Categoría: Psicología
15 Junio 2008
Once millones de españoles sufren mal clima laboral. Para transformarlo cada persona debe resolver sus conflictos interiores.
Imagine que está en su puesto de trabajo. Sí, en ese extraño lugar en el que pasa al menos ocho horas de lunes a viernes por un salario siempre mejorable, conviviendo con desconocidos que usted no ha escogido y a los que ve más que a su propia familia y a sus amigos más íntimos. Vuelva a pensar en el sitio donde trabaja y eche un vistazo a su derecha y a su izquierda. Ahora mire hacia delante y hacia atrás. ¿Ha tenido algún rifirrafe con alguna de las personas que está viendo? ¿Se lleva realmente bien con todas ellas? ¿Hay alguien a quien no soporte?
Si es sincero consigo mismo seguramente admita haber discutido e incluso haberse enfadado con alguno de sus compañeros, por mucho que los demás no se hayan dado cuenta. Y que reconozca estar harto de una o dos personas en concreto, a las que al menos en su fuero interno no les pasa ni una... Por todo ello, ¿siente antipatía crónica o le guarda rencor a algún miembro de su equipo en particular? ¿Es posible que le ronden pensamientos negativos, e incluso violentos, sobre alguno de sus compañeros?
Quizás le saque de quicio ese colega tan victimista que siempre aparece en el momento menos oportuno, contándole lo desafortunada que es su vida y la manía que le tiene el jefe y el resto de colaboradores. O tal vez aquel otro tan chistoso, que parece haberla tomado con usted, soltando bromas que no suelen hacerle ni pizca de gracia... Quien sabe, igual convive con alguno de estos personajes, pero en realidad el que más le molesta es uno que sin saber muy bien por qué compite agresivamente contra usted, tratando de dejarle en evidencia cada vez que el jefe hace acto de presencia.
Respire hondo y haga una pausa. Puede que ahora mismo esté pensando que no es culpa suya, que usted es una buena persona y que ha tenido mala suerte por tener que compartir tanto tiempo en compañía de gente tan conflictiva. Pero sepa que los expertos en comportamiento organizacional afirman que estos sentimientos normalmente son recíprocos.
A usted también se le critica por los pasillos y a veces por aquellos de los que menos se lo espera. ¿Ha pensado alguna vez qué opinión tienen los demás sobre usted? Y sincérese todavía un poco más: ¿ha barajado la posibilidad de que puede que no sean los demás, sino que en realidad el compañero conflictivo sea usted mismo?
Todas estas inquietudes forman parte del día a día de las organizaciones españolas. Entre otros informes que intentan cuantificar la gestión y el impacto de todos estos intangibles, destaca el Estudio Cisneros 2006, de la Universidad de Alcalá de Henares, cuyas conclusiones se basan en una encuesta realizada sobre 4.500 trabajadores de la Comunidad de Madrid.
Según sus conclusiones, entre otras fuentes de tensión y preocupación laboral, el 55,7% de los profesionales (más de 11 millones de españoles) señala como uno de los principales factores "el mal ambiente que se respira entre compañeros". Le siguen "la falta de comunicación en el seno de trabajo" (51,5%); "la falta de apoyo por parte de los compañeros" (45,1%) y "las envidias y rivalidades que se dan entre los miembros de un mismo equipo", que afecta al 39,4% de los empleados.
Fruto de esta competitividad, cada vez se dan más casos de acoso laboral, más conocido como mobbing, que ya es uno de los mayores problemas relacionados con la salud laboral en España. Según un estudio de la consultora Mobbing Research, este acoso afecta al 12,5% de los empleados (unos 2,5 millones de personas), que acaban por salir voluntariamente de las empresas, causar baja por depresión o incluso suicidarse. Los expertos en psicología laboral aseguran que las víctimas de esta violencia psicológica suelen ser personas que destacan en un entorno laboral mediocre.
Y todavía hay más datos que ponen de manifiesto la jungla en la que parecen haberse convertido la gran mayoría de empresas españolas. El año pasado, por ejemplo, la consultora de recursos humanos Otto Walter realizó un análisis basado en más de 3.000 experiencias de unos 650 directivos españoles, que en un 90% de los casos afirmó haberse tenido que "enfrentar a trabajadores provocadores de conflictos, que contaminan el clima laboral, criticando y manipulando al resto de compañeros con su actitud negativa, acusadora y victimista".
Lo cierto es que "la empresa es una red de relaciones humanas cuya finalidad es conseguir una serie de resultados que tan sólo pueden obtenerse trabajando en equipo", apunta el coach Vicenç Olivé, codirector del Instituto Gestalt, que imparte cursos para la mejora del ambiente laboral. Eso sí, "debido a la hipervelocidad, el estrés y el cansancio generalizado, en mayor o menor medida el conflicto suele ser uno de los rasgos inherentes a la vida de cualquier trabajador", constata este experto.
"La gran mayoría de estos desencuentros personales son pequeños malentendidos, que ponen de manifiesto que no es lo mismo hablar que comunicarse", afirma Olivé. "Y esta carencia relacional genera una serie de choques, que a su vez crean y fortalecen redes neuronales negativas con las personas que forman parte de nuestro entorno laboral más inmediato". Por eso "nos solemos poner nerviosos o de mal humor cada vez que nos cruzamos con alguno de los compañeros con los que hemos tenido algún desencuentro en el pasado", concluye.
Sea como fuere, "la manera en la que interactuamos con nuestros compañeros de trabajo dice mucho acerca de una relación mucho más profunda y que es la causante de todos y cada uno de estos conflictos laborales: la relación que tenemos con nosotros mismos", afirma el médico Mario Alonso, profesor de liderazgo, comunicación y creatividad del Eurofórum, del IDDI y del centro de formación Garrigues. En su opinión, "no vemos a los demás como son, sino como somos nosotros".
Es decir, que "cuando desconfiamos de las motivaciones de los demás, suele indicar que nos sentimos inseguros y que apenas confiamos en nosotros mismos". O que "cuando nos molesta que no nos reconozcan nuestros méritos, suele significar que carecemos de autoestima". E incluso "cuando nos quejamos de que los demás son muy críticos con nuestro trabajo, seguramente sea porque somos muy susceptibles y exigentes con nosotros mismos". De ahí que "en vez de señalar a los demás como los responsables de nuestros problemas relacionales, hemos de mirar en nuestro interior para encontrar la solución que andamos buscando", reflexiona.
Más que nada porque "al conocer, comprender y cambiar al observador es cuando empieza a transformarse lo observado", añade Alonso. "La evolución natural que están siguiendo cada vez más profesionales consiste en abandonar el papel de víctima, que les llevaba a reaccionar negativamente frente a lo que les pasaba, para convertirse en protagonistas, ofreciendo la mejor respuesta frente a cada circunstancia".
Llegados a este punto, volvamos un momento a usted. ¿Qué es lo que realmente puede hacer para cambiar su relación con sus compañeros de trabajo? Cambiarse a sí mismo. Para lograrlo, "es necesario ser consciente de cuál es nuestro estado de ánimo cada vez que interactuamos con los demás", explica el coach Enrique Simó, experto en inteligencia emocional y desarrollo personal. Sobre todo porque "cuando carecemos de energía vital, solemos vivir más inconscientemente, filtrando lo que nos sucede de una manera más egocéntrica y, por tanto, más negativa y conflictiva".
Así, "para poder relacionarnos más armoniosamente, es fundamental vivir más conscientemente, creando espacio entre lo que nos pasa y la respuesta o actitud que tomamos frente a lo que nos pasa". También "es importante comprender que todo el mundo lo hace lo mejor que puede -según su grado de comprensión y conciencia-, igual que tú mismo lo haces lo mejor que puedes". De ahí que "si quieres que los demás te acepten tal como eres, lo mejor que puedes hacer es empezar por aceptar a los demás tal como son". Y concluye: "Cuando emites malestar, negatividad o toxicidad, al primero al que envenenas es a ti mismo".
Actitudes más nocivas...
- Ser conflictivo y negativo, quejándose siempre de los demás- Ser indolente y pasivo, escaqueándose de sus responsabilidades- Ser arrogante y prepotente, creyéndose superior a los demás- Ser muy orgulloso y no aceptar ayuda de nadie- Ser muy susceptible y ponerse fácilmente a la defensiva- Ser autoritario, imponiendo su voluntad sobre los demás- Ser falso e hipócrita, mintiendo para parecer mejor de lo que es- Ser irrespetuoso y muy crítico, menospreciando el trabajo de los demás- Ser cobarde y no decir lo que de verdad se piensa- Ser egocéntrico e indiferente y no escuchar las demandas de los demás.
...Y más proactivas
- Ser constructivo, viendo el lado positivo de las cosas que pasan- Tener sentido del humor y amenizar el ambiente en la medida de lo posible- Ser cercano y accesible, compartiendo experiencias personales y profesionales- Ser humilde, empatizando con las necesidades y deseos de los demás- Ser sereno y estar tranquilo para poder relacionarse armoniosamente- Ser auténtico, mostrando coherencia entre lo que se dice y se hace- Ser responsable de uno mismo, dejando de culpar a la empresa y a los demás- Ser valiente y asertivo para decir lo que se piensa con respeto- Ser tolerante para aceptar y respetar posturas e ideas diferentes- Ser justo en el trato con los demás, sin preferencias subjetivas y partidistas.
Fuentes: Decálogo realizado por expertos en comportamiento organizacional de Otto Walter, Eurotalent e INFOVAFuentes: Decálogo realizado por expertos en comportamiento organizacional de Otto Walter, Eurotalent e INFOVA
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21 Mayo 2008
Científicos de Oxford investigan la estructura cerebral que aloja la creencia religiosa - Y Einstein aviva el debate desde la tumba
Si usted cree en Dios o, en general, en alguna forma de ente místico, sepa que la inmensa mayoría de la humanidad está en su mismo bando. Si por el contrario no es creyente, es usted, en términos estadísticos, un raro. Si la demostración de la existencia de Dios se basara en el número de fieles, la cosa estaría clara. No es así, aunque en lo que respecta a este artículo eso es, en realidad, lo de menos. Creyentes y no creyentes están divididos por la misma pregunta: ¿Cómo pueden ellos no creer/creer (táchese lo que no corresponda)? Este texto pretende resumir las respuestas que la ciencia da a ambas preguntas.
Los físicos están pletóricos este año porque gracias al acelerador de partículas LHC, que pronto empezará a funcionar cerca de Ginebra, podrán por fin buscar una partícula fundamental que explica el origen de la masa, y a la que llaman la partícula de Dios. Los matemáticos, por su parte, tienen desde hace más de dos siglos una fórmula que relaciona cinco números esenciales en las matemáticas -entre ellos el famoso pi-, y a la que algunos, no todos, se refieren como la fórmula de Dios. Pero, apodos aparte, lo cierto es que la ciencia no se ocupa de Dios. O no de demostrar su existencia o inexistencia. Las opiniones de Einstein -expresadas en una carta recientemente subastada- valen en este terreno tanto como las de cualquiera. Sí que se pregunta la ciencia, en cambio, por qué existe la religión.
No es ni mucho menos un tema de investigación nuevo, pero ahora hay más herramientas y datos para abordarlo, y desde perspectivas más variadas. A sociólogos, antropólogos o filósofos, que tradicionalmente han estudiado el fenómeno de la religión o la religiosidad, se unen ahora biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos. Incluso hay quienes usan un nuevo término: neuroteología, o neurociencia de la espiritualidad. Prueba del auge del área es que un grupo de la Universidad de Oxford acaba de recibir 2,5 millones de euros de una fundación privada para investigar durante tres años "cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa", explica uno de los directores del proyecto, el psicólogo evolucionista Justin Barrett, del Centro para la Antropología y la Mente de la Universidad de Oxford.
Meter mano científicamente a la pregunta 'por qué somos religiosos los humanos' no es fácil. Una muestra: experimentos recientes identifican estructuras cerebrales relacionadas con la experiencia religiosa. ¿Significa eso que la evolución ha favorecido un cerebro pro-religión porque es un valor positivo? ¿O es más bien el subproducto de un cerebro inteligente? Sacar conclusiones es difícil, e imposible en lo que se refiere a si Dios es o no 'real'. Que la religión tenga sus circuitos neurales significa que Dios es un mero producto del cerebro, dicen unos. No: es que Dios ha preparado mi cerebro para poder comunicarse conmigo, responden otros. Por tanto, "no vamos a buscar pruebas de la existencia o inexistencia de Dios", dice Barrett.
¿Desde cuándo es el hombre religioso? Eudald Carbonell, de la Universidad Rovira i Virgili y co-director de la excavación de Atapuerca, recuerda que "las creencias no fosilizan", pero sí pueden hacerlo los ritos de los enterramientos, por ejemplo. Así, se cree que hace unos 200.000 años Homo heidelbergensis, antepasado de los neandertales y que ya mostraba "atisbos de un cierto concepto tribal", ya habría tratado a sus muertos de forma distinta. De lo que no hay duda es de que desde la aparición de Homo sapiens el fenómeno religioso es un continuo. "La religión forma parte de la cultura de los seres humanos. Es un universal, está en todas las culturas conocidas", afirma Eloy Gómez Pellón, antropólogo de la Universidad de Cantabria y profesor del Instituto de Ciencia de las Religiones de la Universidad Complutense de Madrid.
¿Por qué esto es así? Para Carbonell hay un hecho claro: "La religión, lo mismo que la cultura y la biología, es producto de la selección natural". Lo que significa que la religión -o la capacidad para desarrollarla-, lo mismo que el habla, por ejemplo, sería un carácter que da una ventaja a la especie humana, y por eso ha sido favorecido por la evolución. ¿Qué ventaja? "Eso ya es filosofía pura", responde Carbonell. Está dicho, las creencias no fosilizan.
Así que hagamos filosofía. O expongamos hipótesis: "Un aspecto importante aquí es la sociabilidad", dice Carbonell. "Cuando un homínido aumenta su sociabilidad interacciona de forma distinta con el medio, y empieza a preguntarse por qué es diferente de otros animales, qué pasa después de la muerte... Y no tiene respuestas empíricas. La religión vendría a tapar ese hueco".
Esa visión cuadra con la antropológica. La religión, según Gómez Pellón, da los valores que contribuyen a estructurar una comunidad en torno a principios comunes. Por cierto, ¿y si fueran esos valores, y no la religión en sí, lo que ha sido seleccionado? Curiosamente, señala Gómez Pellón, "los valores básicos coinciden en todas las religiones: solidaridad, templanza, humildad...". Tal vez no sea mensurable el valor biológico de la humildad, pero sí hay muchos modelos que estudian el altruismo y sus posibles ventajas evolutivas en diversas especies, incluida la humana.
También coinciden Carbonell y Gómez Pellón al señalar el papel "calmante" de la religión. "La religión ayuda a controlar la ansiedad de no saber", dice el antropólogo. "Cuanto más se sabe, más se sabe que no se sabe. Y eso genera ansiedad. Además, el ser humano vive poco. ¿Qué pasa después? Esa pregunta está en todas las culturas, y la religión ayuda a convivir con ella, nos da seguridad". Lo constatan quienes tratan a diario con personas próximas a situaciones extremas. "Es verdad que en la aceptación del proceso de morir las creencias pueden ayudar", señala Xavier Gómez-Batiste, cirujano oncólogo y Jefe del Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario de Bellvitge.
Por si fueran pocas ventajas, otros estudios sugieren que las personas religiosas se deprimen menos, tienen más autoestima e incluso "viven más", dice Barrett. "El compromiso religioso favorece el bienestar psicológico, emocional y físico. Hay evidencias de que la religión ayuda a confiar en los demás y a mantener comunidades más duraderas". La religión parece útil. Eso explica que el ser humano "sea naturalmente receptivo ante las creencias y actividades religiosas", prosigue.
Naturalmente receptivos. ¿Significa eso que estamos orgánicamente predispuestos a ser religiosos? ¿Lo está nuestro cerebro? En los últimos años varios grupos han recurrido a técnicas de imagen para estudiar el cerebro en vivo en "actitud religiosa", por así decir. "Son experimentos difíciles de diseñar porque la experiencia religiosa es muy variada", advierte Javier Cudeiro, jefe del grupo de Neurociencia y Control Motor de la Universidad de Coruña. Los resultados no suelen considerarse concluyentes. Pero sí se acepta que hay áreas implicadas en la experiencia religiosa.
En uno de los trabajos se pedía a voluntarios -un grupo de creyentes y otro de no creyentes- que recitaran textos mientras se les sometía a un escáner cerebral. Al recitar un determinado salmo, en los cerebros de creyentes y no creyentes se activaban estructuras distintas. No es sorprendente. "Se da por hecho", explica Cudeiro; lo mismo que hay áreas implicadas en el cálculo o en el habla.
La pregunta es si esas estructuras fueron seleccionadas a lo largo de la evolución expresamente para la religión. Cudeiro no lo cree. "La experiencia religiosa se relaciona con cambios en la estructura del cerebro, y neuroquímicos, que llevan a la aparición de la autoconciencia, el lenguaje... cambios que permiten procesos cognitivos complejos; no son para una función específica". O sea que la religión bien podría ser, como dice Carbonell, un efecto secundario de la inteligencia.
Otros estudios de neuroteología han estudiado el cerebro de monjas mientras evocaban la sensación de unión con Dios, y de monjes meditando. Uno de los autores de estos trabajos, Mario Beauregard, de la Universidad de Montreal, aspira incluso a poder generar en no creyentes la misma sensación mística de los creyentes, a la que se atribuyen tantos efectos beneficiosos: "Si supiéramos cómo alterar [con fármacos o estimulación eléctrica] estas funciones del cerebro, podríamos ayudar a la gente a alcanzar los estados espirituales usando un dispositivo que estimule el cerebro ", ha declarado Beauregard a la revista Scientific American.
Lo expuesto en este texto sugiere que la cuestión no es tanto por qué existe la religión, sino por qué existe el ateísmo. Con todas las ventajas de la religión, ¿por qué hay gente atea? "El ateísmo actual es un fenómeno nuevo y queremos investigarlo, sí", dice Barrett por teléfono. ¿Tiene que ver con el avance de la ciencia, capaz de dar al menos algunas de esas tan buscadas respuestas? Varios estudios indican que, en efecto, los científicos son menos religiosos que la media. Pero hay excepciones; los matemáticos y los físicos, en especial los que se dedican al estudio del origen del universo -¡precisamente!-, tienden a ser más religiosos. No hay consenso sobre si un mayor grado de educación, o de cociente intelectual, hace ser menos religioso. "El ser religioso o no seguramente depende de muchos factores que aún no conocemos", dice Barrett.
"Las supersticiones más infantiles"
Las opiniones de Albert Einstein sobre el hecho religioso han sido objeto de polémica entre los expertos. Una carta inédita que remitió al filósofo Eric Gutkind en 1954 muestra ahora al genio más escéptico. Los siguientes son extractos de la misiva, publicada por The Guardian.(...) "La palabra Dios, para mí, no es más que la expresión y el producto de las debilidades humanas, y la Biblia una colección de leyendas dignas pero primitivas que son bastante infantiles. Ninguna interpretación, por sutil que sea, puede cambiar eso (para mí). Tales interpretaciones sutiles son muy variadas en naturaleza, y no tienen prácticamente nada que ver con el texto original. Para mí, la religión judía, como todas las demás religiones, es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío, al que me alegro de pertenecer y con cuya mentalidad tengo una profunda afinidad, no tiene ninguna cualidad diferente, para mí, a las de los demás pueblos. Según mi experiencia, no son mejores que otros grupos humanos, si bien están protegidos de los peores cánceres porque no poseen ningún poder. Aparte de eso, no puedo ver que tengan nada de escogidos.Me duele que usted reivindique una posición de privilegio y trate de defenderla con dos muros de orgullo, uno externo, como hombre, y otro interno, como judío. Como hombre reivindica, por así decir, estar exento de una causalidad que por lo demás acepta, y como judío, el privilegio del monoteísmo. Pero una causalidad limitada deja de ser causalidad, como nuestro maravilloso Spinoza reconoció de manera incisiva, seguramente antes que nadie. Y las interpretaciones animistas de las religiones de la naturaleza no están, en principio, anuladas por la monopolización. Con semejantes muros sólo podemos alcanzar a engañarnos (...) a nosotros mismos, pero nuestros esfuerzos morales no salen beneficiados. Al contrario (...)".
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14 Mayo 2008
Una carta del físico alemán que saldrá a subasta esta semana define la religión como una "superstición infantil".
"La ciencia sin religión es inútil y la religión sin ciencia está ciega". El largo y encendido debate entre creyentes y no creyentes sobre si Albert Einstein perteneció al primer o segundo grupo, desencadenado precisamente por ese aforismo del genio, podría haber quedado zanjado. Una carta del físico alemán que saldrá a subasta esta semana califica las creencias religiosas de "supersticiones infantiles", según informa este martes el diario británico The Guardian.

Albert Einstein escribió la misiva de su puño y letra el 3 de enero de 1954 y su destinatario fue el filósofo Eric Gutkind, quien había enviado poco antes al padre de la teoría de la relatividad una copia de su libro
La llamada bíblica a la rebelión. "La palabra Dios no es más que la expresión y el fruto de la debilidad humana, y la Biblia, una colección de honorables leyendas primitivas, las cuales, no obstante, son bastante pueriles", decía el científico en la carta.
Einstein, que era judío y rehusó el ofrecimiento de ser el segundo presidente de Israel, también rechazó la idea de que los judíos son un pueblo tocado por Dios. "Para mí, la religión judía, como las demás, es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío, al que estoy contento de pertenecer y con el que tengo una profunda afinidad, no es diferente del resto", escribió a Gutkind.
La misiva se pondrá a la venta el próximo jueves en una casa de subastas londinense tras permanecer más de 50 años en manos privadas y se espera que alcance un precio de 8.000 libras (más de 9.700 euros). El documento no se encuentra incluido en la obra Einstein y la religión, libro de referencia en este asunto de la autoridad en la materia Max Jammer. Casi con toda seguridad, la carta no pondrá punto final al debate, aunque alimentará aún más la controversia sobre la verdadera forma de pensar de uno de los genios del siglo XX.
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23 Abril 2008
La depresión se vuelve epidemia en la medida en que las mayores expectativas encierran más frustraciones - ¿Exigimos demasiado a la vida?
"La tristeza en los países ricos se tiende a hacer cuestión patológica". El psiquiatra Luis Rojas Marcos da la clave con sólo 12 palabras. Uno de cada cinco españoles corre riesgo de sufrir mala salud mental, sobre todo depresión y ansiedad. ¿Vivimos deprimidos o le exigimos demasiado a la vida? Un especialista del hospital del Mar, Antoni Bulbena, contesta tajante: "No, no vivimos deprimidos, pero tal vez exigimos demasiado a la vida, en lugar de exigirnos a nosotros ser sencillamente nosotros".
Diversos expertos coinciden en que existe una tendencia al aumento de los trastornos depresivos. Lo que es seguro es que aumenta la capacidad de detección y diagnóstico. Las sociedades desarrolladas delatan otra enfermedad: cada vez exigimos más y toleramos menos. El resultado: la frustración.
"Hay datos que parecen sugerir que sí aumenta la depresión pero en el rango de los trastornos leves-moderados, no en los cuadros psiquiátricos graves", explica Fernando Cañas, portavoz de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Cañas alerta: "No debemos patologizar la insatisfacción de la vida. A veces se consulta de manera muy poco adecuada por problemas que tienen que ver con la insatisfacción".
Las depresiones graves existen en todas las culturas y en todos los ámbitos, pero hay otros estados anímicos que son más socialesdependientes. La sociedad de hoy nos impone un ritmo. "Vamos apretados", dice un joven. "Y cuando pensamos que todo va bien, pam, todo se desmorona". Le pasó a María: perfecta amiga, perfecta esposa, perfecta trabajadora. Resultado: año y medio sin levantar cabeza porque un día, sin saber por qué, la relación con el trabajo y con su marido dejó de funcionar.
De la depresión clínica a la expresión "estoy depre" hay todo un camino. Y un cambio del lenguaje que lleva implícito el peligro de vulgarizar un término científico. El cambio formidable en el lenguaje se entiende en los jóvenes que describen sin pudor sus emociones. "El fenómeno de la depresión se convierte en casi una moda", alerta el catedrático Jordi Obiols. "Hay que distinguir los distintos tipos de depresión: la tristeza como sentimiento normal; los síntomas depresivos; la influencia del temperamento y la enfermedad depresiva. Una cosa es la depre que se relaciona con la dificultad de adaptarte a las cosas que suceden a tu alrededor y otra la enfermedad con base química, muy grave y difícil de entender", afirma Enric Álvarez, director del Servicio de Psiquiatría del hospital Sant Pau. "La vulgarización de los temas científicos nos lleva a este lío y al hecho de que se utilice el término para todo".
Ser mujer, vivir sin pareja, estar en paro o vivir en grandes ciudades, son algunos de los elementos que configuran el perfil de los sujetos que padecen depresión, según la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. ¿Por qué la diferencia de género? Las mujeres doblan en número los casos de depresión de los hombres y representan el 75% de los consumidores totales de somníferos o tranquilizantes. "Existe un enorme peso de los estilos de pensamiento. Las mujeres tienden a atribuirse más la culpa de cuanto sucede a su alrededor; en cambio, los hombres cortocircuitan más", afirma el catedrático de Psicopatología, Carmelo Vázquez.
Hoy nos reunimos con una decena de mujeres. No están bien. Abren sus libretas y desenfundan sus bolígrafos. "¿Cómo ha ido la semana?", pregunta la enfermera. Cascada de respuestas. Alguna voz entrecortada. Otra eufórica. "Yo bien"; "yo, mejor"; "no tengo muy buenos días"; "yo he tocado fondo esta semana, estaba colapsada". Estamos en el centro barcelonés de atención primaria Montnegre, donde desde hace dos años enfermeras con formación específica sobre depresión y ansiedad realizan grupos psicoeducativos. En total, 12 sesiones de dos horas donde se ayuda a las personas a identificar los síntomas, a controlar los pensamientos y las emociones negativos, y se ofrece información. La radiografía es similar entre las asistentes, aunque cada caso es un mundo: mujeres entre 50 y 60 años, la mayoría en tratamiento farmacológico, que plantean los problemas que tienen con sus maridos, sus hijos y el trabajo. Algunas tienen a su cargo personas con dependencia.
"Queremos evitar que estas situaciones se cronifiquen", explica Teresa Muñoz, la enfermera que hoy dirige el grupo. El tema de la sesión es la autoestima. Una de ellas explica una situación difícil que vivió el otro día: una ecografía mamaria. "Siempre piensas en negativo, tienes un malestar que no puedes afrontar". Teresa les cuenta que aceptarse es muy importante, conocer los límites físicos y psíquicos. Ellas escriben en sus libretas un ejercicio diseñado para ver dónde flaquea su autoestima. La mujer del jersey verde lamenta: "Mi miedo está en afrontar las cosas. ¿Qué haré cuando me quede sola?". Al acabar la clase, la otra enfermera, Carmen Herraiz, realiza unos ejercicios de relajación en colchonetas. Es el mejor momento.
Rojas Marcos retoma la pregunta y asegura que no vivimos deprimidos, aunque a veces le pedimos demasiado a la vida. Arranca su tesis con dosis de optimismo: "La mayoría de las personas no están deprimidas, sino que se sienten razonablemente satisfechas con su vida". A la pregunta de cuál es el grado de satisfacción con la vida de 0 a 10, común en algunas encuestas sociales, las puntuaciones suelen ser muy altas. "Aunque el que se da un 10 tiene que venir a verme", bromea. Rojas Marcos alerta: "No nos debemos dejar robar la tristeza que es un sentimiento normal ante una adversidad". El psiquiatra, desde Nueva York, asegura que en televisión hay un constante bombardeo de anuncios sobre "pastillas" para ser feliz o menos viejo: "La industria fomenta esta idealización". Aspiraciones que, si no se cumplen, desembocan en frustración.
No es el caso de Antonia, maestra. Ella ha sufrido una depresión durante más de ocho años que se desencadenó cuando a su madre le diagnosticaron alzhéimer. Primero recurrió al médico de cabecera, que le recetó un antidepresivo. No mejoró y acabó visitando al psiquiatra. "El principal mal que me diagnosticaron es que no sé decir que no". Antonia mejoró y luego volvió a recaer. En todo el proceso han pasado ya 10 años. "Ahora estoy bien, aunque tengo problemas de falta de concentración y de pérdida de memoria".
La línea de combate es la atención primaria, pero el instrumento son los psicofármacos. En España, los antidepresivos son el tercer grupo de medicamentos más vendidos, según datos del Ministerio de Sanidad de 2006. "Medicamos cualquier reacción humana y no siempre se resuelve", alerta el vocal del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, Pedro Rodríguez. En la lista de los 10 fármacos más solicitados el año pasado figuran los somníferos y los tranquilizantes. "Los psicofármacos han crecido extraordinariamente en los últimos 10 años y se ha multiplicado por cinco el gasto que supone para el sistema público de salud. Tiene que ver con el clima social que supone medicalizar las dolencias de la vida", explica Vázquez. "¿Por qué se absorbe tan bien? La idea de la medicalización supone una cierta desculpabilización".
Los ambulatorios constituyen la puerta de entrada. Sólo un 10% de los depresivos llegan al psiquiatra y hasta el 90% son atendidos en la atención primaria. Entre un 20% y un 30% de los pacientes de los ambulatorios presentan síntomas depresivos. ¿Están los médicos de familia haciendo de psiquiatras? "No, y además no es nuestro objetivo ser pseudopsiquiatras, pues si en algo es especialista el médico de familia es en personas", subraya María Jesús Cerecedo, coordinadora del grupo de trabajo de salud mental de SEMFYC. Los médicos de familia se forman específicamente en muchas áreas y la salud mental es una de ellas.
En la actualidad, la depresión es la cuarta causa de discapacidad mundial entre todas las enfermedades y se estima que en 2020 será la segunda, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). El 21,3% de la población de 16 o más años presenta riesgo de mala salud mental, según la Encuesta Nacional de Salud 2006 que por primera vez mide esta situación. A más edad, más riesgo de padecerla. "Los trastornos mentales en general han tendido a aumentar. Y uno de los factores es el aumento de la esperanza de vida. En España hay 450.000 personas con trastornos severos y el resto, hasta un porcentaje del 21%, están en zona de riesgo", explica Alberto Infante, director general de calidad del Ministerio de Sanidad.
La salud mental es una prioridad de todos los sistemas sanitarios del mundo. Y España no es menos. En marcha está una estrategia nacional aprobada en 2006 para fomentar la prevención y afrontar los nuevos retos. Sin embargo, Infante se permite también ofrecer algunos "elementos poderosísimos de prevención de los trastornos leves", como: hablar del tema con la familia y los amigos, disminuir la ingesta de tóxicos y practicar actividad física. "Si el trastorno no cede y es más duradero de lo que cabe esperar, consultar".
Más radical se muestra Eduardo Jáuregui, fundador de la consultora Humor Positivo: "Estamos ante una crisis de salud mental". Jáuregui cita algunos de los factores que considera que nos llevan a esta situación: una sociedad cada vez más atomizada con familias más pequeñas y personas más anónimas; una forma de concebir el mundo que se ha abierto como un melón y que ha perdido todo sistema de referencia; un ocio cada vez más pasivo. "Tendemos a dramatizar demasiado nuestra realidad ¿Por qué siempre dan los oscares a películas dramáticas?". Jáuregui se repone y recupera su humor: "No estamos tan mal en realidad como pudiera parecer".
Salud mental
- El 21,3% de la población de 16 años o más (15,6% de los hombres y 26,8% de las mujeres) presenta riesgo de mala salud mental. En el grupo de edad de 75 y más años, el 25,0% de los hombres y el 39,5% de las mujeres.- En Europa uno de cada diez ciudadanos padece en estos momentos algún tipo de problema de salud mental y un 1% sufre un proceso grave.- Sólo un 10% de los casos llega al psiquiatra. El resto de afectados acuden al médico generalista, a otros especialistas o no visitan a ningún facultativo.
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7 Enero 2008
El asalto al banco no salió bien. Los ladrones que, en 1973, intentaron atracar el Kreditbanken de Estocolmo quedaron atrapados en el banco y tomaron como rehenes a varios empleados. La sorpresa no fue que los criminales tardasen seis días en entregarse; fue que los rehenes se hicieron amigos de sus secuestradores. El episodio dio origen al llamado síndrome de Estocolmo: un extraño proceso psicológico mediante el cual los secuestrados a veces desarrollan vínculos de solidaridad y simpatía con sus captores.
El caso de Colombia, país que es víctima de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), ilustra una patética variante del síndrome de Estocolmo. No se trata de que los colombianos simpaticen con las FARC, ya que el grupo armado que les hace sufrir desde 1964 es detestado por una abrumadora mayoría de la población. Se trata de la globalización del síndrome de Estocolmo: son los extranjeros, muchos de ellos en lejanos continentes, quienes sufren de un extraño proceso que les lleva a simpatizar con asesinos y secuestradores.
En Dinamarca, por ejemplo, una organización llamada Fighters+Lovers vende camisetas con el símbolo de las FARC y promete donarles parte de sus ventas. Debido a que las FARC es uno de los grupos terroristas que la Unión Europea prohíbe financiar, el Gobierno danés entabló un juicio contra los vendedores de camisetas. Y lo perdió. Los jueces de Copenhague no creen que las FARC sea una organización que aterroriza a un país entero. Según esta lógica, al no ser las FARC un grupo terrorista, los daneses que les envían dinero no cometen crimen alguno.
De esta manera, ahora al síndrome de Estocolmo podemos añadir el síndrome de Copenhague: el raro proceso mediante el cual la ideología y la politiquería se mezclan con la ingenuidad y la ignorancia para justificar crímenes de lesa humanidad, siempre y cuando no sucedan en el país de los afectados por el síndrome.
Es fácil imaginar que los civilizados jueces de Copenhague hubiesen llegado a una opinión muy diferente si las víctimas de las FARC fuesen daneses en lugar de colombianos. Basta averiguar un poco y con algo de honestidad para descubrir que las motivaciones ideológicas que alguna vez tuvieron las FARC ya no existen. Hoy en día la retórica que iguala a las FARC con los movimientos de liberación nacional sólo sirve para ocultar el hecho de que se han convertido en una cruel fuerza mercenaria del narcotráfico.
Pero el síndrome de Copenhague no solo afecta a los jueces daneses. Hace poco, tres congresistas estadounidenses le escribieron una amable carta a Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo -el jefe de las FARC-, para expresar su complacencia por haberse dignado las FARC a ofrecer vídeos, por primera vez en siete años, que confirmaban que aún no habían asesinado a Ingrid Betancourt y otros secuestrados. "Fue un paso en la dirección correcta y quisimos mostrar nuestro aprecio", dijo Gregory Meeks, uno de los congresistas firmantes de la carta.
Otro estadounidense, el cineasta Oliver Stone, tampoco tiene dudas sobre quién es quién en esta tragedia: "Uribe miente, y debe asumir su responsabilidad ante el mundo", dijo, refiriéndose al presidente colombiano. Para Stone, las FARC resultan más creíbles que el presidente democráticamente electo de Colombia. Ésta es una convicción que comparte con el presidente de Venezuela: "Yo acuso al presidente de Colombia de estar mintiendo... y haber dinamitado el proceso de canje humanitario", dijo Hugo Chávez al expresar su frustración ante el hecho de que Clara Rojas y su hijo Emmanuel, así como Consuelo González, no fuesen liberados antes de finalizar el año. ¿La explicación? Según ellos, el Ejército colombiano llevó a cabo intensos operativos contra las FARC en las zonas donde se efectuaría el canje. Esto lo ha negado el presidente Uribe, recordando no sólo el largo historial de mentiras y promesas incumplidas por la FARC, sino anunciando que las FARC no podían liberar a los rehenes, puesto que uno de ellos, el niño Emmanuel, había sido entregado a una organización de protección social.
Lo difícil de explicar para Stone, Chávez y otros críticos del presidente Uribe, es por qué les resulta tan difícil a las FARC liberar a los rehenes si esto es algo que saben hacer muy bien: llevan décadas haciéndolo de manera rutinaria, una vez que reciben los pagos que compran la libertad de sus inocentes víctimas. La negociación y la eventual liberación de rehenes es un proceso frecuente, secreto y misterioso. En miles de transacciones previas nunca antes las FARC habían necesitado helicópteros venezolanos, la presencia de observadores internacionales y de centenares de periodistas.
Detrás de todo esto no hay sino la cruel e inhumana explotación del síndrome de Copenhague por parte de las FARC y sus facilitadores. Mientras que el síndrome de Estocolmo se produce por razones psicológicas, el de Copenhague es causado por cálculos políticos muy crudos, donde las excusas humanitarias no son sino eso: excusas para actuar de la manera más políticamente conveniente pero más hipócritamente inhumana.
Por eso, quienes simpatizan con las FARC deben exigir que se libere a todos los rehenes, tanto a los pocos ya famosos como a los muchos aún anónimos. Eso es algo que las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas saben hacer y pueden hacer si quieren. Ahora mismo. Sin circo. Y sin payasos.
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29 Octubre 2007
El profesor de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943), ofreció la semana pasada en Madrid una conferencia sobre conductas antisociales al volante. Rojas, gran aficionado a la moto, apuesta por la educación para corregir la agresividad y compara la violencia vial a la de género: una lacra existente desde hace mucho, pero que ha tardado en generar rechazo social.

Pregunta. ¿Por qué somos agresivos cuando conducimos?
Respuesta. La mayoría de las personas no son agresivas. Si no, no volveríamos vivos a casa. Pero la violencia es una realidad: hay una minoría que utiliza el automóvil como un arma. El escenario también influye. Cuando hay tráfico cargado, aumenta la agresividad de las personas, como pasa con los animales hacinados en un espacio reducido.
P. Usted relaciona la agresividad con la competitividad, con las ansias de poder.
R. Hay conductores que creen que su vehículo es una extensión del yo. Y cualquier provocación se la toman como algo personal. Además, el coche se utiliza como símbolo de poder, de masculinidad. Por ejemplo, cuando se compra un descapotable para seducir a las mujeres.
P. ¿La violencia vial es machista?
R. Sí, sí. Tiene un componente de competitividad más frecuente en los hombres. Si un hombre se salta un semáforo, por lo general es un acto de osadía. Si lo hace una mujer, suele ser porque tiene prisa. Estadísticamente, el 85% de la violencia está cometida por hombres, sobre todo jóvenes.
P. No me diga que las mujeres no son agresivas al volante.
R. Lo son, pero menos. Nuestra cultura glorifica la competitividad y el poder, especialmente en los hombres. Ocurre en la familia, en el colegio, en el trabajo. El ser humano tiene una gran facilidad para sentirse superior a los otros, y deshumanizarlos. O incluso demonizarlos. Por ejemplo, diciendo que las mujeres, o las personas mayores, no saben conducir.
P. ¿Son actitudes evitables?
R. La violencia se aprende, igual que sus antídotos, que son la compasión, la solidaridad y el altruismo, y que se desarrollan en los 12 ó 13 primeros años de vida. En una familia violenta, los niños van a tener más dificultad para desarrollar estos antídotos.
P. Las víctimas de los accidentes se quejan de que el tráfico, con 4.000 muertos al año, nunca figure entre las grandes preocupaciones de los españoles.
R. Hoy en día hay menos violencia, aunque se ha extendido la preocupación por aspectos como la violencia de género, o el acoso escolar, que hace 20 años existían pero no eran noticia. En el caso del tráfico, está empezando a generarse un rechazo social. Hasta el Vaticano ha elaborado un decálogo para conductores. Eso indica que, de alguna forma, le ha llegado el mensaje.
P. La Dirección General de Tráfico pretende amedrentar al infractor con medidas como el carné por puntos o las penas de cárcel. ¿Es suficiente?
R. No cura el problema, pero es útil para disuadir a los antisociales. Eso sí, es un reconocimiento de que no hemos podido prevenido la enfermedad. Para ello habría que enseñar educación vial desde edades tempranas.
P. En los últimos meses ha habido varios casos de conductores kamikazes. ¿Quieren matarse o no son conscientes de lo que hacen?
R. Mi experiencia con estas personas es que hay un elemento claramente suicida, autodestructivo, y no les importa llevarse por delante a alguien, aunque no sea eso lo que busquen. Son casos excepcionales, pero atroces.
P. Como motorista, ¿qué le parece el incremento de la siniestralidad en vehículos de dos ruedas, sobre todo de gran cilindrada?
R. Yo tengo una BMW de 1.250 cc y, por suerte, nunca he tenido accidentes. Pero nunca adelanto a los coches ni me meto entre ellos. La moto me ha enseñado a sentirme vulnerable, a ser más prudente.
P. Y los conductores norteamericanos, ¿son más o menos agresivos que los españoles?
R. Diría que menos. Puede parecer extraño, porque es un país mucho más violento. Pero la gente tiende a ir más despacio, y allí las consecuencias legales de saltarse las normas son tremendas. Al menor roce, vas a juicio. Y eso disuade a mucha gente.
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