está asentándose bien", afirma un ex funcionario de la ONU que ahora es catedrático de universidad. "Procede de una estructura culturalmente uniforme, homogeneizada, y ahora pretende dirigir una estructura culturalmente compleja y variada, y no está adaptándose como debiera". La cabeza de ese círculo íntimo es un antiguo funcionario del Ministerio coreano de Exteriores y graduado de la Universidad de Stanford, Kim Won-soo, oficialmente jefe adjunto de gabinete, pero, en opinión de muchos, "la eminencia gris" del que el secretario general depende más que de ninguna otra persona. Y ni el poco querido Kim, una de cuyas tareas ha consistido en despedir a los viejos leales de Annan de la planta 38 del edificio en el que se aloja la Secretaría General de la ONU, ni ninguno de los asesores coreanos, ni la mayoría del equipo multinacional que Ban ha tenido que crear por el protocolo de la ONU, parecen tener nada que ver, en talento y en experiencia, con el "equipo A" que Annan creó a su alrededor, a juicio de la mayor parte de los entrevistados para este artículo.

"Ban ha cubierto con toda corrección las cuotas de nacionalidades en su equipo", confirma un veterano embajador ante la ONU, "pero desde luego no ha puesto a la mejor gente en los cargos fundamentales".

Kofi Annan aplaude a su sucesor al frente de la Naciones Unidas
Kofi Annan aplaude a su sucesor al frente de la Secretaría General de las Naciones Unidas.
Incluso algunas de las personas reputadas como competentes que rodean al secretario general se sienten desmoralizadas por la forma de trabajar de su jefe. No sólo no hace caso a sus consejos cuando chocan con la visión del círculo íntimo, dicen algunos, sino que raramente ofrece la oportunidad de dejarse aconsejar. "Aunque hay que añadir", opina un alto funcionario, "que el círculo íntimo incluye asimismo al embajador estadounidense. Se piensa que Ban está muy en deuda con los norteamericanos, y eso explica también por qué tantos diplomáticos de los que antes llamábamos países no alineados desconfían de él".

Pero los estadounidenses no son los que establecen el tono en las reuniones internas que preside Ban. El modelo es el que un funcionario que conoce bien los mecanismos del piso 38 llama la norma no escrita de que "debe prevalecer una cultura confuciana de armonía". "Eso significa", dice un entendido, "que casi nadie dice lo que sabe que Ban no quiere oír".

Por eso, las conversaciones que se producen en las reuniones del piso 38 presididas por Ban suelen estar vacías de contenido. "Otorga un enorme valor al trabajo duro, a la cantidad por encima de la calidad", afirma una persona que conoce su manera de trabajar. "Hace mucho hincapié en que la gente lleve la cuenta del número de kilómetros que ha volado él en misiones de la ONU, y en una ocasión se enfadó de forma terrible porque, por un descuido, alguien proporcionó una cifra demasiado baja".

Sin embargo, da la impresión de que verdaderamente no es frívolo en su dedicación al trabajo y que le gusta dar ejemplo. Se levanta todas las mañanas a las cinco, y cuando se reúne con su equipo, a las 8.30, ya ha hecho entre 6 y 10 llamadas telefónicas y ha leído diligentemente los resúmenes. Después, su rutina consiste en trabajar todo el día sin parar y seguir hasta medianoche para preparar la agenda del día siguiente. "Pero en público", cuenta un funcionario político de la ONU, "no se la juega". Una excepción ha sido el cambio climático, tema en el que ha tomado una cierta iniciativa. Pero su filosofía preferida es que la mejor forma de obtener resultados es actuar a base de pequeños avances.

No obstante, su cuenta de resultados tiene todavía mucho que demostrar. "Adoptar una postura sobre el cambio climático es mucho más fácil que hacerlo sobre la delicada cuestión de la independencia de Kosovo", dice un ex diplomático estadounidense que no simpatiza con el Gobierno de Bush. "Era una cuestión que estaba pidiendo a gritos una declaración enérgica del secretario general y él desapareció. Los rusos le asustaron. Le dijeron que se callara, y él cedió". Por otro lado, en Oriente Próximo su actitud contra Hamás ha coincidido de manera desvergonzada con la de Estados Unidos e Israel, según varios de los entrevistados por este periódico. Lo cual ha alimentado en gran parte la sensación entre muchos Estados miembros de que Ban es un títere de Washington.

El gran punto de fricción siempre es la intervención, la "responsabilidad de proteger" a los civiles amenazados por sus propios gobiernos. Un principio que se ha visto gravemente perjudicado por la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos. "La tragedia de esta parálisis en el tema de la intervención es que los que salen perdiendo son los derechos humanos y la democracia", afirma un alto funcionario de la ONU que ha librado muchas batallas en ambos frentes. Un veterano activista de derechos humanos en Nueva York comparte esta opinión: "Kofi Annan acogía con interés nuestros informes porque le proporcionaban munición para las posturas morales que asumía; Ban los ignora y los considera molestos, porque le colocan en una tesitura que preferiría ignorar".

En opinión de Kieran Prendergast, vicesecretario general de asuntos políticos con Annan, lo que hace falta hoy es un "gran pacto internacional", un reequilibrio del orden mundial como los que se llevaron a cabo tras las dos guerras mundiales. "Es necesario un nuevo sistema que sustituya al de las dos superpotencias y reconstruya la legitimidad de la organización", dice Prendergast.

La base de dicho pacto podría ser que "Estados Unidos acepte que, antes de actuar contra una nueva amenaza, debe dar al Consejo de Seguridad la oportunidad de decir no, y a cambio, la comunidad internacional tendría menos respeto por el principio de la no intervención en los asuntos internos de los Estados". Este pacto, o una fórmula parecida y adaptada a los nuevos tiempos mundiales, no ha sido posible con George W. Bush, pero sí podría contar con el apoyo de un nuevo presidente estadounidense. Sobre todo si el secretario general utiliza su autoridad moral para entablar un debate a la altura de los nuevos desafíos, con el objetivo de aumentar la seguridad mundial y evitar nuevos 11 de septiembre.

Pero apoderarse así del escenario moral no es el estilo de Ban Ki-moon, según la mayoría de los entrevistados por EL PAÍS. Con la ONU a la deriva, pero Estados Unidos dispuesto al cambio, ellos creen que éste es el momento en el que hace falta una voz carismática, un Juan Pablo II o un Nelson Mandela de la diplomacia mundial. Tanto para establecer la estrategia global como para reaccionar ante cada crisis.

"En la era de los medios globalizados", argumenta un embajador europeo, "cuando es posible ver las crisis que se producen en un lugar lejano cinco minutos después de que ocurran, es necesario un secretario general capaz de responder también con rapidez, de establecer las prioridades morales y obtener así el capital político preciso para poder convencer y dirigir. Es necesario, en otras palabras, un secretario general político. Ban no lo es. Si fuera más eficiente en ese sentido, tendríamos una ONU más eficaz".

Colin Keating, el presidente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas durante el genocidio de Ruanda de 1994, prefiere no referirse directamente a Ban, pero sí cree que el puesto de secretario general exige una alta visibilidad. "Cuanto mejor se haga ese trabajo, cuanto más se hable al público, más se aplacarán las críticas a la ONU, se acumulará credibilidad y se obtendrán apoyos", explica Keating. "Hace falta un buen comunicador porque, muchas veces, la buena comunicación es el único instrumento del que realmente disponemos".

La buena comunicación sumada a un mensaje moral claro y contundente, que no busca la coartada del consenso ni se refugia en la burocracia de la ONU o en el "círculo íntimo coreano" o en el matorral del Consejo de Seguridad. Esto es lo que muchos echan en falta desde la llegada de Ban Ki-moon a la Secretaría General de Naciones Unidas.

"El problema, y lo vemos de manera especialmente apremiante en lugares como Zimbabue y Sudán, y ahora Georgia", sentencia un alto representante europeo en la ONU, "es que hace falta que el secretario general tome la iniciativa política. Y si espera a lograr un consenso, puede esperar para siempre".

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6 Septiembre 2008

Balance

Este es un artículo de Fernando Savater que me parece interesante y productivo publicado en EL PAÍS:

Recuerdan la anécdota del orador que se levanta para pronunciar su alocución tras el banquete y pregunta a un comensal remoto: "Usted, allí al fondo, ¿me escucha bien?". Y el otro responde: "Perfectamente, pero voy a cambiarme con aquel señor, porque parece que allí ya no se oye". También yo he estado esperando hasta que han respondido al Manifiesto por la Lengua Común incluso los que se sentaban voluntariamente allí donde es imposible escuchar lo que dice. Pensando a veces, con cierto desaliento, que es una seria objeción contra la existencia de la lengua común el que muchos que parecen comprenderla malinterpreten tan patentemente un texto sencillo como ése. Pero en todo caso me parece una obligación de cortesía intentar finalmente hacer balance y responder a quienes se han molestado en hacer objeciones inteligibles a esa propuesta. Desde luego, sólo voy a tomar en cuenta las de cierto calado, que no han sido las más numerosas. En cuanto a las demás... bueno, a pesar de la artritis estoy dispuesto a agacharme ocasionalmente un poco para quedar a la altura de ciertos argumentos y seguir la discusión, pero no pienso ponerme a cuatro patas, como se requeriría para responder a otros. Asumo mis limitaciones por arriba... y por abajo.

Tampoco me detendré en algunos reproches que considero desenfocados. Por ejemplo, los de quienes han insistido en recordar que la lengua castellana -pujante y cada vez más extendida por el planeta- no necesita defensa ninguna. El Manifiesto confirma ese punto desde su primer párrafo y evidentemente trata de otra cosa, por lo que sólo puedo rogar a los obstinados que se molesten en leer al menos sus cinco primeras líneas. Por cierto, es curioso que en el pasado mes de julio -cuando día sí y día no se nos recordaba en todos los medios de comunicación la invulnerabilidad del castellano- la Junta de Castilla-La Mancha y la Fundación Santillana otorgasen un merecido premio a Carlos Fuentes y a Lula de Silva, "por su defensa del idioma español", según dijo la prensa. Esperé sobrecogido una lluvia de protestas o la universal rechifla ante tarea tan superflua, pero nadie dijo ni pío: por lo visto, entonces no tocaba. Otros han expresado su recelo ante el apoyo que mostraron al manifiesto ciertos medios de comunicación y personas conocidas que no les parecen con suficiente garantía de salubridad progresista: por lo visto, para ellos todo lo que no se promueve desde la izquierda oficial está políticamente "manipulado", pecado grande. Reconozco ser poco sensible ante esta grave imputación. Es la costumbre: si los movimientos cívicos más activos del País Vasco, en los que he militado, hubiésemos esperado el apoyo o tan siquiera el permiso de los medios de comunicación y los intelectuales llamados "progresistas" para ponernos en marcha, todavía estaríamos en vísperas de salir por primera vez a la calle... Aún peor: si hubiéramos escuchado luego a bastantes de ellos, aún estaríamos dándonos golpes de pecho por haber salido. De modo que miren: no.

Pero pasemos a las objeciones que merecen mayor atención. Una de las más frecuentes asegura que en cualquiera de las autonomías bilingües sigue siendo el castellano la lengua mayoritariamente utilizada por los hablantes. Personalmente no lo dudo, pero... ¿es esto un pecado? ¿Es una injusticia que debe ser corregida o una enfermedad que ha de ser curada? Por razones históricas y culturales, el castellano no sólo es la lengua común de España, así establecida constitucionalmente, sino también uno de los idiomas internacionales de mayor peso presente y futuro. Ofrece ventajas evidentes respecto a otras a los empresarios y comerciantes, a los viajeros y a quienes buscan bibliografía. Los medios de comunicación de masas suelen preferirla por razones de eficacia económica: hay inmersión lingüística en la escuela, pero no en la prensa, y La Vanguardia sigue publicándose en castellano. Se trata de una primacía práctica perfectamente razonable, no de un monopolio dictatorial: las otras lenguas oficiales siguen teniendo su debido reconocimiento y su viabilidad a todos los niveles en las áreas regionales que les corresponden. Lo que resultaría un poco raro es llamar "normalización" al empeño de corregir por las bravas, a base de prohibiciones e imposiciones, esta preferencia de tantos hablantes, bilingües o no... como si se tratase de un atropello. Puede que no haya un precepto constitucional que establezca que cada cual pueda ser educado en la lengua que prefiera -es lo que el Manifiesto propone corregir-, pero aún menos en ninguna parte de la Constitución se dice que en las comunidades bilingües la lengua co-oficial deba alcanzar forzosamente un uso igual o mayor que el castellano.

Otros de nuestros críticos (por ejemplo, el propio ex presidente Pujol, en una entrevista reciente) nos recuerdan que los niños en Cataluña conocen perfectamente el castellano, aunque estudien en catalán. Incluso podríamos añadir que en los exámenes para determinar los resultados del informe PISA, los estudiantes vascos -aunque estudien en euskera- hacen las pruebas en castellano para mejorar sus resultados. Pero nada de esto tiene que ver con el fondo del asunto. No se trata de que los niños (o los ciudadanos adultos, tanto da) sepan o no castellano: lo aprenderán sin duda de un modo u otro, como terminarán adquiriendo nociones de inglés a través de las letras de sus grupos preferidos de rock, porque se trata de idiomas de comunicación internacional cuya pujanza no podrá ser cortocircuitada por ninguna burocracia etnicista local. Pero no es lo mismo conocer una lengua de modo más o menos sobrevenido que estudiar en ella y aprovechar todos sus recursos expresivos o bibliográficos, así como utilizarla habitualmente para recibir información de las autoridades o comunicarse institucionalmente. Y lo más importante, está en juego el derecho a poder utilizar siempre que uno lo desee la lengua oficial del país del que somos ciudadanos, aun allí dónde coexiste con otras regionales. Invocar este derecho no es una reminiscencia franquista, salvo para quienes han olvidado lo que estipulaba la Constitución republicana de 1931 en su artículo 4 (bastante más perentoria y nítida al respecto que la actual). Por cierto, cuando uno ve los obtusos y sectarios que son respecto al presente ciertos adalides de la memoria histórica, entran dudas respecto a la exactitud de la visión del pasado que tratan de oficializar.

¡Ah, pero hablar de derechos lingüísticos es embrollar las cosas, según dicen algunos sabios del establishment! ¡La "demagogia de los derechos" no soluciona nada! Es mejor resolver esos temas por medio de acuerdos consuetudinarios y confiar en el sentido común. Dejemos a un lado los derechos y volvamos a los apaños: insólito consejo, por cierto, para venir de profesionales de la filosofía política... Sin embargo, perdón por la insistencia: ¿hay algún otro país en la CE -dejemos a un lado la nada envidiable Bélgica- en que los ciudadanos se vean impedidos para usar normal y culturalmente la lengua mayoritaria en determinadas regiones de su territorio? ¿no es lógico que entonces invoquen su derecho a algo tan elemental, sean cuales fueren las "costumbres" que otros tratan de imponerles?

Con todo, hay algo de verdad en la teoría de los "apaños": es cierto que en las comunidades bilingües los ciudadanos conviven y se entienden con pocos roces en las lenguas co-oficiales. Los problemas vienen cuando allí se legisla de tal modo que esa armonía se rompa para obstaculizar institucionalmente el derecho a usar una de ellas. Porque el busilis de la cuestión no es el bilingüismo, desde luego, sino el biestatismo que los nacionalistas pretenden imponer en sus autonomías. Es decir, que haya dos Estados superpuestos, el local que ellos controlan más y más, junto al general que soportan y al que sólo acuden cuando esperan beneficios. En tal empeño biestatal, la marginación de todo elemento común con el resto del país -empezando por la lengua- es una herramienta esencial. Como esencial resulta para quienes pensamos de otro modo oponernos a tal tendencia y denunciarla. Se trata, en efecto, de una cuestión política, como con rara clarividencia han señalado algunos de nuestros críticos...

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.

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15 Junio 2008

Sacarnos las mantecas

Antes, si tenías pasaporte, Europa era la libertad. Saltabas los Pirineos, te ibas a París, te dabas una vuelta por la place Pigalle, te metías en un modesto cabaret de striptease y, joder con la libertad, qué tetas. Europa, vista desde este lado, era el patio trasero de España, donde se hacían guarradas y todo estaba permitido: te podías comprar revistas porno, obras de Sade, de Marx y hasta el Kamasutra, y por la noche hacerte unas ginebras en las cuevas existencialistas de Saint-Germain-des Prés. Y cuando regresabas, te sentías en un inmenso y monótono territorio de cuchicheos y sospechas. Y no solo París, sino Zürich, Ámsterdam, Praga, Berlín, aun con sus muros, menos espectaculares y no tanto de acero, como los que levantaron posteriormente, con el silencio cómplice de la comunidad internacional, los israelíes, para aniquilar a los palestinos, y Marruecos, en el Sáhara Occidental -aún sin descolonizar por España- con el propósito criminal de que los saharauis se abrasen de olvido y hambre, en uno de los lugares más inhóspitos del desierto.

Pero cuando se nos volcó la democracia encima, y nos pusimos a desmontar los Pirineos, Europa se cubrió las tetas y sacó las directivas, para que los socios del club supieran lo que vale un peine. Un club que no tiene nada de social y sí demasiado de neoliberalismo, mercado, finanzas, carbón y corte de mangas para las conquistas históricas de la clase obrera, de la que no quiere ni oír hablar. Resulta una falta de respeto y hasta un insulto para los mártires de Chicago, ahorcados por defender la jornada laboral de ocho horas, y para cuantos continuaron en una lucha tremenda contra el capital y una policía, unas leyes e incluso unas iglesias, puestas sin más contemplaciones al servicio de sus intereses. Se ganaron unos derechos que ahora los titulares de Trabajo de ese club quieren pasarse por los forros, aumentando las horas de trabajo semanal a 65. El dichoso club y su desafortunada directiva no es más ni menos que un muy turbio túnel del tiempo, que nos traslada a las más sórdidas y despiadadas escenas de la explotación y de los abusos perpetrados por los industriales del siglo XIX. Y en qué se fundamenta esa directiva tan atroz como retrógrada, pues en que "supone un paso adelante para los trabajadores y en que refuerza el papel del diálogo social". La verdad es que esos mendas, sin escrúpulo ni rubor alguno, le echan una cara que tira de espaldas. Y menos mal que el ministro de aquí, aunque ha recurrido a la abstención, parece que no está dispuesto a componendas. Lo veremos en el Parlamento Europeo. Como veremos cómo se oponen los partidos de izquierda a esa propuesta que tan descaradamente agrede los derechos de los trabajadores.

Esa Europa borde, de club de políticos campechanos y pizpiretos, que anidan entre las nalgas de la derechona, ya sean modelo Berlusconi, o bien, Sarkozy, quieren exprimirnos las mantecas, dejarnos exhaustos, útiles solo 65 horas semanales, para sacarles las castañas del fuego de la globalización. Que les den, han dicho los ciudadanos irlandeses, que algo se han husmeado, dejando en vilo y con el gesto avinagrado a toda una ralea de constructores de imperios.

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12 Junio 2008

Deriva antisocial

La directiva que permite aumentar a 60 horas la semana laboral rompe el modelo europeo.

Los ministros de Empleo y Asuntos Sociales de la UE marcaron ayer una jornada fúnebre en el calendario del derecho de los trabajadores y en el del modelo social europeo, el que ha dado solidez al bloque de países más próspero y equitativo del mundo. Al aprobar una directiva que permite extender hasta 60 horas (y en casos específicos, como los médicos, hasta 65) la jornada semanal, los ministros acabaron con la conquista de las 48 horas, obtenida en 1917, tras años de combates sindicales desde la revuelta de Chicago de 1886.

Esta grave deriva antisocial ha sido posible por el cambio de signo en los Gobiernos de Francia e Italia. La derecha en el poder en esos países ha modificado su oposición a la directiva (oposición compartida por España), que ahora ha obtenido así una fácil mayoría. La responsabilidad es de los Gobiernos, más que de las instituciones comunitarias. Por más que el comisario del ramo, el checo Vladímir Spidla, se haya regocijado cínicamente, augurando que con la nueva norma se crearán "mejores condiciones para todos los trabajadores".

Radicalmente falso. La directiva consagra la completa libertad de elección del trabajador, individualmente considerado, para negociar su jornada. Pero es una libertad teórica, porque al suprimir en ese decisivo aspecto la negociación colectiva, rompe un equilibrio esencial del modelo, y en la práctica aboca a los trabajadores a asumir cualesquiera exigencia de los empleadores. En materia de jornada, pues, la directiva procede al inicio de la demolición del derecho laboral que sustentaba la paz social registrada durante decenios en Europa.

Es cierto que la norma sólo permite y no impone la jornada de 60-65 horas. De modo que en los países más sensibles a los derechos sociales, como el nuestro, no se pondrá en marcha. Pero su aplicación en otros Estados miembros no será inocua, porque esta desarmonización modificará artificialmente los costes laborales unitarios y se convertirá automáticamente en una poderosa palanca de deslocalización industrial.

Gobiernos de socios antiguos y nuevos aprovechan la ampliación al Este para importar algunas de las peores características ultraliberales de su capitalismo salvaje. La prueba de esta deriva, además de la polémica directiva de ayer, está en la jurisprudencia del Tribunal comunitario de 2007 y 2008. Tres de sus últimas sentencias (Laval un Partneri, Viking Line y Dirk Rüffert) rompen los equilibrios que existían entre el derecho de establecimiento y el de huelga; entre aquél y los convenios colectivos o las normas de contratación pública; y priman las peores condiciones laborales de los países de origen sobre las de los países de acogida a inmigrantes comunitarios. Es el mismo tribunal que avaló en su día la expansión de las normas más progresistas, adoptando para toda la UE la igualdad de género para consagrar la igualdad de salario en caso de un trabajo igual.

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29 Mayo 2008

El perdedor

Rajoy tiene un problema. Uno fundamental, que ensombrece los otros que padece. El problema de Rajoy es que no ganó las elecciones. Si hubiera ganado su falta de carácter sería interpretada como mesura; su indefinición, síntoma de prudencia; su carisma deficiente, una demostración de que a veces los votantes saben distinguir entre envoltorio y fondo. Si las hubiera ganado, sus colegas celebrarían sus silencios como la actitud del hombre sabio; sus frases enigmáticas irían de boca en boca hasta que llegara ese intelectual, siempre hay uno, que las pasara a limpio. Si hubiera ganado, los que hoy enseñan los dientes serían ministros, secretarios de Estado, directores generales; eso les tendría definitivamente más calmados y pensarían que el debate sobre la capacidad de un solo partido para albergar a todos los sectores de la derecha puede esperar. También estarían aquellos cuyo nombre sonó para entrar en el Olimpo, pero que, tristemente, se quedaron sin nada. Ésos serían, sin duda, los más entusiastas defensores del jefe, porque no hay fidelidad más grande que la de aquel que está en la cola de los que quieren ser algo. Ay, el poder, qué brillo tiene. Genera tantas ilusiones que son contados los casos en que los ministros se rebelan. Los hombres que ostentan el poder, decía Montaigne, siempre parecen inteligentes. Lo penoso, añade, es que cuando el líder lo pierde, sus acólitos no tardan más de tres días en preguntarse: "¿Cómo tendríamos la cabeza para apoyar a este individuo?". Rajoy tiene muchos problemas, apuntados a diario por los analistas de este melodrama, pero el mayor es que perdió. De Zapatero, el ganador, Felipe González destacó la suerte como una de sus mayores virtudes. Habrá que empezar a creerle, dado que la legislatura ideal para cualquier gobernante es aquella en la que no se habla más que de la oposición.

Artículo escrito por Elvira Lindo para el periódico EL PAÍS.

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24 Mayo 2008

Lo baila el Cervantes, lo baila TVE con el dinero de todos

La promoción del 'frikismo' por parte de la televisión pública abre el debate sobre los contenidos de calidad que se esperan de un ente financiado por el Estado.

Ni friki, ni bródel, ni brikindans aparecen en el diccionario de la Real Academia. Pero se han convertido en palabras que recorren toda Europa en nombre del español. Forman parte de la letra de la canción El chiki chiki que abandera Televisión Española en el Festival de Eurovisión. Su intérprete, el estrambótico Rodolfo Chikilicuatre, ha sido, además, apoyado y promocionado nada menos que por el Instituto Cervantes. ¿Es así como velan dos instituciones pagadas con dinero público por la cultura y la lengua española?

Chikilicuatre visto por Sciammarella
Chikilicuatre defiende hoy en Belgrado la candidatura española con una canción de deliberado mal gusto ("lo baila mi mulata con las bragas en la mano", repite la estrofa) que reproduce de forma satírica el estilo hortera de hace medio siglo. Un personaje identificado popularmente como un friki.

La palabra ha sido importada de forma libre del término inglés freak, que significa "rareza, anormal, monstruo, fanático, loco, bicho raro". Sin embargo, la cultura popular ha dado la vuelta al término para transformarlo en algo atractivo, divertido y, sobre todo, algo que vende. A esta venta se han enganchado todos. La primera, RTVE. Con su enorme poderío mediático, la televisión estatal lleva semanas promocionando, fuera y dentro de España, un producto nacido en una emisora de la competencia. Chikilicuatre es un fenómeno fabricado en el laboratorio de El Terrat. La productora socia de La Sexta retó desde su antena a los espectadores a apoyar con sus votos la candidatura de un friki en representación de TVE.

Detrás de esta apuesta hay una operación de marketing de enorme calado. Chikilicuatre, personaje que encarna un actor de segunda fila curtido en los platos de El Terrat, se han convertido en sí mismo en una industria (tal vez efímera). Bajo esta marca se comercializan politonos y juegos en los móviles, peluches, cromos y discos. Incluso la ONCE lo ha contratado para promocionar su última campaña publicitaria. Los suculentos ingresos se los reparten TVE y La Sexta.

"La rareza vende y siempre ha vendido", sostiene Roman Gubern, catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad Autónoma de Barcelona, que cuestiona el papel de las entidades públicas a la hora de apostar por determinados contenidos. "Que instituciones culturales como el Instituto Cervantes y TVE promuevan a este personaje es algo muy cuestionable e impactante. Es una horterada suprema elevada al cubo, lo que evidentemente, llama la atención del público". Este experto considera que "las instituciones culturales serias instrumentalizan el sensacionalismo extremo cuando no deberían entrar al trapo. Todavía en algunos ámbitos hay medios de comunicación que distinguen entre alta cultura y baja cultura".

Una opinión parecida tiene Agustín García Matilla, catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad de Valladolid: "El frikismo no es un fenómeno nuevo. La dictadura vendió una España de pandereta salpicada de personajes que representaban lo peor de lo rancio. Eso divertía mucho. Era el famoso pan y circo. Una forma de divertimento para que la gente no se planteara otras cosas".

Rentabilizar al máximo el negocio es el objetivo de cualquier televisión privada. Pero ¿debe ser éste también el fin de una televisión pública? Teóricamente, las cadenas que dependen del Estado, de las comunidades autónomas o de las administraciones locales tienen una misión de servicio público que cumplir. Por eso reciben subvenciones. Pero a veces la línea que separa los contenidos de unas y otras es tan fina que parece invisible.

Para el vicerrector de Relaciones Internacionales y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, Alfonso Sánchez-Tabernero, la principal función de los medios públicos es "configurar un estándar que influya en las demás ofertas del mercado". "Los gustos de los ciudadanos están condicionados por lo que ven, escuchan y leen y los medios públicos pueden ser más experimentales e innovadores y favorecer el crecimiento intelectual de los espectadores". Pero Sánchez-Tabernero alerta sobre el efecto mimético que existe entre los canales públicos y privados y su obsesión, compartida, por la audiencia. Pero la televisión pública "no debe perder de vista que su razón de ser consiste en corregir -y no en amplificar- los errores del mercado".

La visita de Chikilicuatre esta semana a la sede del Cervantes en Belgrado ha amplificado fuera de España la polémica sobre el apoyo de los organismos públicos a esta candidatura. Roman Gubern, que fue director del Instituto Cervantes en Roma en 1994 y 1995, critica la iniciativa de esta institución. "Que lo apoye TVE me parece mal pero menos grave. Está más maleada y dirigida a una cultura de masas. Pero que lo haga el Cervantes, que nace como una institución académica que debe tener un rigor intelectual, es un mal ejemplo. Yo en Roma no lo hubiera programado; me hubiera negado".

TVE calificó esta visita en un comunicado como una "clase magistral" y añadió: "La curiosidad más importante era descifrar el significado real de la expresión Perrea, Perrea, que da inicio la canción. El cantante les ha contado que "depende del lugar del mundo". "En España se utiliza para decir 'llevo todo el día perreando', haciendo el vago. Pero también se utiliza como fiestear. Es el sentido en el que nosotros la utilizamos. Perrear es una invitación a la fiesta".

El Instituto Cervantes, presidido por la ex directora general de RTVE Carmen Caffarel, tiene como principal objetivo la promoción y la enseñanza de la lengua española y la difusión de la cultura española e hispanoamericana. Organiza cursos de lengua española y de lenguas cooficiale, apoya la labor de los hispanistas, y participa en programas de difusión del idioma.

Juan Elorriaga, director del Cervantes en Belgrado, explica que la embajada española le llamó tres semanas antes para comunicarle que Chikilicuatre había manifestado su interés por acudir a la sede y se queja del lío que se ha montado por esta visita. "El Instituto Cervantes funciona en dos andenes: uno es la promoción de la cultura española y otro la lengua. La visita no ha tenido ningún carácter de manifestación cultural y este personaje no ha ofrecido una lección magistral. El encuentro fue totalmente informal. Nosotros tenemos claro que el 95% de nuestros estudiantes son jóvenes que están entusiasmados porque llega el festival a Serbia. Y en Serbia, España es muy popular. Los estudiantes están muy interesados en ver al representante español, sea el que sea. Será más o menos afortunado, pero es el candidato de España".

En la misma línea se manifiesta la directora de Programas de TVE, Eva Cebrián. "Chikilicuatre representa a España y el trato y el apoyo de TVE son los mismos que los que ha prestado a los representantes de cualquier otra edición". Recuerda que fue elegido mediante televoto, mensajes SMS y a través de MySpace. "Después de este proceso asumimos a todos los efectos que es el representante de TVE. No entramos a considerar la idoneidad del candidato, sino simplemente que lo es". Cebrián considera que Chikilicuatre se ha convertido en un fenómeno social que trasciende el festival y que ha conseguido reavivar el interés de este certamen en España.

Para unos Eurovisión es un festival decadente, que ha ido perdiendo interés y calidad artística año tras año. En España, Operación Triunfo, el concurso-escuela creado en 2002 para seleccionar al candidato de TVE fue una bombona de oxígeno para la imagen del eurofestival en España. Aquella experiencia reactivó las audiencias de forma meteórica. Pasó de 5,6 millones a 12,7 en un año. Algo insólito. Pasada la euforia de O T, el festival decayó nuevamente. El año pasado apenas congregó a 3,3 millones de espectadores.

Para los países más jóvenes de Europa, este certamen sigue siendo algo respetado. Presentan cantantes profesionales y ganar el concurso es importante para la imagen del país. Otros, como Irlanda, lo viven de manera más informal. Este año, por ejemplo, ha enviado a un pavo de trapo. Y hay incluso países, como Italia, que se ha retirado de Eurovisión por la falta interés de la cadena pública, la RAI.

Sin embargo, la visita de los candidatos tiene una parte institucional. Juan Elorriaga recuerda que Chikilicuatre ha estado también en la embajada española en Belgrado, donde se le dedicó una cena a la que asistió "con disfraz y sin disfraz". TVE realizó desde la sede diplomática una emisión sobre el periplo del representante español en Serbia. Eva Cebrián apunta que es tradición que las embajadas reciban a los españoles que acuden a un país para determinados eventos y asegura que en Serbia se ha seguido la misma práctica que en otros países que han acogido el festival.

Chikilicuatre no es el primer embajador de RTVE en los eurofestivales que provoca polémica. García Matilla recuerda que la televisión ha creado sus propios fenómenos, algunos de ellos perniciosos para el público, y especialmente para los menores. Y cita como ejemplo el "antes muerta que sencilla", el himno de los niños españoles que popularizó la niña María Isabel con su participación en la versión infantil de Eurovisión.

Este experto afirma que la televisión pública debería tener "una actitud modélica" frente a los operadores comerciales. "No se le pueden pedir informativos objetivos, plurales y rigurosos y en paralelo hacer otrotipo de contenidos con los mismos estereotipos que las privadas". En su opinión, la televisión debe transmitir normas, valores y conceptos y "no todo vale en una televisión pública".

Al menos, no todo está avalado. El Mandato Marco de RTVE, aprobado por las Cortes en diciembre de 2007, delimita claramente su función de servicio público esencial: "La producción, edición y difusión de un conjunto de canales de radio, televisión y medios interactivos e Internet con contenidos de calidad [el subrayado aparece en el texto publicado en el Boletín Oficial de las Cortes Generales] diversos y equilibrados para todo tipo de público, cubriendo todos los géneros y destinados a satisfacer necesidades de información, cultura, educación y entretenimiento de la sociedad española reflejando su identidad y diversidad cultural, lingüística promoviendo el pluralismo y la participación".

En los últimos años, la principal preocupación de RTVE era su estado financiero. Diseñar un plan de viabilidad y buscar fórmulas para atajar la gigantesca deuda acumulada de casi 8.000 millones de euros fue durante varias legislaturas el dolor de cabeza de los gestores del Ente Público. Con la nueva ley de RTVE, aprobada hace dos años, la cuestión financiera está resuelta: el Gobierno aporta los fondos que sean necesarios para que RTVE cumpla su función de servicio público. De las arcas estatales saldrán este año 500 millones de euros.

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21 Mayo 2008

¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios?

Científicos de Oxford investigan la estructura cerebral que aloja la creencia religiosa - Y Einstein aviva el debate desde la tumba

Si usted cree en Dios o, en general, en alguna forma de ente místico, sepa que la inmensa mayoría de la humanidad está en su mismo bando. Si por el contrario no es creyente, es usted, en términos estadísticos, un raro. Si la demostración de la existencia de Dios se basara en el número de fieles, la cosa estaría clara. No es así, aunque en lo que respecta a este artículo eso es, en realidad, lo de menos. Creyentes y no creyentes están divididos por la misma pregunta: ¿Cómo pueden ellos no creer/creer (táchese lo que no corresponda)? Este texto pretende resumir las respuestas que la ciencia da a ambas preguntas.

Los físicos están pletóricos este año porque gracias al acelerador de partículas LHC, que pronto empezará a funcionar cerca de Ginebra, podrán por fin buscar una partícula fundamental que explica el origen de la masa, y a la que llaman la partícula de Dios. Los matemáticos, por su parte, tienen desde hace más de dos siglos una fórmula que relaciona cinco números esenciales en las matemáticas -entre ellos el famoso pi-, y a la que algunos, no todos, se refieren como la fórmula de Dios. Pero, apodos aparte, lo cierto es que la ciencia no se ocupa de Dios. O no de demostrar su existencia o inexistencia. Las opiniones de Einstein -expresadas en una carta recientemente subastada- valen en este terreno tanto como las de cualquiera. Sí que se pregunta la ciencia, en cambio, por qué existe la religión.

No es ni mucho menos un tema de investigación nuevo, pero ahora hay más herramientas y datos para abordarlo, y desde perspectivas más variadas. A sociólogos, antropólogos o filósofos, que tradicionalmente han estudiado el fenómeno de la religión o la religiosidad, se unen ahora biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos. Incluso hay quienes usan un nuevo término: neuroteología, o neurociencia de la espiritualidad. Prueba del auge del área es que un grupo de la Universidad de Oxford acaba de recibir 2,5 millones de euros de una fundación privada para investigar durante tres años "cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa", explica uno de los directores del proyecto, el psicólogo evolucionista Justin Barrett, del Centro para la Antropología y la Mente de la Universidad de Oxford.

Meter mano científicamente a la pregunta 'por qué somos religiosos los humanos' no es fácil. Una muestra: experimentos recientes identifican estructuras cerebrales relacionadas con la experiencia religiosa. ¿Significa eso que la evolución ha favorecido un cerebro pro-religión porque es un valor positivo? ¿O es más bien el subproducto de un cerebro inteligente? Sacar conclusiones es difícil, e imposible en lo que se refiere a si Dios es o no 'real'. Que la religión tenga sus circuitos neurales significa que Dios es un mero producto del cerebro, dicen unos. No: es que Dios ha preparado mi cerebro para poder comunicarse conmigo, responden otros. Por tanto, "no vamos a buscar pruebas de la existencia o inexistencia de Dios", dice Barrett.

¿Desde cuándo es el hombre religioso? Eudald Carbonell, de la Universidad Rovira i Virgili y co-director de la excavación de Atapuerca, recuerda que "las creencias no fosilizan", pero sí pueden hacerlo los ritos de los enterramientos, por ejemplo. Así, se cree que hace unos 200.000 años Homo heidelbergensis, antepasado de los neandertales y que ya mostraba "atisbos de un cierto concepto tribal", ya habría tratado a sus muertos de forma distinta. De lo que no hay duda es de que desde la aparición de Homo sapiens el fenómeno religioso es un continuo. "La religión forma parte de la cultura de los seres humanos. Es un universal, está en todas las culturas conocidas", afirma Eloy Gómez Pellón, antropólogo de la Universidad de Cantabria y profesor del Instituto de Ciencia de las Religiones de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Por qué esto es así? Para Carbonell hay un hecho claro: "La religión, lo mismo que la cultura y la biología, es producto de la selección natural". Lo que significa que la religión -o la capacidad para desarrollarla-, lo mismo que el habla, por ejemplo, sería un carácter que da una ventaja a la especie humana, y por eso ha sido favorecido por la evolución. ¿Qué ventaja? "Eso ya es filosofía pura", responde Carbonell. Está dicho, las creencias no fosilizan.

Así que hagamos filosofía. O expongamos hipótesis: "Un aspecto importante aquí es la sociabilidad", dice Carbonell. "Cuando un homínido aumenta su sociabilidad interacciona de forma distinta con el medio, y empieza a preguntarse por qué es diferente de otros animales, qué pasa después de la muerte... Y no tiene respuestas empíricas. La religión vendría a tapar ese hueco".

Esa visión cuadra con la antropológica. La religión, según Gómez Pellón, da los valores que contribuyen a estructurar una comunidad en torno a principios comunes. Por cierto, ¿y si fueran esos valores, y no la religión en sí, lo que ha sido seleccionado? Curiosamente, señala Gómez Pellón, "los valores básicos coinciden en todas las religiones: solidaridad, templanza, humildad...". Tal vez no sea mensurable el valor biológico de la humildad, pero sí hay muchos modelos que estudian el altruismo y sus posibles ventajas evolutivas en diversas especies, incluida la humana.

También coinciden Carbonell y Gómez Pellón al señalar el papel "calmante" de la religión. "La religión ayuda a controlar la ansiedad de no saber", dice el antropólogo. "Cuanto más se sabe, más se sabe que no se sabe. Y eso genera ansiedad. Además, el ser humano vive poco. ¿Qué pasa después? Esa pregunta está en todas las culturas, y la religión ayuda a convivir con ella, nos da seguridad". Lo constatan quienes tratan a diario con personas próximas a situaciones extremas. "Es verdad que en la aceptación del proceso de morir las creencias pueden ayudar", señala Xavier Gómez-Batiste, cirujano oncólogo y Jefe del Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario de Bellvitge.

Por si fueran pocas ventajas, otros estudios sugieren que las personas religiosas se deprimen menos, tienen más autoestima e incluso "viven más", dice Barrett. "El compromiso religioso favorece el bienestar psicológico, emocional y físico. Hay evidencias de que la religión ayuda a confiar en los demás y a mantener comunidades más duraderas". La religión parece útil. Eso explica que el ser humano "sea naturalmente receptivo ante las creencias y actividades religiosas", prosigue.

Naturalmente receptivos. ¿Significa eso que estamos orgánicamente predispuestos a ser religiosos? ¿Lo está nuestro cerebro? En los últimos años varios grupos han recurrido a técnicas de imagen para estudiar el cerebro en vivo en "actitud religiosa", por así decir. "Son experimentos difíciles de diseñar porque la experiencia religiosa es muy variada", advierte Javier Cudeiro, jefe del grupo de Neurociencia y Control Motor de la Universidad de Coruña. Los resultados no suelen considerarse concluyentes. Pero sí se acepta que hay áreas implicadas en la experiencia religiosa.

En uno de los trabajos se pedía a voluntarios -un grupo de creyentes y otro de no creyentes- que recitaran textos mientras se les sometía a un escáner cerebral. Al recitar un determinado salmo, en los cerebros de creyentes y no creyentes se activaban estructuras distintas. No es sorprendente. "Se da por hecho", explica Cudeiro; lo mismo que hay áreas implicadas en el cálculo o en el habla.

La pregunta es si esas estructuras fueron seleccionadas a lo largo de la evolución expresamente para la religión. Cudeiro no lo cree. "La experiencia religiosa se relaciona con cambios en la estructura del cerebro, y neuroquímicos, que llevan a la aparición de la autoconciencia, el lenguaje... cambios que permiten procesos cognitivos complejos; no son para una función específica". O sea que la religión bien podría ser, como dice Carbonell, un efecto secundario de la inteligencia.

Otros estudios de neuroteología han estudiado el cerebro de monjas mientras evocaban la sensación de unión con Dios, y de monjes meditando. Uno de los autores de estos trabajos, Mario Beauregard, de la Universidad de Montreal, aspira incluso a poder generar en no creyentes la misma sensación mística de los creyentes, a la que se atribuyen tantos efectos beneficiosos: "Si supiéramos cómo alterar [con fármacos o estimulación eléctrica] estas funciones del cerebro, podríamos ayudar a la gente a alcanzar los estados espirituales usando un dispositivo que estimule el cerebro ", ha declarado Beauregard a la revista Scientific American.

Lo expuesto en este texto sugiere que la cuestión no es tanto por qué existe la religión, sino por qué existe el ateísmo. Con todas las ventajas de la religión, ¿por qué hay gente atea? "El ateísmo actual es un fenómeno nuevo y queremos investigarlo, sí", dice Barrett por teléfono. ¿Tiene que ver con el avance de la ciencia, capaz de dar al menos algunas de esas tan buscadas respuestas? Varios estudios indican que, en efecto, los científicos son menos religiosos que la media. Pero hay excepciones; los matemáticos y los físicos, en especial los que se dedican al estudio del origen del universo -¡precisamente!-, tienden a ser más religiosos. No hay consenso sobre si un mayor grado de educación, o de cociente intelectual, hace ser menos religioso. "El ser religioso o no seguramente depende de muchos factores que aún no conocemos", dice Barrett.

"Las supersticiones más infantiles"

Las opiniones de Albert Einstein sobre el hecho religioso han sido objeto de polémica entre los expertos. Una carta inédita que remitió al filósofo Eric Gutkind en 1954 muestra ahora al genio más escéptico. Los siguientes son extractos de la misiva, publicada por The Guardian.(...) "La palabra Dios, para mí, no es más que la expresión y el producto de las debilidades humanas, y la Biblia una colección de leyendas dignas pero primitivas que son bastante infantiles. Ninguna interpretación, por sutil que sea, puede cambiar eso (para mí). Tales interpretaciones sutiles son muy variadas en naturaleza, y no tienen prácticamente nada que ver con el texto original. Para mí, la religión judía, como todas las demás religiones, es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío, al que me alegro de pertenecer y con cuya mentalidad tengo una profunda afinidad, no tiene ninguna cualidad diferente, para mí, a las de los demás pueblos. Según mi experiencia, no son mejores que otros grupos humanos, si bien están protegidos de los peores cánceres porque no poseen ningún poder. Aparte de eso, no puedo ver que tengan nada de escogidos.Me duele que usted reivindique una posición de privilegio y trate de defenderla con dos muros de orgullo, uno externo, como hombre, y otro interno, como judío. Como hombre reivindica, por así decir, estar exento de una causalidad que por lo demás acepta, y como judío, el privilegio del monoteísmo. Pero una causalidad limitada deja de ser causalidad, como nuestro maravilloso Spinoza reconoció de manera incisiva, seguramente antes que nadie. Y las interpretaciones animistas de las religiones de la naturaleza no están, en principio, anuladas por la monopolización. Con semejantes muros sólo podemos alcanzar a engañarnos (...) a nosotros mismos, pero nuestros esfuerzos morales no salen beneficiados. Al contrario (...)".

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17 Mayo 2008

Italianos y vascos

Los autores de la pintada que se podía leer ayer en Legutiano, Pikoletos a Marruecos, se mueven con los mismos argumentos y los mismos sentimientos "nacionales" que quienes intentan pegar fuego a los campamentos de gitanos en Italia.

Es asombroso que en el país de la Mafia y la Camorra, la manipulación política llegue hasta el extremo de hacer creer a los ciudadanos que sus problemas de inseguridad no derivan del crimen organizado, sino de unos 150.000 gitanos rumanos que se han instalado en los suburbios de sus ciudades (ver la gran crónica publicada ayer en este diario por Miguel Mora). Pero igualmente extraño es que en Euskadi miles de vecinos estén dispuestos a hablar de los daños que ha provocado un coche bomba en sus persianas o gallinas y que, sin embargo, se mantengan en silencio sobre el intento de volar una casa con 30 personas, entre ellas varios niños, en su interior.

Tan increíble es que un país de casi 60 millones de habitantes, con más de 30.000 dólares de renta per cápita, crea que está en peligro por 150.000 zíngaros desposeídos de casi todo, como que los abertzales vascos pretendan que la mayoría de los habitantes de Euskadi, (con los ingresos per cápita más altos de España, 30.599 euros, siete mil más que la media nacional), comprendan sus asesinatos, con la asombrosa idea de que están oprimidos y de que tienen derecho a mucho más.

Muy confusas tienen que estar estas antipáticas sociedades para permitir que sentimientos semejantes se instalen entre ellas sin provocar repugnancia. Sus problemas no radican en los gitanos, ni en los guardias civiles, sino en los sectores "duros" y, fundamentalmente, aprovechados que florecen en sus propias filas. Mucho peor que los problemas que pueda plantear la inmigración irregular, son los problemas que plantean estas personas autóctonas siempre dispuestas a hacer creer a los despistados ciudadanos que la manera de defender su estatus es reaccionar violentamente protegiendo el corralito contra "ajenos". Cuando realmente lo único que se termina protegiendo es su propio interés y poder (de ellos).

Cada día es más sombría la sensación de que no tenemos ni idea de dónde están nuestros auténticos problemas. Nuestra desorientación es monumental, permanentemente preocupados y distraídos con engaños y señuelos, y sin tener un minuto para recapacitar sobre los imparables cambios que se están produciendo en las estructuras básicas de las sociedades desarrolladas, o sobre las formas en que esos cambios nos van a afectar y, quizás, sobre las maneras en las que podríamos influir o, incluso, beneficiarnos en conjunto.

En lugar de eso, (por ejemplo, saber en qué consiste esa extraña palabra, flexiguridad, que aparece ahora en todos los estudios sobre los mercados de trabajo en Europa, Euskadi, resto de España e Italia incluidas), nos dejamos distraer con la idea de leyes especiales contra los inmigrantes o con declaraciones solemnes sobre derechos pretendidamente seculares. La realidad es que esa palabrita afectará mucho más a nuestra vida y a la de nuestros hijos que toda la emigración de los gitanos rumanos o que el plan de Ibarretxe,

(Flexiguridad significa, entre otras cosas, permitir la máxima flexibilidad empresarial, es decir, lisa y llanamente, el despido libre, sin coste para el empleador, pero asegurando que en los periodos entre empleo y empleo el Estado se hace cargo del ciudadano, con programas sociales potentes y con planes de formación que habiliten permanentemente para nuevas tareas. Son una especie de "puertas giratorias" a lo pobre (nada que ver con la de David Tanguas, o de los altos funcionarios que combinan lo público y lo privado). En este caso, el giro es: ahora trabajas, ahora no, en cambios continuos y muy rápidos. La idea es que el Estado no te ayuda a permanecer en el puesto de trabajo sino a permanecer en el mercado laboral, dicen los expertos.

En Dinamarca, con un Estado social muy fuerte, es ya un éxito, pero ahora son todos los empresarios de toda Europa quienes reclaman el modelo. ¿Qué pasará en Estados donde, al mismo tiempo, se disminuye la presión fiscal? Atención a cómo se desarrolla el Libro Verde elaborado hace ya un año por la Comisión Europea y titulado Modernizar el derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI y al debate que está generando en sindicatos y en organizaciones sociales, no sólo sobre los problemas sino también sobre las oportunidades que se pueden desprender de él).

La pena es que muchos italianos sigan distraídos, creyendo que sus problemas los va a solucionar Berlusconi y la infame persecución de los gitanos y que muchos vascos sigan creyendo que Ibarretxe y el abertzalismo y el infame silencio que mantienen muchos de ellos puede ser la manera de arreglar los suyos. solg@elpais.es. Artículo escrito por SOLEDAD GALLEGO DÍAZ.

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